The Twilight Zone: Falso Fondo
“Las dos mitades de un par, unidos el uno al otro desde el nacimiento, incluso cuando son arrastrados en direcciones diferentes. Ambos espejo y sombra. Complementos imperfectos, sosteniéndose mutuamente. Arrastrándose un poco más abajo hacia… La Dimensión Desconocida.”
Todas las familias tienen su particular oveja negra. Aquel que es considerado un proscrito por su forma de ser, sus actitudes o su incapacidad para adaptarse a lo que se espera de su persona. Que esa visión se ajuste a la realidad o esté justificada es otro cantar. Si, además de ello, ese miembro disfuncional está dentro del núcleo más íntimo, los posibles conflictos no pueden sino ir a mayores. Se trata de una problemática casi universal, que se presenta en casi todos los hogares en un momento u otro, y que suele enconarse de forma especial si afecta a los hermanos y las relaciones entre sí. Ese es precisamente el eje central de False Bottom, cuarta grapa de la serie antológica que IDW está dedicando a la mítica The Twilight Zone.
En esta ocasión, todo el trabajo corre a cargo de Nate Powell, conocido entre otros trabajos por Black Hammer, Minor Arcana, Teenage Mutant Ninja Turtles o March, cómic biográfico del famoso congresista norteamericano e ícono de la lucha por los derechos civiles John Lewis. Su recorrido le ha valido la confianza de la editorial para sacar adelante el presente número de una de las colecciones más atractivas de la misma, pero debo decir que el resultado no ha sido satisfactorio. Al menos, en la misma medida que en algunos de los números anteriores, que sí que tenían uno o varios puntos de interés. Si bien es cierto que el espacio ofrecido para crear un guion de calidad puede considerarse muy ajustado – apenas una treintena de páginas – Powell no lo ha sabido sacarle partido. Los mimbres planteados son insuficientes y apenas desarrollados, por lo que puede ser etiquetado, al menos bajo mi punto de vista, como el número más flojo de los presentados hasta ahora. Sin embargo, ya que estoy tratando de traer la serie completa al blog, tendrá su propia reseña y análisis con todo lujo de detalles. Lo acostumbrado, en resumen.
Como decía, se discierne una intención de fondo en todo lo planteado. No se trata solo de un conflicto familiar sazonado con un evento desconcertante, sino que se adivinan algunas críticas a problemáticas sociales muy actuales, como la soledad o la búsqueda de aceptación a través de Internet y las redes sociales. Desconozco si el autor ha pretendido hacer un ejercicio en cierta forma autobiográfico, pero está claro que lo que más le interesaba era mostrar la dinámica entre Laura y Chet, dos hermanos que se esfuerzan para llevarse bien pero cuyas diferencias se antojan irreconciliables. Ambos, junto al novio de la joven, emprenden una escapada de fin de semana que acabará de forma trágica.
Laura ha alquilado un barco para acercar posturas con Chet y animarle a que termine de sentar la cabeza y abandone su obsesión con ciertos gurús del podcasting y las redes sociales. Esos mismos que la juventud no para de endiosar mientras se llenan los bolsillos a costa de lanzar mensajes que en su mayor parte son peligrosos y carecen de valor alguno para las maleables mentes de esos sacos de hormonas andantes. Por su parte, Gabe (la pareja de Laura) es quien mantiene el precario equilibrio en la balanza, que amenaza de forma constante con bascular de forma abrupta para uno u otro lado.
Varias páginas de la grapa están llenas de reproches mutuos, los cuales son seguidos por momentos distendidos e incluso divertidos, tan típicos de las riñas triviales entre hermanos. Pero el rencor del chico hacia su hermana radica en la constante condescendencia que detecta en ella. Todo muy liviano y mundano, si no fuera por la presencia del necesario elemento extraño que haría avanzar la trama. En esta ocasión se trataba de una piscina rectangular que se encontraba dentro del propio barco. Una abertura que, por supuesto, daba acceso directo al mar o lago en el que los personajes pasaban el fin de semana.
El problema radicaba que aquello era más que una simple forma de meterse en el agua sin tener que saltar del barco. Sería Gabe quien primero se sumergiera en las aguas, harto de aguantar las discusiones entre su novia y su cuñado. Laura haría lo propio justo después, dejando a Chet a solas y esperando a que ambos emergieran. Los segundos pasaban y ninguno de ellos asomaba la cabeza, cosa que encendió todas las alarmas del muchacho. Para su consuelo, Gabe surgió de las aguas e invitó a Chet a seguirle. Había algo que debía ver con sus propios ojos.
Aquí llegaba el elemento disruptor del argumento. Aquella abertura no era solo una entrada al agua, sino que enviaba a cada persona a una dimensión diferente, hecha a medida de sus deseos más profundos. Sabiendo ya el punto en el cual se encontraba cada personaje, era de esperar que llegasen a lugares diametralmente opuestos. Laura y Gabe se encontraron en una versión mejorada del propio barco, lleno de comodidades, lujos y, lo mejor de todo, sin nadie que les molestase. Chet, por su parte, fue recibido por un nutrido grupo de personas, que pululaban por el barco en plena noche. Todos esos supuestos amigos del chico eran desconocidos para él, y ni siquiera era capaz de verles las caras. Estaba claro que su suerte había sido mucho peor que la de su hermana.
El montaje en paralelo de ambas realidades mostraban un claro contraste. Laura parecía cómoda en esa nueva e inesperada situación. Gabe dejó de ser la voz de la razón, animando a Laura a olvidarse de Chet y etiquetándolo como un estorbo y una carga innecesaria. Por su parte, Chet se mostraba confuso y temeroso, provocando las burlas de aquellas figuras oscuras. Aquel que hasta hace poco se mostraba tan altanero y seguro de sí mismo ahora deseaba que todo aquello fuese una broma de mal gusto.
El vínculo entre los hermanos debería ser inquebrantable. Sé que afirmar eso sería pecar de ingenuidad. Hay heridas que nunca se cierran y son capaces de separarlos el resto de sus vidas. En el caso de Laura y Chet, y a pesar de los intentos de ambos por remediarlo, esta triste realidad se producirá tanto de forma simbólica como física. En determinado momento, la chica eligió ignorar a su novio y lanzarse del barco para buscar a su hermano. Al mismo tiempo, Chet trataba de huir de sus oscuros acosadores y meterse en la abertura interior de la versión siniestra de la embarcación. Cuando parecía que todo podía acabar con un reencuentro, la fatalidad hizo acto de presencia. Una barrera sólida impidió que la una saliese del agua y el otro escapase de sus perseguidores.
El resultado final de estas últimas viñetas resulta confuso, pero todo parece indicar que fue Laura quien peor suerte corrió, a pesar de ser la parte más razonable y justa del binomio. Se podría aducir que Chet tampoco iba a escapar de rositas, quedando a merced de un grupo de acosadores que nunca pararían de menospreciarle y señalar sus inseguridades. Pero entre eso y morir ahogado, creo que hay un salto muy importante. ¿Por qué castigar a Laura de esa forma? Me temo que solo Powell tiene la respuesta. Una pena no poder preguntarle por este extremo.
Aquí acaba nuestro particular periplo por el falso fondo. Como ya he dicho, creo que se trata de una oportunidad desaprovechada. Nate Powell dedica demasiado tiempo a redundar en unas posturas que quedan muy claras desde la primera página, lastrando así las opciones de explorar otras posibilidades más estimulantes. El formato no parece haberle sentado bien. Todo lo contrario que a L. Marlow Francavilla y Francesco Francavilla, autores de Silent Warning, quinto número de la colección y siguiente parada en nuestro particular viaje hacia lo oculto. Curiosamente, con algo en común con su predecesor: el agua.
Félix Ruiz H.



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