Arnold Rhymer en: El Colmillo Roto


“Este cerró cuidadosamente la puerta a su espalda. Luego, se acercó circunspecto al diván donde estaba acostado su señor, procurando no molestarle. Sin echarle más que una simple mirada al dormido, fue a buscar una mesita y la colocó cerca del diván. Se dirigió acto seguido hacia un armario y sacó dos botellas, así como un medidor.”


Hay personajes que tienen un recorrido tan fugaz que parecen condenados al olvido desde su misma concepción. Si no fuera por la labor continua de estudiosos y amantes de la literatura en general y de la ciencia ficción y el terror en particular, las generaciones más jóvenes no tendrían noción alguna sobre toda una pléyade de extravagantes aventuras. ¿Un detective de lo oculto que se enfrenta a momias egipcias, que a su vez son herramientas de una maquiavélico plan para atacar a todo un país? Nada que un científico como Arnold Rhymer no pueda manejar con soltura.

Las presentaciones de personajes son efemérides que me hacen especial ilusión, pues no ocurren con tanta frecuencia como me gustaría. A pesar de tener al alcance de la mano algún que otro texto de referencia, no es tan sencillo ni barato hacerse con los libros donde estos especialistas compartieron sus conocimientos. Más aun cuando sus creadores tuvieron carreras tan efímeras como la del reverendo Samuel Whittell Key, quien solo escribió cinco relatos y una novela, todas con el desconfiado Arnold Rhymer como protagonista. Tras el final de la I Guerra Mundial (en la que prestó sus servicios como capellán), el clérigo usó el pseudónimo de Uel Key para trasladar al papel unos intereses que hasta entonces habían permanecido ocultos.

Precisamente fue The Broken Fang (Pearson’s Magazine, 1917) el relato que dio título a la compilación que fue publicada en 1920 y que precedió a la novela Yellow Death (1921), con la que terminó este ciclo inédito en español, salvo la honrosa excepción (al menos, que servidor sepa) que en 2016 se hizo en El perro espectral. Investigadores de lo oculto, editado por el añorado Francisco Arellano. Un caso marcado por varias muertes violentas en el pequeño pueblo de Blankborough, al que Rhymer se desplazó tras ser requerido por un inspector de Scotland Yard.

Nuestro científico residía en la londinense Whitehall Court y era lo suficientemente famoso para ser consultado por el inspector Brown sobre un asunto que se tornó extraño. Tres hombres jóvenes habían sido asesinados y mutilados, pero el forense encargado de los cadáveres había encontrado ciertos indicios llamativos. Según Brown, quien se hacía eco del informe forense, las muertes no estuvieron motivadas por la violencia ciega, sino que las mutilaciones podrían servir al propósito de distraer la atención. En cambio, fueron otro par de puntos clave de dicho informe los que animaron a Rhymer a aceptar el caso: el primero es que ninguna de las víctimas murió por causa directa de las mutilaciones, hechas post mortem; el otro es que el cuello de una de ellas presentaba restos de un elemento afilado afilado que no se reveló en ese mismo momento, pero que supuso una baza fundamental a la hora de calibrar la amenaza a la que se enfrentaban. Además estaba el hecho de que las gargantas de los tres muertos presentaban idéntico aspecto: algo había sorbido su sangre a través de dos pequeñas incisiones. Para alguien como Rhymer, todo aquello era como sumar dos y dos. No por nada, tuvo la suerte de cruzarse en su largo camino laboral con el detective británico más laureado de todos los tiempos, aquel cuyas crónicas escribió sir Arthur Conan Doyle.

La casualidad suele jugar un papel destacado en muchos casos de occult detectives. No he tenido el gusto de leer el resto del ciclo escrito por el reverendo Key, pero en el caso de El Colmillo Roto todo avanza gracias a grandes dosis de suerte, de oír conversaciones por casualidad o de ver una sombra mientras se pasea por medio de un camino oscuro. Esto último es precisamente lo que ocurre en cuanto el inspector y el especialista en lo oculto pisan los alrededores de Blankborough. Ambos vieron una figura lo suficientemente amenazante como para decidir que lo mejor era ocultarse. Tenía apariencia humana, pero carente de vida. Según la descripción ofrecida en el propio relato, la figura no llevaba sombrero pero sí una larga capa y un cuchillo de aspecto peculiar. Fuese lo que fuese, esa sombra no pertenecía a un asesino común. Ambos observadores decidieron que lo mejor era seguirle a hurtadillas y ver a dónde se dirigía, pero el plan se torció en cuanto Rhymer aceleró el paso y fue descubierto.

La pelea fue inevitable, y el rollizo inspector Brown solo pudo oírla desde la distancia. Haciendo un esfuerzo inusitado, a duras penas logró ver dos grandes bultos rodando por el suelo. Uno de ellos tomaba clara ventaja, y el otro solo pudo descerrajar un par de disparos al otro para evitar una muerte segura. El agresor huyó, haciendo gala de una agilidad sobrehumana. Brown llegó junto al consultor, creyéndolo muerto. Por suerte para ambos, el inspector estaba equivocado. Rhymer resollaba y se echaba la mano al cuello, de donde manaban dos hilos de sangre. La lucha le brindó algunas pistas más. El ser era, en efecto, una especie de no muerto y tenía una fuerza fuera de lo común. Las balas disparadas por Rhymer no parecieron hacerle efecto, pero lograron que soltase su cuchillo.

Al día siguiente, y ya instalados en una posada local, los investigadores aprovecharon un nuevo guiño del azar cuando oyeron la conversación entre dos mayordomos. Uno de ellos se lamentaba amargamente. Su señor había perdido un cuchillo antiguo y desconfiaba del servicio. El dueño del arma debía ser alguien importante. Un listín telefónico encauzó del todo los siguientes pasos a seguir. Blankborough era el hogar de un egiptólogo de origen alemán, llamado Ludwig Holtsner. Ese dato despertó el entusiasmo y la ira de Rhymer, pues estaba convencido de que ese hombre debía ser un boche, un antiguo soldado alemán de la I Guerra Mundial.

Tanto el reverendo Key como su personaje sentían una animadversión nada disimulada hacia todo lo germano. Aunque boche es un término peyorativo ya usado en el siglo XIX, cobró especial relevancia cuando empezó a ser escrito de forma continuada en las prensas galas y británicas durante la Gran Guerra. Pero el insulto no se limitaba a la nacionalidad, sino a todo lo que englobaba lo alemán. El propio científico lo dejaba claro: “Los boches siempre son boches. Y un vulgar trozo de papel que les identifica como ciudadanos británicos no cambiará en nada el hecho de que estén impregnados de la Kultur.”


Un odio cerval, que no entendía de matices y justificaciones. Dudo que Key llegase a tener conocimiento de los tejemanejes de la Operación Paperclip u otros temas similares. Su explosión de ira habría sido antológica. Su odio nada disimulado hacia lo germano fue el eje central de The Broken Fang, llevándole a imaginar una conspiración a gran escala que estaba dando sus primeros pasos en aquel rincón a una hora escasa de distancia de la gran city londinense.

Rhymer y Brown visitaron al egiptólogo, siendo el primero quien entablaría contacto directo con él. Tenía la excusa perfecta, pues había recuperado el cuchillo perdido. El mayordomo le abrió la puerta y le dio paso a una salita. Holtsner era un tipo con sobrepeso, bigotillo y cabello muy corto. Unas gafas con montura de oro dotaban al conjunto de toda la extravagancia que Key imaginaba en un alemán adinerado que intentaba pasar desapercibido en un país ajeno. Con excusas peregrinas, Rhymer logró que su anfitrión le invitase a ver su colección de especímenes geológicos, que esperaban en su mueso particular. Brown tuvo que hacerse pasar por geólogo mientras el estudioso escrutaba con ojo clínico una fila de momias metidas en una larga vitrina. Todas contaban con su propio sarcófago de tapas abiertas, dejando a la vista a sus ocupantes. Aquello era más que suficiente para que el experto en lo oculto viese confirmadas casi todas sus sospechas. Pero sabía de buena tinta que el supuesto egiptólogo sospechaba de ellos, por lo que debían hacerle creer que regresaban a Londres. Incluso tomaron un tren para convencer al mayordomo de Holtsner, quien además ejercía como improvisado (o no tanto) espía.

Con la noche como aliada, ambos hombres regresaron a las puertas del museo. Brown debía vigilar si algo o alguien salía de él, mientras Rhymer entraba a hurtadillas en la amplia estancia. Las máscaras de sus enemigos estaban a punto de caer. El egiptólogo yacía dormido en un diván. Loa pasos del mayordomo alertaron al intruso, que se escondió tras una cortina. Eso le permitió escuchar la verdad que él ya intuyó desde que Brown compartió las pesquisas del forense asignado al caso. Una de las momias del museo entró de forma violenta en la estancia, siendo atrapada por el mayordomo con una cuerda antes de que alcanzase a Holtsner. En cuando el cadáver andante golpeó el suelo, el alemán despertó. Los primeros movimientos tras el sueño de uno se acompasaron con los últimos del otro antes de su regreso al reino del que nunca debería haber salido.

Ambos hombres hablaban en alemán, idioma que no era ajeno a Arnold Rhymer. Aquella momia había acabado con otro “enemigo de la patria”, según aseguró el mayordomo. La parafernalia que rodeaba a Holtsner mientras dormía no era nada casual, sino que respondía al propósito de animar a las momias del museo para que hicieran el trabajo sucio que los conspiradores no podían hacer de cuerpo presente. Aunque aun restaban incógnitas por despejar, Desde su escondite, el científico pudo ver una caja fuerte en la que eran depositados unos documentos. En cuanto los alemanes abandonaron la sala y el escondido se reunió con el inspector Brown en la salida de la estancia que daba al exterior de la propiedad, ese secreto sería rápidamente resuelto. Un bloc de notas que contenía datos más que suficientes para destapar un caso que afectaba a todo el territorio británico. El superior de Brown en Scotland Yard tendría que darle el visto bueno a Rhymer para que se pusiese al mando de las operaciones en Blankborough. Además, necesitaría de la participación de un par de agentes más para cerrar el caso de una vez por todas.

De nuevo en el museo de Holtsner, los efectivos desplegados asistieron en silencio al rito que permitían al hombre dar vida a cualquiera de las momias que reposaban en el lugar, con la inestimable ayuda de su compinche, quien obraba una especie de conjuro sobre él. Mientras una de esas momias se retorcía, Rhymer y el resto entraron en acción. Era la hora de cerrar el telón de aquella obra macabra. El Conde Friedrich von Verheim (Holtsner) y el agente de los servicios secretos alemanes Otto Krup (el mayordomo) iban a ser detenidos con las manos en la masa.

A estas alturas, los lectores ya habrán imaginado que el pérfido plan de los alemanes consistía en importar cuerpos embalsamados de otros países, haciéndolos pasar por momias egipcias, para que estas cometiesen asesinatos selectivos. Gracias a las artes oscuras aprendidas por algunos individuos de origen alemán y nacionalizados con identidades falsas, esos cadáveres embalsamados eran arrebatados temporalmente de su descanso eterno, actuando como marionetas. Eran vampiros en toda regla, usados para acechar y acabar con sus objetivos mediante un trance hipnótico. A la larga, aquel extraño plan se habría extendido a todo el país. Pero Rhymer se adelantó a esa conjura gracias a los restos encontrados en el cuello de uno de los infortunado: el colmillo de una de los vampiros. Delirante, desde luego.

El Conde y el agente secreto alemán solo eran la punta de lanza de una operación a gran escala, que seguro que depararía muchas sorpresas en el futuro cercano. Por desgracia, la solución última de ese fenómeno psíquico nos fue hurtada. Rhymer habló Brown algunos de los pormenores de los asesinatos de Blankborough, en el típico epílogo en el que el detective de lo oculto explica a su interlocutor (y, de paso, al lector) cómo ató cabos. Todo quedaría en el más estricto secreto. La opinión pública jamás conocería la verdad sobre los crímenes. ¿Pero qué era eso en comparación con el orgullo personal de haber evitado una catástrofe y de haber hecho un gran servicio a la corona británica? 

 Félix Ruiz H.

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