Dobles y sombras: reflexiones a la luz de la Luna
Estos últimos días de junio están siendo muy estimulantes para mí. Escribo estas palabras mientras navego por el Mediterráneo a bordo de un colosal crucero, ese tipo de embarcaciones gigantescas en las que se disfraza con frases rimbombantes y actividad sin fin lo que en el fondo no es más que puro capitalismo voraz. Espero que no se me entienda mal. He venido por propia voluntad y sin ningún arrepentimiento, tratando de gozar en la medida de mis posibilidades de las bondades que se ofrecen a las miles de almas que pululan por cubiertas, pasillos y demás rincones de este reducto cosmopolita y desbordante de intensas y efímeras emociones. Gracias a ello, he podido visitar un par de lugares que nunca había visto con mis propios ojos. Livorno y La Valeta quedarán para siempre (o eso espero, al menos) fijadas en mi memoria, habiendo contraído ya la promesa de un futuro e incierto regreso. Pero no son los detalles de la travesía los que me llevan a sentarme en el balcón de mi camarot...