El último día de H. P. Lovecraft: la visita de Harry Houdini

 


No es necesario, te imagino muy bien: prosista multidimensional y paródico, cargado de manías y neurosis, rumiando nuestras frases hasta la náusea, llegando incluso a pretender que detrás de la titánica incoherencia de nombres que salpican nuestros textos se esconde una mitología compuesta cuyo alcance solo tú conoces. ¡Qué patético, puaj! Sé quién eres. Eres la más patética de mis creaciones y, desgraciadamente, tal vez la única que me sobrevivirá. No puedo impedir que hables y hagas creer que alguna vez exististe. Solo quiero afirmar, testimoniar, decir y escribir que no eres yo y nunca lo serás.


Cada nueva lectura de Le dernier jour de Howard Phillips Lovecraft, de Romuald Giulivo y Jakub Rebelka, deja nuevos hilos de los que tirar. Teniendo ya en el blog dos textos que versan sobre distintas partes de la obra y su íntima relación con la biografía o el corpus literario del escritor de Providence, pero siendo consciente de que se trató de una labor inconclusa, retomo la actividad justo en el punto donde la dejé. Entre el viaje psicotrópico provocado por la medicación y varios sueños de naturaleza confusa, Lovecraft continuaba reviviendo momentos importantes de su vida en compañía de diversos personajes, unos reales y otros ficticios. Era el turno de que Harry Houdini tratase de convencer a su amigo de que llevase a cabo el más impresionante de cuantos trucos de prestidigitación se hubiesen imaginado.

No es la primera vez que la casualidad dicta lo que aparece en este espacio, llevándome a hacer cambios obligatorios en mi básico pero nutrido plan de publicación. Cierto es que la culminación de la labor ya comenzada con este cómic llevaba tiempo en pausa, como también lo es que nunca me obligo a hacer algo si no considero que sea el momento adecuado. Pues bien, la culpa de que estéis leyendo esta nueva incursión en dicho cómic es de La Hermandad Oscura, aquel relato de August Derleth que apareció por primera vez en The Dark Brotherhood and Other Pieces (Arkham House, 1966) y que conservo en mi biblioteca personal gracias a su inclusión en La habitación cerrada y otros cuentos de terror (Alianza Editorial, 2001). Es uno de esos relatos que, más allá de su origen o calidad, más me ha marcado. Buscando algunos datos sobre la antología donde fue publicado originalmente, apareció cierta historia relacionada con Harry Houdini que me hizo volver al sublime tomo de Romuald y Rebelka. El mago y Lovecraft mantuvieron una relación muy cordial, que los autores de la imaginativa revisión de las horas finales del segundo llevaron hasta cotas sorpresivas, pero con un gusto por el detalle imposible de ignorar. Vayamos por partes.

Corría el año 1924 cuando Jacob Clark Hennenberger, propietario por aquel entonces de Weird Tales, buscaba dar un impulso a las ventas de la revista. Para ello, tuvo la idea de contratar a un columnista de lo más particular. Una celebridad que dedicaba parte de su tiempo a desenmascarar los engaños de los defensores de la existencia de lo sobrenatural, a pesar de ser él mismo un diestro ilusionista. Eric Weisz llevaba décadas siendo conocido como Harry Houdini, impulsando espectáculos que lo hicieron célebre en medio globo. Tuvo tiempo también de hacer sus pinitos dentro del mundo del cine, produciendo alguna que otra película muda inspirada claramente en su vida, aunque trataba – sin mucha convicción, eso sí – de disimularlo.

Para el momento en que entabló contacto con Hennenberger, Houdini planeaba una nueva gira de conferencias a lo largo y ancho de Estados Unidos en las que hablar en contra del espiritismo y sus practicantes. Puede que viera con buenos ojos un posible trato con una cabecera en horas bajas pero prestigiosa. El acuerdo quedó refrendado con tres artículos firmados por Houdini – Los falsificadores de espíritus de Hermannstadt, escrito en dos partes, y El engaño del amante espiritualque aparecieron en los números de marzo y abril de aquel año, además de la columna en cuestión, titulada Ask Houdini, que sustituyó a The Eyrie durante esos mismos meses. Por si fuera poco, el ilusionista publicaría un relato en la revista, aunque para ello sería necesaria la participación de un escritor con tablas. El editor Edwin Baird, que no acabaría el año en dicho puesto, tenía la solución ideal: recurrir a Howard Phillips Lovecraft, quien escucharía la historia “autobiográfica” de boca del propio Houdini durante el mes de febrero.



Todas las fuentes consultadas – con S. T. Joshi a la cabeza – aseguran que Howard caló rápido a Houdini, que quiso colarles una experiencia supuestamente real acaecida en Egipto. El anticipo ofrecido por Baird, sin embargo, era demasiado atractivo como para dejarlo escapar. Cien dólares de la época eran más que suficientes para que el de Providence aceptase ejercer de negro de Houdini y escribiese el dichoso cuento. De todas formas, el escritor pidió a Hennenberger que le permitiese todas las licencias creativas posibles para hacer que el resultado mereciese la pena. El resultado es el que los fans más acérrimos de Lovecraft conocen como Bajo la pirámides, pero que apareció en Weird Tales en el número conjunto de mayo, junio y julio de 1924 bajo el título de Encerrado con los faraones (Imprisoned with the Pharaohs).

Lovecraft tardó muy poco en mecanografiar el relato y lo iba a llevar consigo a su boda con Sonia Greene en Nueva York, pero la vida es caprichosa y está llena de eventualidades inesperadas. Perdió el fajo de papeles en Union Station, antes de salir de Providence, debiendo volver a escribirlo durante su luna de miel en Filadelfia. Es una anécdota de sobra conocida, pero no por ello menos importante, ya que trajo consigo el pertinente lanzamiento de un anuncio de objetos perdidos en The Providence Journal donde aparecía el rubro original del cuento.

No vamos ahora a hacer sinopsis alguna de Encerrado con los faraones, pero sí que vamos a señalar algunos datos fundamental sobre el mismo. El primero es que gracias a esa libertad creativa con la que contaba Lovecraft, el protagonista del relato – o sea, el propio Houdini – admitía al final del mismo que todo lo narrado era el resultado de un sueño enfermizo. Esto permitiría a los futuros estudiosos de la obra del natural de Providence encajar dicho relato dentro de su ciclo onírico, comprendido entre 1918 y 1932. Otro dato a tener en consideración es que este trabajo no dio crédito alguno a su autor hasta 1939, cuando fue reeditado por la revista. Su importancia, sin embargo, se dejó notar en otros autores, destacando Robert Bloch entre ellos. En diciembre de 1937 se publicó en Weird Tales El templo del faraón negro (Fane of the Black Pharaoh), en el que el autor de Chicago amplió el argumento de Encerrado con los faraones señalando que la esfinge descrita en aquel no era ningún dios de los muertos, tal como planteó Lovecraft, sino el mismísimo Nyarlathotep. Una añadidura a esos Mitos tan ampliados y manoseados por el famoso Círculo.

Pero volvamos con Houdini y Lovecraft. El trato entre ambos debió ser muy amistoso, pues mantuvieron correspondencia tras su primera colaboración. El punto fuerte de esa incipiente amistad estaba en la animadversión de ambos hacia las creencias sobrenaturales. Tal fue la conexión entre ambos que plantearon un nuevo proyecto. Un ensayo antiespiritualista que contaría con la firma de ambos junto a la de Clifford Martin Eddy Jr. – amigo personal de Howard – y que llevaría el sugestivo e irónico título de El cáncer de la superstición. Lovecraft esquematizó el futuro libro y Eddy se lanzó a la tarea de escribir los tres primeros capítulos del mismo. Por desgracia, la muerte de Houdini el 31 de octubre de 1926 dio al traste con el proyecto. Wilhelmina Beatrice Houdini, viuda del ilusionista, no dio su consentimiento para seguir adelante con el libro, por lo que quedó en el olvido durante mucho tiempo. Su primer capítulo, La génesis de la superstición, vio la luz en 1966 en una antología muy especial. ¿Podéis adivinarlo? Sí, precisamente en The Dark Brotherhood and Other Pieces.



Los otros dos capítulos escritos por Eddy se creían perdidos, hasta que muchos años después aparecieron en una subasta de un lote de objetos pertenecientes a Beatrice y Edward Saint (o Charles David Myers, representante de la mujer e impulsor del legado de Harry). Entre esos bienes había unos papeles que contenían la treintena de páginas del inacabado ensayo. Los dos capítulos desconocidos hasta entonces respondían a los títulos de La expansión de la superstición y La falacia de la superstición. Es una verdadera lástima que el mundo se quedase sin la posibilidad de leer semejante ensayo.

Todo lo aparecido más arriba fue tenido en cuenta por Romuald Giulivo para componer parte del guion de Le dernier jour de Howard Phillips Lovecraft. Esas últimas horas de vida de Lovecraft en el hospital Jane Brown Memorial de Providence, que culminaron durante la mañana del 15 de marzo de 1937, siguen siendo objeto de debate y curiosidad. Es en ese lapso de tiempo en el que se enmarca el argumento del cómic. Como ya dije en anteriores ocasiones, lo onírico, lo psicodélico y lo real se entremezclan sin que ninguno de esos planos prevalezca, contando todos ellos con igual importancia.

Sabiendo que su hora estaba próxima, el moribundo Howard esperaba con resignación el inevitable final que le deparaba la enfermedad que padecía. La inesperada visita de Randolph Carter, su alter ego, sembró en su particular mente una idea que le fascinaba y al mismo tiempo le horrorizaba. Quizá, el mundo real estaba contaminado por la ficción salida de su cerebro. Era consciente de que todo aquello era una locura de proporciones ciclópeas, pero su estado físico y mental le impedía razonar con claridad. Entre alucinaciones y sueños, decidió poner negro sobre blanco sus reflexiones y escribir notas a algunas personas importantes en su vida, estuviesen vivas o no.

Según Carter, Lovecraft era una suerte de demiurgo cuya voluntad podía prevalecer incluso ante la muerte. Pero era necesario que el escritor quisiese materializar dicha opción, sin que nada ni nadie pudiese forzarlo. Sería Sonia Greene, quien un día fue su esposa, quien le ofreciese nuevas alternativas. La falsa Sonia le propuso que creasen juntos, tal como hicieron durante su luna de miel en Filadelfia, cuando ella le ayudó a reescribir Encerrado con los faraones. Si colaboraban, Howard podría cambiar toda su vida gracias a su imaginación, su arma definitiva. ¿Por qué seguía queriendo arrojarse en brazos de la nada cuando podría disfrutar de una existencia plena, siendo feliz junto a sus amigos, su mujer y sus hijos? A pesar de la atractiva oferta, el sereno Lovecraft volvía a declinarla, despidiéndose de la mujer para siempre.

Encamado y con sus fuerzas cada vez más mermadas, el protagonista seguía escribiendo para poner sus asuntos en orden. A pesar de que se había mostrado firme ante aquellos que le habían visitado, estaba inmerso en un mar de dudas. Era consciente de todas las elecciones que había hecho a lo largo de los años. De cada acierto y error. De lo que podría haber sido si hubiese decidido hacer las cosas de otra manera y esconderse bajo una fachada diferente y artificial. Podría haber existido un H. P. Lovecraft distinto. Seguro de sí mismo, sociable y libre de prejuicios. Un hombre digno de mérito, reconocido en todo el mundo por sus colegas y admirado por una legión de lectores de sus relatos. Sí, ese hombre podría haber sido él. ¿O ya estaba ahí, cuando se miraba en el espejo y se autocompadecía?

De repente, un ataúd rodeado de cadenas apareció en su habitación. Cuando el sorprendido enfermo se acercó, la caja estalló en pedazos, revelando el contenido de su interior. De allí emergió un Harry Houdini rodeado de ratas. Si lo de Randoph Carter fue extraño, la visita de aquel fallecido hacía más de una década no le iba a la zaga. El ilusionista se mostraba divertido pero presuroso. El tiempo apremiaba. Debía hacerle una oferta a su antiguo colaborador, pero esa conversación no tendría lugar en un lugar tan triste y frío como aquel, sino en Nueva York. Ante las reticencias de Howard, aquella aparición que pretendía ser Houdini esposó al hospitalizado y le conminó a seguirle.

Aquel lugar no traía recuerdos agradables a Lovecraft. Allí se sentía envenenado y preso. Los dos años que pasó en la Gran Manzana fueron terribles para él, y su interlocutor sabía por qué. Los prejuicios de su desgarbado amigo chocaban frontalmente contra todo lo que representaba aquella ciudad. Progreso, capitalismo, globalización, bullicio. Conceptos con los que aquel tipo solitario de Rhode Island no estaba nada cómodo.


Su correspondencia reflejaban de forma nítida lo que pensaba sobre los trabajadores humildes que pululaban por el lugar. La lectura de algunas de ellas hirieron a Howard, que se defendía diciendo que sus viajes y sus experiencias habían cambiado su forma de ver el mundo y ampliado sus fronteras. Mientras lo hacía, los observadores de la escena y los propios contornos de la ciudad mutaban, adquiriendo un aspecto monstruoso. El rojo intenso predominaba en la pesadillesca escena, en la que destacaba una inmensa pirámide que desafiaba en altura a los rascacielos que se levantaban por todas partes.

Sabedor de que aquella figura no era Houdini, el moribundo amenazaba con marcharse, pero su acompañante jugó sus cartas y le obligó a ascender junto a él hacia la cima de la pirámide. Durante ese recorrido, Houdini dejó claras sus intenciones. Pretendía convencer a su amigo de que escapase de las garras de la parca, tal como Sonia lo hubo intentado antes.

No te hablo de reencarnación o supervivencia del alma. Te hablo de burlar las leyes prosaicas de la naturaleza. Puedes lograr lo que yo no pude. He escapado de todo, menos de mí mismo y de la muerte. Pero tú tienes la capacidad de lograrlo. Tu escritura puede aniquilar las fronteras…

Si el Necronomicón se convertiría en el futuro en un libro real, ¿por qué no hacer de sí mismo una ficción? ¿Por qué no escribir una última historia en la que el propio protagonista negase su desaparición? Mientras hablaba, el disfraz de la entidad que había aprisionado a Lovecraft se desvaneció, revelando su verdadera identidad: nada más y nada menos que Nyarlathotep. Aunque clamaba que daba igual ser llamado así, pues respondía a muchos nombres diferentes. En la cúspide de la pirámide, el ser rogó una vez más a su creador que no muriese. En los años venideros, sus amigos usarían su obra para crear literatura barata y miles de lectores estúpidos leerían sus obras sin atisbar su verdadero alcance. ¿Por qué conformarse con eso?

No hay verdad. Te lo dije. Hay una infinidad de mundos posibles. Queda saber cuál quieres elegir. Elegir tu final, claro está. […] Cuenta cómo se abolirá la muerte, cómo permaneceremos vivos para siempre tú y yo, en este mundo y en todos los demás.

La supervivencia del Lovecraft demiurgo y de sus creaciones estaba en manos de este primero. Pero no estaba obligado a ceder ante las presiones de Nyarlathotep para tener claras varias cosas. Ya sabía que, de una u otra forma, su legado se mantendría vivo. Sería más conocido de lo que lo estaba siendo en vida, por patético que eso le sonase. Sus amigos continuarían su trabajo. Podía negarse a colaborar. Darle la espalda a la visión. Y así lo hizo. Contrariado hasta el extremo, y de nuevo con el disfraz de Harry Houdini, el último visitante dio un empujón a Howard, lanzándole hacia el vacío.

El sueño se difuminó. El frío suelo dio la bienvenida al recién despertado, que tomaba de nuevo en sus manos su cuaderno, lleno en ese momento de instrucciones y consejos para la redacción de relatos. Frente al espejo del baño, su contraparte oscura y roja continuó presionándole para plasmar en papel una forma de visitar infinitos mundos y derribar cualquier barrera espaciotemporal. La pesadilla no había terminado. Mientras esperaba una nueva visita u otro viaje, el hombre escribía.

¿Quién es realmente Howard Phillips Lovecraft? ¿Eres tú o soy yo?


Félix Ruiz H.


Imagen de portada: Jakub Rebelka.

Enlaces de interés:

El último día de H. P. Lovecraft: la visita de Randoph Carter

El último día de H. P. Lovecraft: la visita de Sonia Greene

Página de ISFDB sobre Encerrado con los faraones

Página de ISFDB dedicada a El templo del faraón negro

Blog Wild About Harry y entradas del mismo sobre Edward Saint

Información sobre Harry Houdini en el blog Tellers of Weird Tales

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