Excelentes Difuntos Anónimos
Una de las leyendas urbanas más famosas y extendidas en la cultura popular es aquella que asegura que determinadas celebridades fingieron su muerte en algún momento para huir de la presión mediática o cualquier otra vicisitud y así llevar una vida anónima. Es una cuestión que sigue generando ríos de tinta y que cuenta con verdaderos fanáticos que creen a pies juntillas que sus ídolos siguen pululando por ahí. ¿Qué diríais si hubiese una agencia que se dedicase a hacer desaparecer a todos aquellos millonarios que quieren dejar atrás sus vidas anteriores? ¿Locuras de conspiranoicos? El profesor Martin Mystère descubrió que algo había de cierto en toda esa rumorología mientras investigaba la muerte de uno de sus editores. Descubramos cómo.
Cuando hablamos de las series de la casa italiana Bonelli (y de otras casas de cómics, en general), siempre surge el debate entre la calidad de sus personajes más punteros y cuál de ellos es la punta de lanza. Cada cual tendrá su opinión y gustos particulares, pero lo cierto es que hay mucho y muy bueno donde elegir en este caso. Tex, Dampyr, Nathan Never, Zagor, Brad Barron, Dylan Dog o el propio Martin Mystère, de quien ya he escrito en alguna ocasión anterior y que hoy retorna a este espacio para repasar una de sus muchísimas andanzas.
Ya en aquel momento hice una pequeña semblanza del personaje y de su creación, por lo que no me volveré a perder en esos vericuetos de nuevo. Sí que voy a refrescar algo en cuanto al tono general en que se mueve el personaje y las historietas que protagoniza, para aquellos que estén un poco perdidos en cuanto a lo que estoy escribiendo. Martin Mystère es un reputado profesor e investigador especializado en enigmas arqueológicos e históricos. No ejerce como detective privado, salvo en aquellas ocasiones en las que se solicitan sus servicios por parte de alguna entidad oficial, algún amigo cercano o un patrocinador especialmente insistente. Cuenta con su propio grupito de colaboradores, que generalmente son Diana Lombard, su esposa; y el musculoso y fiel Java, un neandertal con el que Martin se topó en un valle perdido de Mongolia. Junto a otros personajes recurrentes, el profesor vive aventuras de todo tipo a lo largo y ancho del mundo, mientras pone en entredicho muchas de las tesis oficiales de la ciencia y la cultura, sin rehuir la acción o las pesquisas más propias del cine negro o el pulp oriental de la primera mitad del siglo XX.
Todo lo anterior me viene de escándalo para presentar Masacre en el Rick’s Club, número 233 de la serie principal del personaje, que fue publicado en agosto de 2001. Aleta Ediciones lo trajo a España seis años después, en aquella segunda andanza de algunos de los personajes de Bonelli en nuestro país. Renata Pfeiffer y Enrico Bagnoli – que también se encargó del dibujo – tejieron un argumento lleno de pistas falsas, sospechosos, paseos por el Chinatown neoyorquino y sorpresas que abarcó tomo y medio. He aquí una peculiaridad que se produjo con esta serie y desconozco si se repitió en otras con las que Aleta trabajó. Más de una de las aventurillas de Mystère ocuparon un tomo completo y parte de otro, con una pequeña viñeta final que indicaba que se trataba del “fin de la primera parte”. No puedo decir a ciencia cierta si se trató de una cuestión de marketing o la editorial seguía a pies juntillas una práctica habitual en Bonelli. Espero poder aclarar este punto con la ayuda de algún lector o con futuras pesquisas, pues apenas estoy empezando a leer al personaje.
Cuestiones editoriales aparte, es necesario hacer algún apunte sobre el dibujo de Bagnoli. El trabajo es bueno en lo que se refiere a las expresiones faciales cuando nos muestra a los personajes desde cerca. Su uso de las sombras cuando determinados personajes toman la palabra es una declaración de intenciones, pues propicia que la tensión reinante en determinados momentos no haga sino aumentar. Si bien no está especialmente inspirado en la mayoría de viñetas, sí que se tomó la molestia de echar el resto en momentos muy determinados. Uno de ellos muestra al propio Mystère mientras conversa con otro personaje, retratando a un hombre maduro, curtido e inteligente, con todo el peso del tiempo en cada arruga o pliegue de su rostro. Otro involucra a un personaje capital en esta trama, así que dejaré esa mención para más adelante. Metámonos ahora en harina y hablemos sobre este rumor que está en boca de todos pero solo al alcance de unos pocos.
El argumento empezaba cuando un desconocido, vestido con gabardina y sombrero, se introducía dentro del Rick’s Club de nueva York y ametrallaba a buena parte de los presentes, abandonando el lugar a continuación. Entre los fallecidos se contaba un allegado a Martin Mystère. Nada más y nada menos que John Anderson, uno de sus editores. Por ello, Martin y su amigo Java acudieron a su entierro, tras el cual fueron interpelados por su hija Shirley, quien también era una vieja conocida. La chica tenía serias dudas de que todo se hubiese tratado del ataque de un loco homicida. Sospechaba, más bien, de que aquel ataque era premeditado y pretendía eliminar a alguien en concreto. El problema, como suele ocurrir, es que no tenía certezas en las que apoyarse. Ahí es donde entraba el buen profesor, quien tiraría de sus contactos para intentar sacar algo en claro.
El inspector Travis, uno de sus principales apoyos entre las autoridades de Nueva York, le guio hacia los Mancuso, una de las familias principales de la mafia local que había perdido a uno de sus miembros en aquel mismo ataque. Al mismo tiempo, y mientras se discutía esta hipótesis, el detective Sidney Whitmore entró en escena y presentó otra posibilidad algo más exótica. Entre los fallecidos también se contaba un camarero que estaba escribiendo un libro sobre esoterismo oriental y que también trataba sobre el origen y funcionamiento de las tríadas chinas. Lo curioso es que presentó dicha idea a John Anderson, que al parecer valoró la posibilidad de editarlo. Preguntada al respecto, Shirley dijo conocer la existencia de dicho libro, pero se trataba de una caterva de disparates difícilmente salvable. Por si todo lo anterior fuera poco, resulta que el prometido de la chica se trataba nada más y nada menos que de Robert Mancuso, pariente lejano de los susodichos mafiosos y que, en principio, nada tenía que ver con todo lo ocurrido. Muchos hilos de los que tirar y muy pocas certezas.
Las grandes familias del crimen se hallaban en un autoproclamado momento de paz. Por su parte, las tríadas chinas no permitían que ningún fisgón metiese las narices en sus asuntos, pero tampoco parecía que el libro del camarero fuese motivo suficiente para perpetrar una masacre en un restaurante. Todos ellos tenían herramientas más eficaces (o “excelentes”, como dijo en cierto momento el capo de los Mancuso) para ser más sutiles. En cuanto al yerno de Anderson, el joven hizo todo lo posible por hacer sus propias averiguaciones y resultó estar limpio. Era un trabajador entregado en la editorial de su futuro suegro y toda su historia con Shirley era sincera. Con lo cual, todo ese tramo central de la investigación no termina de ir a ninguna parte concreta, pese a contar con unos cuantos secundarios interesantes y algunas escenas de acción donde los protagonistas contaban con espacio para lucirse. Pero todo cambió cuando Martin decidió volver al inicio de todo y centrarse en los trabajos pendientes de su editor.
Entre los mismos se encontraba el trabajo del psicoanalista Ralph Miller, un académico que estaba trabajando en un nuevo ensayo antes de ser atropellado mortalmente. Shirley y Robert tuvieron acceso al manuscrito pero no hallaron nada reseñable en él. Debían estar ciegos o ser directamente inútiles en labores editoriales, pues Mystère tardó muy poco en percatarse de un pequeño detalle: al manuscrito le faltaba un capítulo entero, cuyas páginas habían sido arrancadas. Por suerte, Miller había dejado pistas sobre el contenido de dicho capítulo. Según pudo averiguar nuestro querido Martin a partir del testimonio de su difunta esposa, el psicoanalista tenía entre manos una curiosa explicación para cierto síndrome mostrado por algunos de sus pacientes, pero hubo un robo en su despacho y parte de ese trabajo se perdió.
“Ciertas deformaciones mentales pueden crear extrañas interpretaciones o materializar fantasmagóricas asociaciones como, por ejemplo, la de los excelentes difuntos anónimos.”
La viuda de Miller facilitó a las autoridades la lista de pacientes de su marido, por lo que Martin recorrió ese mismo camino en busca de nuevas pistas. El último nombre de dicho listado era Jeremy Bixel, un tipo con doble personalidad que no respondía a las llamadas que le hacía el profesor. Por suerte para todos nosotros y gracias a las pertinentes conveniencias plantadas por los guionistas, el misterioso Bixel recibió un toque de atención por parte de un grupo en la sombra que le puso sobre aviso sobre la investigación que se estaba llevando a cabo en torno a él. Así que era necesario acallar cualquier sospecha, y para ello había que silenciar al investigador.
Aquí viene el gran giro de esta trama. Jeremy Bixel no era ningún loco con personalidad múltiple que deseaba vengarse de su psicoterapeuta, sino que se trataba del mismísimo James Dean, el celebérrimo actor de Rebelde sin causa que perdió la vida (supuestamente, por aquello de las habladurías y las leyendas urbanas) el 30 de septiembre de 1955 a la corta edad de veinticuatro años, tras un accidente automovilístico que truncó una meteórica carrera hacia el más absoluto de los estrellatos cinematográficos.
Es este el segundo gran acierto de Enrico Bagnoli en lo que al dibujo se refiere. La actual tecnología permite envejecer a alguien con un grado de detalle impresionante. Un buen dibujante era y es capaz de hacer lo propio sin tener que tirar de ningún software puntero o herramienta de inteligencia artificial. Bagnoli echó el resto en este retrato de Bixel/Dean, muy fidedigno a cómo podría lucir el actor a principios del siglo XXI si siguiese en el mundo de los vivos.
Antes de hacer lo que debía, el supuesto James Dean tenía que contarle a Mystère cuáles eran sus motivos. Nada atípico en cualquier villano “bondiano” que se precie. Demasiadas palabras, lo que suele conllevar demasiado tiempo para que algo termine saliéndole mal al malo de turno. Según el avejentado individuo, tardó muy poco en cansarse de su fama y de ser perseguido a todas partes por toda una cohorte de seguidoras y periodistas. Así que se puso en contacto con cierta sociedad fundada por ex agentes de la Agencia Pinkerton, pionera de la investigación privada a nivel mundial y germen de las distintas agencias de inteligencia posteriores. Estos agentes preparaban todo lo necesario (previo pago de una sustanciosa cantidad de dinero) para hacer desaparecer a sus clientes y darles lo necesario para comenzar una nueva vida allá donde deseasen, siempre en el más estricto anonimato. Podéis imaginar todas las gestiones que harían falta para hacer algo así. Documentación, disfraces, “voluntarios” con los que suplantar a los supuestos fallecidos y un largo etcétera. Aunque los guionistas trataron de explicarlo de forma que tuviera sentido, dejaron ciertos detalles sin aclarar. No es algo especialmente molesto, pero precisa de cierto ejercicio intelectual con el que el lector debe terminar de atar cabos.
Por supuesto, la exclusiva clientela Excelentes Difuntos Anónimos contenía nombres de lo más suculento. No podían faltar algunos de los más cacareados por las malas lenguas: Jesse James, Billy el Niño, Marilyn Monroe y Elvis Presley. Sabemos de sobra cómo acabaron sus vidas, pero también sabemos cómo funciona la disonancia cognitiva planteada por Leon Festinger. En resumidas cuentas, el villano confesó haber atropellado a Miller y robado parte de su manuscrito tras haberle contado toda su historia como paciente de su consulta – pasar décadas fingiendo ser otra persona termina pasando factura, según parece – e hizo lo propio con Anderson cuando se enteró de que estaba interesado en editar el libro de su amigo psicoanalista. Lástima que no supiera que Miller habia respetado el secreto profesional y no había dado nombres. Tampoco es que eso le hubiese salvado la vida, puesto que el gran secreto a proteger era la propia existencia de Excelentes Difuntos Anónimos, pero ahí queda el dato. En cuanto a la masacre del Rick’s Club, no se trató más que de una escenificación para desviar la atención hacia alguna de las mafias que operaban en Nueva York.
Con todo el pescado vendido, solo restaba eliminar al último testigo importante del caso. Pero la agencia tenía otros planes. Mystère despertó tras una larga siesta, encontrándose a Bixel con un balazo en pleno rostro. La investigación posterior concluyó que no se trataba más que de un pobre enfermo mental que había drogado a Martin con un potente alucinógeno que provocó que oyese todo lo narrado antes. ¿Todo era cosa de un mal viaje o hubo algo de cierto en aquella rocambolesca historia?
En definitiva, Masacre en el Rick’s Club deja un buen sabor de boca y algunos momentos muy inspirados tanto en el dibujo como en el guion. Cierto es que se echa en falta alguna aportación narrativa más para redondear el conjunto, pero el cómic funciona muy bien para todos aquellos que gusten de estas locas historias sobre personas que fingen sus propias muertes con ayuda de gobiernos y grupos ocultos. Si queréis pasar un buen ratito con un protagonista bien escrito y con unas pocas pizcas de noir, es muy buena opción. Prometo traer nuevas historias sobre el universo de Martin Mystère a medida que profundice en él. Sé de buena tinta que cuenta con cosas muy jugosas y no veo el momento de leer todo lo que pueda. Lo sabréis cuando llegue.
Félix Ruiz H.





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