La voz de El-Lil
Es inevitable preguntarse hasta dónde hubiese llegado el legado literario de Robert Ervin Howard si no hubiese decidido acabar con su vida con apenas treinta años. Alguien como yo, que ya ha sobrepasado con holgura esa edad y que dedica algunos ratos a intentar juntar letras como simple hobby, está impelido a sentir admiración y palidecer ante tal figura. Con todos sus claroscuros, incluso los relatos más prosaicos del texano suelen dejar un buen regusto entre los conocedores de su obra o quienes se acercan poco a poco a su obra. Ayer leí por primera vez uno que desconocía por completo, en el que se pueden observar trazas del voraz creador de historias que llegaría a ser. Civilizaciones desaparecidas, misteriosos cultos e intrépidos aventureros en un cóctel satisfactorio.
Profano absoluto en casi todo, como suele ser habitual en mí, no termino de comprender por qué Los gusanos de la tierra y otros relatos de horror sobrenatural es considerada una rara avis dentro de la colección Gótica de Valdemar. Es una mención corta pero necesaria que creo pertinente incluir ahora. No soy quién para valorar este punto hasta sus últimas consecuencias, pero el muestrario de diecinueve relatos que componen el libro me parece lo suficientemente variado como para hacerlo merecedor de un espacio siquiera menor en el ya amplio sello. La reiteración de ideas o la mezcolanza de tropos de varios subgéneros suelen ser los motivos fundamentales que los detractores – mucho más versados que yo, a buen seguro – del tomo sacan a colación para estar en dicho bando. Por la ínfima parte que me toca, no puedo estar de acuerdo con ellos. El tiempo y las subsiguientes lecturas serán testigos del cambio o no de mi postura.
Otra anotación preliminar, más larga que la anterior pero igualmente necesaria, es su posible pertenencia al difuso y muchas veces desconocido canon de John Michael Kirowan, John James Conrad y el forzudo O’Donnel, siendo los dos primeros detectives de lo sobrenatural. Ya escribí algo sobre ellos en un post dedicado a La perdición de Dermod, incluido dentro de la compilación La piedra negra y otras aventuras sobrenaturales de Kirowan, publicada por Los libros de Barsoom en 2014 y que conservo con mucho cariño.
Tanto Kirowan como Conrad eran eruditos que veían atrapados en casos de corte sobrenatural, aunque ninguno de los dos eran dados a la acción. Ello propició la aparición del tercer protagonista – que a veces ejercía como narrador – del ciclo, que interactuaba alternativamente con uno de sus compañeros o con ambos al mismo tiempo. Se podría matizar la etiqueta de “detective de lo oculto” el caso de Conrad, quien era presentado como alguien mucho más amateur que Kirowan en las materias ocultas. Al menos, en los primeros relatos de este corpus que Javier Jiménez Barco reunió. Lo cierto es que Conrad era un hombre de posibles, poseedor de una mansión y de una magnífica biblioteca. Más allá de estos escasos datos biográficos, poco más se podría saber sobre su vida, dando espacio a la posibilidad de que hubiese otras historias howardianas sensibles de formar parte del puzle.
En el prólogo de La piedra negra y otras aventuras sobrenaturales de Kirowan, Jiménez Barco enumeraba las trece piezas que forman parte del ciclo, al menos de forma oficial. Pero daba espacio a la futura adición de algún que otro escrito, señalando de forma explícita a La voz de El-Lil (The voice of El-Lil, Oriental Stories, octubre-noviembre de 1930) y dando su pertinente opinión al respecto.
“Según algunos, el relato «The voice of El-Li» pertenecería a ella (la serie), debido a que el protagonista secundario es un estudioso llamado John Conrad, procedente de Nueva Inglaterra. Hay que reconocer que la coincidencia del nombre y el lugar de procedencia resultan bastante jugosas, pero deberíamos tener en cuenta que no se trata de una historia de horror cósmico, sino de razas perdidas. Además, el campo estudiado por el tal Conrad es la Entomología, una rama de la ciencia que estudia los insectos, y hacia la cual, «el Conrad de Kirowan» no muestra interés en ningún momento de la saga. Por ello, dejamos a discreción del lector si incluir o no este relato en la saga.”
Creo que el párrafo anterior es lo suficientemente explícito. Desde aquí, suscribimos cada palabra. Pero lo cierto es que las semejanzas entre ambos personajes apellidados Conrad son llamativas. Es probable que estemos ante otro de los famoso reciclados de ideas de Howard, que tenía cierta tendencia a plagiarse a sí mismo. El motivo nos es indiferente, aunque a buen seguro que estuvo relacionado con el infernal ritmo editorial impuesto por las publicaciones con las que solía colaborar.
Otro reciclado parece ser el personaje de Bill Kirby, un inglés enorme, de rostro moreno, ojos azules y pelo tostado. A todas luces, un trasunto de O’Donnel, que contaría su historia a un tercer personaje, un primer narrador que se encontraba observando a los peculiares hombres que pululaban por la ciudad portuaria de Muskat. El sonido de una canción china y, concretamente, de un gong, sobresaltó al grandullón y propició que este compartiese su periplo con el narrador.
Este Kirby no era un simple hombre de acción y poco dado al debate, sino que contaba con una erudición nada desdeñable. Ya fuese por sus viajes o por sus intereses particulares, el hombre podía argumentar y justificar sobre geografía, historia o anatomía sin despeinarse. Prueba de ello era la experiencia compartida en Muskat, donde se atrevió a hablar de dioses sumerios o de los motivos por el que el pueblo perdido con el que se topó en el corazón de África se refería a todos sus indeseados visitantes como “acadios”.
Estando en Jibuti, conoció a un jovencísimo profesor de Nueva Inglaterra, el cacareado John Conrad. Ambos hicieron buenas migas pese a no tener demasiados intereses comunes, y montaron un pequeño safari por tierras somalíes. Acompañados por varios porteadores locales y por un mestizo, anduvieron durante un mes, hasta llegar a lugares poco explorados por el hombre blanco y occidental. Allí, los porteadores decidieron abandonar a Kirby y Conrad. Tenían miedo a cierta maldición, cuyos ecos llegaron hasta los oídos de los expedicionarios en forma de ecos procedentes de lo que creían un tambor nativo.
“Era como una llamada. Se te metía en la sangre. Te arrastraba como la música de un faquir atrae a una cobra. Sabía que era una locura. Pero no discutí. […] Conrad por fin había encontrado algo que rivalizaba con sus bichos infernales por su interés. No hablaba mucho; cazaba insectos de forma ausente. Todo el día parecía estar en actitud de escucha, y cuando las profundas notas doradas llegaban rodando a través de la selva, se tensaba como un perro de caza que ha venteado el olor, mientras que sus ojos revelaban una mirada extraña para un profesor civilizado. ¡Por Júpiter, es curioso ver una influencia antigua y primigenia asomar a través del barniz del alma de un profesor de sangre fría, hasta tocar el flujo rojo de la vida que hay debajo! Era algo muy nuevo y extraño para Conrad; aquí había algo que no podía explicar con su moderna y aséptica psicología.”
Los acontecimientos se precipitaron cuando Kirby y Conrad fueron apresados por unos nativos de aspecto oriental. Fueron arrastrados hasta un valle rodeado de acantilados, en el que se encontraba un lago. En medio del agua, una isla servía de hogar a un templo. En el extremo más alejado de la masa de agua se cernía una ciudad que, a pequeña escala, trataba de imitar el remoto esplendor de Mesopotamia y de su mayor monumento: la mismísima Torre de Babel.
El resto del relato está lleno de tópicos. Un líder que ejercía el poder absoluto como regente, sacerdote y dios; una joven bailarina y concubina que se enamoró del joven profesor; un artefacto capaz de subyugar a los rebeldes… Este último, por cierto, era la famosa voz de El-Lil, un enorme gong que podría contar con miles de años a sus espaldas y que permanecía custodiado en el templo de aquel pueblo. Los restos de una cultura que había sobrevivido a los avatares del tiempo y sobrellevaba como mejor podía una lenta pero irremediable decadencia.
A pesar de que pueda parecer un relato menor respecto a otros contenidos en el mismo tomo de Valdemar y de que cuente con un desenlace previsible, La voz de El-Lil es entretenido y está bien estructurado. A veces es suficiente con que algo cumpla, lo cual no es poco.
Félix Ruiz H.
Imágenes: portada de Oriental Stories e ilustración interior de Donald von Gelb. Portada de Los gusanos de la tierra y otros relatos de horror sobrenatural, de Valdemar.




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