The Twilight Zone: Advertencia Silenciosa


Para su aprobación, hoy presento la historia de una brillante científica cuya experiencia reverbera por los pasillos de la ciencia, pero que sigue sin ser escuchada por colegas escépticos. Esta noche, un meteoro surca el cielo y se sumerge profundamente en el océano, llevando consigo una amenaza que ningún oído puede detectar. Pero en esta dimensión, el silencio no es seguro. Bienvenido a un reino donde el peligro más grande es el sonido que no puedes oír. Bienvenido a la Dimensión Desconocida.


Hasta hace escasos meses, la información oficial que nos llegó desde IDW afirmaba que esta antología basada en la creación de Rob Serling se iba a limitar a cinco números. Por suerte para los fanáticos de The Twilight Zone, sabemos que eso no será así. De todas formas, los encargados de esta aventura quisieron ofrecer un cierre por todo lo alto. Para ello, encargaron al matrimonio Francavilla esta quinta y genial grapa. Una incursión a las profundidades en busca de un objeto foráneo que presenta un peligro desconocido.

Hay muchos elementos de Silent Warning que recuerdan a otros relatos archiconocidos. Desde The Thing from Another World a The Abyss, pasando por Invasion of the Body Snatchers o la más reciente Underwater. Pero creo que la principal influencia de los guionistas ha sido Sphere, cinta de 1998 basada en la novela homónima de Michael Crichton, publicada en 1987. El medio subacuático en que se desarrolla la acción, un grupo enviado por el ejército para investigar las posibles propiedades de un objeto extraño que emite extrañas resonancias…

Ya comenté en anteriores post dedicados a esta licencia que el formato no permite grandes florituras narrativas ni un desarrollo de personajes plenamente satisfactorio. Sin embargo, hay artistas con mayor capacidad para obtener resultados positivos, y los Francavilla lo han hecho a la perfección. El único “pero” es el de siempre: todo se antoja demasiado corto y atropellado, quedando el lector con ganas de más si la construcción de los eventos ha sido satisfactoria.

Este descenso a las profundidades marinas lo fía todo a la doctora Emily Sorensen, una especialista en campos emergentes de la acústica y las vibraciones sónicas que se siente ignorada por sus compañeros por ser considerada excéntrica y demasiado atrevida en sus estudios., que tenían que ver con la psicoacústica y otros posibles efectos psicosomáticos de las ondas de sonido. Estaba convencida de que podría lograr nuevos avances en su materia que desbloquearían aplicaciones médicas importantes. No había logrado nada hasta entonces. Por suerte para ella (y desgracia de muchos más), las cosas se iban a complicar gracias a algo caído del cielo. En concreto, un meteorito.

Un almirante de la Marina estadounidense, viejo conocido de la doctora, acudió en su búsqueda para hacer de ella una consultora externa en una misión que debía llevarse a cabo a la mayor brevedad posible frente a la costa del norte de Virginia. Pocas horas antes, un bólido desconocido se había precipitado de forma inesperada en plena Dorsal Mesoatlántica. Aquella no era cualquier piedra. Una base de investigación cercana captó pulsos sonoros provenientes de la misma. Una anormalidad que justificaba las urgencias.

Cinco personas se montarían en un submarino y acudirían al origen de esos pulsos. Además de Sorensen, el equipo de rastreo estaría formado por el Comandante James Eddington, los Tenientes Arthur Jeffreys y Michael Oguri y el biólogo marino Andy Carson. La prioridad era el análisis del meteorito, pero Eddington tenía orden de destruirlo si la cosa se torcía. No habría demasiado tiempo para las presentaciones, pero sí para que la doctora mostrase al resto un analizador sónico que había modificado para poder captar vocalizaciones y para ecolocalizar objetos.


La expedición tardó muy pocas horas en llegar a su objetivo. Una de las muchas cuestiones que quedan en el aire es el consenso tan rápido que alcanzó la mayoría masculina de la tripulación para hacerle el vacío a la que consideran como la única persona ajena a la misión. En este caso, Emily. No entiendo muy bien por qué. A fin de cuentas, el doctor Carson sería otro consultor externo. En ningún momento se comenta que sea militar. Suponiendo que no se trata de una simple cuestión de machismo – extremo que tampoco queda desmentido ni confirmado – solo nos resta suponer que se trata de una conveniencia del guion, como veremos después.

De esta forma, los cuatro hombres se pusieron de acuerdo para salir al exterior y hacer una primera aproximación, dejando a la doctora Sorensen a bordo. Algo que la científica no se tomó nada bien, por cierto. Los distintos medidores de los submarinistas arrojaban lecturas normales. Sin embargo, Emily comenzó a captar un zumbido con su analizador que ninguno más de sus compañeros escuchaba.

Sorensen fue ignorada por el resto, que continuaban acercándose a la piedra, con apariencia casi esférica. Cuando ya se hallaban a escasos metros, un pez especialmente violento y grotesco los atacó. No lo hizo en solitario, sino que todo un banco de peces semejantes se lanzó sobre los hombres, que no tuvieron más remedio que regresar a toda prisa hacia el submarino. Sorensen abrió las compuertas tras dudar unos instantes, mientras aun escuchaba el zumbido. Fuese lo que fuese aquel pulso con una cadencia extraña, continuaba aumentando de volumen. Algo que a priori era imposible.

Eddington y el resto trajeron a uno de esos extraños ejemplares consigo, dejando al doctor Carson la necesaria necropsia. Él y Sorensen debatieron la posibilidad de que los pulsos sónicos originados por el meteorito fueran los causantes de aquellas malformaciones y mutaciones. Un proceso demasiado apresurado para poco menos que un día, pero ninguno de los dos científicos encontró otra explicación plausible. Eddington lo oyó todo en silencio, ayudándole a tomar la determinación de recurrir a la contingencia que habían planeado en la base. Emily volvería a quedarse en la nave y los demás colocarían cargas explosivas en el perímetro alrededor del meteorito.

Había algo que la científica callaba desde hacía un rato. Continuaba oyendo el zumbido que captó con el analizador. Ese sonido, lejos de ser molesto, le causaba bienestar y estaba empezando a altear su percepción. Esa resonancia musical había dejado de ser un galimatías sin sentido para alguien con unos conocimientos tan específicos sobre los efectos del sonido. Quizá esa misma predisposición fue la que provocó que Sorensen fuese la elegida por aquel ser en forma de bólido espacial. O a aquella máquina biológica. Porque, en efecto, había una inteligencia ahí dentro.


Los militares y el biólogo se afanaron en acabar rápido con el trabajo, sabedores de que podría haber más sorpresas desagradables. Sorensen dejó de contestar por radio, pero no se trataba de ningún error. Lo hizo por voluntad propia. Se había rendido a la voluntad de la piedra, a las insanas intenciones que tenía. El meteorito no quería ser destruido, y había encontrado en aquella mujer su instrumento de salvación. Entre susurros, la mujer activó el piloto automático del submarino, sabedora de que la llevaría de vuelta a la base desde la que todos partieron. El objeto, por su parte, cambió de fisonomía. Varios tentáculos salieron de unas grietas abiertas en su superficie, aferrándose así al vehículo subacuático.

Mientras tanto Eddington, Carson, Jeffreys y Oguri quedaron abandonados y a merced de una nuevo y más numeroso banco de peces monstruosos. Esta vez no tenían a dónde huir. Aquella sería su tumba. O, mejor dicho, la de los pocos restos que quedasen de ellos tras el terrible festín que estaba a punto de producirse.

Ya de vuelta en la base, tanto el almirante Woods como sus subordinados esperaban algún tipo de respuesta desde el interior del submarino recién atracado. Al no recibir comunicación alguna, un par de hombres tomaron la delantera y penetraron en el mismo tras no pocos esfuerzos. Ni en sus peores pesadillas podrían haber imaginado la abominación que se presentó ante ellos.

Sorensen seguía en el asiento del piloto. Solo fueron capaces de reconocerla por sus ojos. El resto de su cuerpo parecía estar deshaciéndose como mantequilla caliente o barro muy humedecido. Las vibraciones de aquel objeto extraplanetario, aun aferrado al casco del submarino, habían obrado una transformación perversa e incompatible con los parámetros naturales. La piedra se había adueñado de su voluntad. Una vez logrado su objetivo inicial, era hora de hacer lo propio con otras personas. ¿Y qué mejor que empezar con uno de los dos soldados que habían presenciado ese horror?

Así termina Silent Warning. Un relato de ciencia ficción que se atreve a juguetear con el terror cósmico y que, a pesar de su sencilla premisa, logra ofrecer un final impactante. No es la primera de estas historias autoconclusivas que nos deja con ganas de más. Una lástima que no vaya a tener continuación. Al menos, de momento. La segunda tanda de grapas de The Twilight Zone ya está en marcha. Esperemos que el nivel general de la serie se mantenga y podamos seguir disfrutando de ella durante todo el tiempo posible.

Félix Ruiz H.





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