El último día de H. P. Lovecraft: una visita al futuro


 

14 de marzo de 1937. Un cáncer intestinal estaba a punto de llevarse al solitario, frustrado y acomplejado Howard Phillips Lovecraft. Durante esa última etapa de su vida, en la que incluso escribió un diario en el que plasmó su experiencia con la enfermedad, es probable que reflexionase sobre lo que había hecho durante su vida y sobre su especial insignificancia dentro del infinito cosmos. No contaba con que había fuerzas en juego que inmortalizarían sus historias tras su fallecimiento. ¿Pero y si hubiese tenido la posibilidad de atisbar dicho futuro?

Pocas obras me han animado a escribir tanto como Le dernier jour de Howard Phillips Lovecraft, cómic de Romuald Giulivo y Jakub Rebelka que se ha tornado en un bello homenaje al escritor de Providence, aludiendo a buena parte de su biografía, claroscuros incluidos. Ante la imposibilidad de leerlo en castellano de forma legal – pues a día de hoy sigue sin ser licenciado por ninguna editorial – recurrí a su versión en inglés, aunque más de un lector sabrá que es accesible en nuestro idioma mediante grupos que se dedican a la traducción y maquetación de obras en formatos cbr o pdf. Sea de una forma u otra, os animo a leerlo. No voy a juzgar a nadie por querer hincar el diente una obra tan sugestiva como esta.

Este es el cuarto post que voy a dedicar al trabajo de Giulivo y Rebelka. Aun así, siento que no le haré justicia con nada de lo que plasme, por muy sesudo que intente ser. Es por ello que me he dejado llevar y por lo que me lo he tomado con la debida calma. Hay muchas buenas razones para hacerlo. La principal es que, siendo lector de Lovecraft, no soy un experto en todo lo referente a su figura. Como los lectores supondrán, eso supone un hándicap, pues he debido dedicar bastante tiempo a buscar entre todas las referencias visuales y textuales para sacar algo en claro del trabajo planteado por el guionista y el dibujante. Algunas son muy evidentes, pero otras son solo aptas para ojos expertos y personas que han dedicado parte de su vida a investigar y leer todo lo referente a Lovecraft y aquellos que le rodearon.

Antes de entrar de lleno en esta última etapa, hagamos un escueto pero necesario repaso de todo lo que nos ha traído hasta aquí. La premisa argumental nos mostraba a Lovecraft durante su internamiento en el hospital Jane Brown Memorial de Providence. Un mes en el que si vida se apagaba a pasos acelerados, pero durante el cual recibió una serie de visitas inesperadas. El difuso velo entre realidad y ficción se rasgaba en diferentes episodios atribuibles a las alucinaciones provocadas por la medicación. ¿O puede que mediasen fuerzas misteriosas durante esos momentos? La consecuencia más llamativa fue el desfile de diferentes figuras importantes en la vida de Howard, fuesen o no reales. Allí estuvieron Randolph Carter, Sonia Greene y un Nyarlathotep disfrazado de Harry Houdini. Cada uno de ellos tenía un objetivo: lograr que el moribundo aceptase su condición de demiurgo, capaz de reescribir la realidad y, con ello, cambiar su futuro. Esta es una de las partes centrales de la obra en su conjunto: la creencia – quizá un tanto ignorante – del propio Lovecraft de que su obra moriría con él, y la consiguiente resistencia de ese universo que empezó habitando en su mente pero que finalmente sobrevivió a su creador. No es esto algo que resulte novedoso en sí mismo, pues esta trascendencia de la obra respecto a su autor es cada vez más frecuente.

Cada visitante incidía en una parte de esa psique ya confusa del enfermo. Sacando a colación sus remordimientos, fobias o sus características más bondadosas. Al mismo tiempo, cada uno de ellos intentaba que Howard escribiese una última historia. Una que cambiase lo que estaba a punto de pasar. En un magistral vaivén entre la realidad, el sueño y los estados alterados de conciencia provocados por la medicación, Lovecraft debió luchar contra sí mismo y contra aquellas tentaciones provenientes de lugares inciertos.

Randolph Carter advirtió a su creador de algo muy preocupante: diversas entidades que hasta entonces habitaban en sus relatos habían encontrado la forma de salir de sus encierros literarios y adentrarse en otros planos de realidad. Lovecraft debería decidir si detenerlos o no. Sonia Greene, ex esposa de Howard, tentó al escritor y le animó a cambiar su destino. ¿Por qué morir de forma tan terrible y solitaria, cuando podría volver a vivir una vida plena junto a ella, acompañados de hijos y amigos? El escapista Harry Houdini, fallecido años atrás, hizo una última intentona por convencer a Lovecraft de que cogiese la pluma y cambiase su destino. Eventualmente, Houdini reveló ser un Nyarlathotep disfrazado. La entidad puso a su creador frente al espejo, haciéndole ver su oscuridad interior, forjada desde su infancia y que alcanzó su cénit durante su estancia en Nueva York, donde sus prejuicios alcanzaron sus cotas más altas. En todas esas ocasiones, Lovecraft luchó contra esas visiones y, lo que era más importante, contra sí mismo. Una vez tras otra, declinó colaborar con aquellas visiones. Unas veces apenado, y otras con férrea convicción. Sabedor de que su muerte era inevitable, era probable que sus obras se marchasen con él y ocupasen un minúsculo espacio en el olvido de los justos. Pero Howard no contaba con los planes de sus amigos por correspondencia y con otras tantas figuras que debatirían sobre sus escritos, para bien o para mal. Nyarlathotep le empujó a ser testigo de ese último periplo.

Durante algunos momentos de la lectura de Le dernier jour de Howard Phillips Lovecraft es difícil distinguir entre Lovecraft y Randolph Carter, su alter ego literario y que es idéntico a él en las páginas de Giulivo y Rebelka. La respuesta está en la vestimenta usada por cada uno de ellos. Algo parecido ocurre entre las dos versiones de Lovecraft que, enfrentadas ante la inminente muerte, la encaran de forma distinta. En ese caso, el “Lovecraft oscuro”, más altivo que el tímido Howard, era resaltado con una paleta de colores rojizos.

En este último tramo, debido al contexto, me decantaré por la opción de una fusión entre Lovecraft y Carter. En esas últimas páginas, nuestro trajeado personaje debió emprender un periplo onírico a través de los helados parajes antárticos para ser testigo de lo que el futuro le tenía preparado. Esos primeros pasos fueron acompañados por una voz muy particular, que hablaba sobre la definición que los distintos expertos hacían sobre el horror cósmico desarrollado en los relatos de Howard y su Círculo. Una televisión en medio de los hielos mostraba la imagen de un hombre entrado en años y de pelo escaso, que en un primer momento reconocí como Ray Bradbury. Tuve que avanzar hasta el dramatis personae ubicado al final del cómic para caer en la cuenta de mi error. Esas palabras no fueron lanzadas por Bradbury, sino por un tal “Jacques”, que no podía ser otro que Jacques Bergier.


Para quien no lo sepa, Bergier fue el principal valedor de Lovecraft en territorio francés, integrando su horror cósmico en su cacareado realismo fantástico. Quienes estén familiarizados con mi insignificante pero ya dilatada trayectoria sabrán que cultivé durante años un gusto muy importante hacia las materias heterodoxas, incluyendo la ufología y la arqueología no académica. Por supuesto, El retorno de los brujos fue una de mis lecturas predilectas, por lo que la figura de Bergier no me era en absoluto ajena.

Investigando un poco sobre esa faceta de la vida de Bergier, me topé con cierto artículo publicado en el primer número de la revista Planète, cabecera que impulsó junto a su inseparable Louis Pauwels y que se publicó durante una década, entre 1961 y 1971. La versión en castellano – lanzada por Editorial Sudamericana en Argentina – de dicho artículo apareció en la primavera de 1964, siendo un ejemplar legible en su totalidad en el portal archive.org. Allí puede leerse esa defensa a ultranza de la figura del oriundo de Providence, titulada Lovecraft, un genio venido de otra parte.

En las fronteras de la literatura considerada como tal —y cuyo fracaso es hoy resonante—, existen numerosas obras maestras desconocidas o menospreciadas a pesar de representar mejor las tendencias profundas de nuestra época fantástica que la novela psicológica y burguesa. Es lo que nosotros llamamos la literatura diferente. Nos proponemos, en estas páginas, revelarla, defenderla y difundirla. He aquí ante todo un homenaje a Lovecraft, este Edgar Poe cósmico que murió totalmente ignorado y en la miseria. Publicamos también su único retrato. "Esta rama de la literatura (el realismo fantástico) —decía Lovecraft— que ha sido cultivada por grandes escritores como Lord Dunsany y por fracasados como yo, es el único realismo verdadero, la única toma de posición del hombre frente al universo." Luego de este homenaje a Lovecraft publicamos un cuento inédito en castellano. El texto original apareció en un número de la revista norteamericana Weird Tales en 1937.

He necesitado veinticinco años para hacer conocer a Howard Phillips Lovecraft al público francés. Finalmente, esos esfuerzos han sido recompensados: tanto la crítica como el público han comprendido lo que Lovecraft tenía de excepcional. Louis Pauwels fue el primero en elogiarlo públicamente. Para poder apreciar a Lovecraft tal vez sea necesario haber sufrido; habría que preguntarse si su obra ha ganado lectores en razón de las circunstancias difíciles por las que hemos pasado. Es posible, pero no creo que esa sea la única razón. Lovecraft recibe hoy la acogida que él tanto había esperado, acaso porque en muchos de nosotros la imaginación ha despertado al fin. Los hechos inverosímiles que acabamos de vivir, la amenaza y las esperanzas del átomo, los grandes cohetes y la conquista aparentemente muy próxima del espacio, los descubrimientos del psicoanálisis, todo eso ha sido tal vez necesario para comprender a Lovecraft.”

Una visión que, sin duda, turbaría en extremo al moribundo explorador del horror cósmico, que tuvo así una primera toma de contacto con lo que el futuro había planeado para él. Un legado cimentado por aquellos con quienes más confidencias e ideas compartió. Su Círculo, que le esperaba dentro de una cabaña, frente a la cual pudo leer un ejemplar del Arkham Advicer en la que un gran titular hablaba sobre cierta expedición de la Universidad Miskatonic hacia la Antártida (pobre William Dyer…). Curiosamente, ese mismo periódico dedicaba algunas columnas a August Derleth, “el San Pablo de lo lovecraftiano”.

Dentro de la cabaña estaba buena parte de su Círculo, desde los más antiguos a los más recientes. Donald Wandrei, Frank Belknap Long, Robert Bloch, Henry Kuttner, Clark Ashton Smith o, por supuesto, August Derleth. Todos ellos prometieron construir un legado y una leyenda en torno a su admirado amigo quien, sin embargo, seguía teniendo la opción de cambiar de idea y quedarse allí para siempre. Una eternidad creando historias, mano a mano, sin necesidad de recurrir a las miles de misivas que llevaban años intercambiando. Una eternidad que Howard seguía rechazando, sabedor de que era irreal. Tanto él como sus amigos acabarían siendo polvo, y nada ni nadie podría evitarlo. Aquel camino a través del hielo debía seguir su curso. El tiempo apremiaba.

Las tonalidades blancas y azules dieron paso, una vez más, a los tonos rojizos. Tres grandes tronos se erigían en medio del páramo. Cada uno de ellos estaba ocupado por una eminencia literaria venida del futuro. Ninguno de ellos había nacido, por lo que no aparecían en El horror sobrenatural en la literatura. Desde luego, todos harían méritos para estar presentes en futuros ensayos sobre la materia. Esas figuras eran Neil Gaiman, Stephen King y Alan Moore. Todos ellos han sido considerados, en algún momento y de forma más o menos patente, como herederos directos de Lovecraft. Y los tres deseaban escribir su biografía definitiva. Aquella que él mismo no podría rubricar. Mejorando sustancialmente su prosa, redefiniendo las partes más controvertidas de su biografía o haciendo de él un símbolo precoz del underground. Lovecraft sería el principal reclamo de una marca comercial que tendría extensiones en las artes ya conocidas y en las venideras. Una fuente infinita de inspiración y dinero, explotada hasta la saciedad. Muchos de esos artistas de todo tipo serían más exitosos y ricos que él. Algo que podría sonar triste, pero que también podría reconfortar a un hombre al borde de la muerte. No era el caso de Howard. Como en todas las ocasiones anteriores, la obstinación del escritor le hizo declinar aquellas ofertas y dejar atrás a aquellos genios del futuro.

Nyarlathotep seguía acechando a Lovecraft. Susurrándole al oído. Intentando carcomer su ya escasa cordura. ¿Pretendía acaso que su creador le cediese el control para así poder salvarlo de alguna grosera y oscura forma? ¿Lovecraft podría convertirse en el avatar de una entidad cósmica y, por tanto, en un ser cósmico en sí mismo? La bestia fue exorcizada por el escritor. De su pluma nació y en tinta se convirtió.

En mis historias, el bien o el mal, el amor o el odio, y todos los demás atributos de esa raza insignificante y efímera llamada humanidad no tiene ningún sentido. Todas mis historias son así. Y lo mismo ocurriría con mi vida si fuera una de ellas. Lo que no es ni será única. Así que deja de molestarme. Ahora soy yo quien decide…”.

No todo iban a ser alabanzas al legado de un hombre tan taciturno. Corría el año 1975 cuando Jorge Luis Borges publicó Hay más cosas (There are more things) dentro de su colección de cuentos El libro de arena. Ese relato estaba dedicado a Lovecraft, aunque nunca fue del gusto de su propio autor. Por si fuera poco, dejó patente su poca estima por el estilo del de Providence, al que en no pocas ocasiones retrató como una triste y burda imitación de Edgar Allan Poe. En el epílogo de dicho libro, el argentino compartió una reflexión de lo más elocuente: “El destino, que según es fama, es inescrutable, no me dejó en paz hasta que perpetré un cuento póstumo de Lovecraft, escritor que siempre he juzgado un parodista involuntario de Poe. Acabé por ceder; el lamentable fruto se titula «There Are More Things»”.

A pesar de que pueda sonar simplista – pues Borges habló sobre el padre de los Mitos en multitud de entrevistas, y no siempre en tono negativo –, Borges no tenía en muy buena estima su colega. Esa actitud quedó patente cuando ambos se encontraron en una biblioteca muy particular. Otra visión de ultratumba. Aunque esta no pertenecía al protagonista de este periplo al borde de la muerte, sino a aquel que moriría casi medio siglo después. “Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca” (Poema de los dones, 1959). Este lugar de descanso eterno tan propicio para cualquier lector que se precie de serlo fue el escenario de una charla entre ambos. Lovecraft oyó por boca del desconocido anciano que sus escritos no eran de su agrado pero, sin embargo, estaría encantado de charlar con él durante todo el tiempo que fuese posible. Sin embargo, aquello no era posible. ¿Por qué, entonces, se habían encontrado en los evanescentes espacios liminales del tiempo y el espacio?

Para decirte que esta vez se acabó. Pronto serás como yo. Pronto no serás una persona, serás de todo el mundo. Pronto estarás muerto. Eso es lo único que tengo que decirte. Ve y verás… Es como el largo final de una hermosa noche de verano…”.



El ambiente se volvió crepuscular, predominando entonces los tonos anaranjados. Una gran ciudad se vislumbraba en el horizonte. Como no podía ser de otra forma, su amada Providence le esperaba para regalarle una última caminata y un cálido adiós. Allí, entre las calles aparentemente abandonadas que tan bien conocía, se sellaría el destino de Lovecraft. Un gato negro apareció ante él para hacer las veces de guía. Tras pasar por varias localizaciones que le resultaban familiares, Howard llegó a un cementerio.

Junto a un gran árbol esperaba un hombre de negras vestiduras, con expresión hundida y serena a la vez. Nuestro protagonista conocía a la perfección a aquel bostoniano. Edgar Poe caminaría en silencio junto a él hasta la biblioteca John Hay (principal repositorio de material de estudio sobre H. P. Lovecraft, que alberga más de 2.000 cartas y manuscritos originales y que mi admirado Levi Leland conoce tan bien) o hasta la casa funeraria Horace B. Knowles (lugar en el que se celebró su funeral, situada en el número 187 de Benefit Street). Ese tour improvisado terminaba de nuevo en el cementerio, donde Poe le ofreció una pluma a su alumno. Debía ser él mismo el que acabase con todo, escribiendo la fecha de su muerte. Ante la mirada de un Poe transfigurado en cuervo, Lovecraft escribió su epitafio. El cuervo alzó el vuelo, y aquel que quedó atrás debió subir una gigantesca escalera para volver a la realidad, al hospital Jane Brown Memorial.



Recorrió los pasillos bajo la atenta mirada de médicos, enfermeras y pacientes. Luego llegó a su habitación, se puso su bata y se metió en su cama. Era la hora de decir adiós a este mundo. A pesar de todo lo vivido – o imaginado, da igual –, podía morir en paz…

Ante la habitación 232, Randolph Carter esperaba pacientemente. Una vez que quedó vacía, entró en ella para hacer un último servicio a su sosias humano. Hurgando entre sus cosas, recogió cierto diario para sustituirlo por otro. Gracias a ese segundo diario, cualquier lector de Le dernier jour de Howard Phillips Lovecraft sabría que aquellos últimos instantes no fueron solo una agonía, sino una aventura en la que presente, pasado y futuro se encontraron para dar forma a una leyenda que perdura hasta nuestros días.

A pesar de no haber escatimado en ofrecer spoilers, he pasado por algo muchos detalles y pasajes de la obra de Giulivo y Rebelka. Especialmente, lo interludios epistolares. En ellos, un reflexivo Lovecraft abría su mente y su corazón a algunas de las figuras más importantes de su vida, incluido él mismo. Como ya expresé al principio, nada de lo que escriba podría ser justo con el trabajo del guionista francés y el ilustrador polaco. Espero que tengáis la oportunidad de leerlo por vosotros mismos y encontrar muchas más referencias que las que un profano como yo ha intentado desgranar en estas líneas.


Félix Ruiz H.



Imágenes: Le dernier jour de Howard Phillips Lovecraft, Jakub Rebelka.

Enlaces de interés:

Entre la aberración y el placer: Borges acerca de Lovecraft

THERE ARE MORE THINGS

Revista Planeta # 01

El último día de H.P. Lovecraft: la visita de Randolph Carter

El último día de H. P. Lovecraft: la visita de Sonia Greene

El último día de H. P. Lovecraft: la visita de Harry Houdini


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