Dobles y sombras: reflexiones a la luz de la Luna
Estos últimos días de junio están siendo muy estimulantes para mí. Escribo estas palabras mientras navego por el Mediterráneo a bordo de un colosal crucero, ese tipo de embarcaciones gigantescas en las que se disfraza con frases rimbombantes y actividad sin fin lo que en el fondo no es más que puro capitalismo voraz. Espero que no se me entienda mal. He venido por propia voluntad y sin ningún arrepentimiento, tratando de gozar en la medida de mis posibilidades de las bondades que se ofrecen a las miles de almas que pululan por cubiertas, pasillos y demás rincones de este reducto cosmopolita y desbordante de intensas y efímeras emociones. Gracias a ello, he podido visitar un par de lugares que nunca había visto con mis propios ojos. Livorno y La Valeta quedarán para siempre (o eso espero, al menos) fijadas en mi memoria, habiendo contraído ya la promesa de un futuro e incierto regreso. Pero no son los detalles de la travesía los que me llevan a sentarme en el balcón de mi camarote a juntar unas cuantas letras, sino el deseo de expresar en palabras unas reflexiones que me acompañan desde siempre, pero que se intensifican en momentos como estos, cuando las lecturas y las casualidades se dan la mano y empujan mi mente en una misma dirección.
Tuve muchas dudas al elegir la combinación de libros que traería en mi inseparable mochila gris, misma que me acompaña en cualquier salida de Sevilla desde que estaba en mis años de educación secundaria. Pocos días antes de embarcar, me encontré por casualidad con una obra muy famosa, que sin embargo jamás había leído. Conocía desde niño muchos detalles de la historia escrita por Oscar Wilde, lo que no ha evitado que haya caído rendido a los pies del autor de El retrato de Dorian Gray (1890) y los jugosos intercambios dialécticos entre lord Henry y toda la cohorte de personajes que lo rodeaban, debiendo hacer especial mención al propio Dorian quien, seducido por las palabras del embaucador aristócrata, logró hacer de la desesperación ante la futura y aparentemente irremediable pérdida de su belleza física un pacto mefistofélico, dando rienda suelta a sus más bajos instintos durante décadas. Desmanes que, como ya saben los lectores, no hicieron mella alguna en su aspecto, pero sí en su alma. Fealdad de espíritu que solo quedaba reflejada en el retrato que el pobre Basil Hallwarth había hecho cuando el muchacho aun era inocente.
Con este primer amigo aguardando el momento de ser visitado, la segunda opción se hizo más que evidente. No podía negarme a la tentación de Stevenson y su reflexión sobre la muerte, la maldad y la dualidad. La transformación del respetado Henry Jekyll en el abyecto Mr. Hyde no se circunscribía solo a lo físico, sino también al resto de capas de su ser. Aunque esto no es del todo correcto, ya que ambos no eran sino fragmentos más o menos grandes de un mismo y desdichado individuo, atacado por las mismas dudas, deseos reprimidos o miedos cervales que el resto de los mortales que disfrutan de un mínimo de raciocinio e inteligencia. Los mortales que fueron, los que son y los que serán.
Robert L. Stevenson se hallaba en Samoa cuando le sobrevino la muerte. Habían transcurrido ocho años desde que El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde (1886) fuese publicado por primera vez. Poco podía imaginar el natural de Edimburgo que una súbita y fatal transformación desfiguraría su rostro y sería el síntoma más visible del estallido de un vaso sanguíneo que se llevaría por delante su vida en solo un par de horas. Impotente y aterrorizado, solo pudo preguntar a su mujer qué era aquello tan raro que le estaba cambiando su cara. Una caída de telón a la altura del creador de uno de los más apasionantes relatos de misterio de cuantos se hayan concebido. Uno que lo fiaba todo al estilo narrativo para tratar de suplir las posibles carencias que los más avezados podrían encontrar en los procesos externos e internos que operaban en el intercambio entre las dos mitades que pujaban por dominar el recipiente que solo uno podía pilotar. Stevenson no solo lo logró, sino que lo hizo de forma convincente, haciendo plausible lo que se antojaba una quimera.
Es mi intención profundizar más en este ejercicio de equilibrismo dual, una de las cuestiones que me han obsesionado durante mis actuales tres décadas y media de vida. Pero antes debo apelar de nuevo a la casualidad, o quizá a esos esquivos hados que juguetean con nuestros entrelazados destinos como si de juguetes se tratasen. Al igual que me había ocurrido con Wilde, nunca había posado mis ojos en nada escrito y dibujado por Hugo Pratt, error al que he puesto remedio recientemente con la lectura de La balada del mar salado (1967), arrebatadora historia en la que hacía su debut mi ya inseparable Corto Maltés. Al igual que me ha ocurrido con muchos otros personajes y sus respectivos padres, guionistas y dibujantes, el indefinible Corto ha llegado a mi vida un poco más tarde de lo que me hubiera gustado, pero lo ha hecho para quedarse. De ello no albergo duda alguna. En muy poco tiempo, he quedado convencido de que Pratt y Corto Maltés se entremezclaron de tal forma que es muy difícil separarlos, pese a la partida del primero. Aventureros y testigos ambos dos de innumerables injusticias a las que no siempre pudieron permanecer indiferentes, pese a que fuesen esos sus deseos iniciales. Los hermanos Groovesnore, Rasputín, Cráneo, el Monje y tantos otros nombres han quedado grabados a fuego en mi alma mientras abandonaba Marsella en dirección sureste, hace escasos cinco días.
Aquel arrebato por Corto no se quedó en aquella aventura primeriza, sino que se hizo acompañar de El día de Tarowean, donde Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero despejaban varias grandes incógnitas relativas a aquella primera e inesperada aparición del marino, atado a un madero en medio de ninguna parte, con la buena fortuna como única y deseada compañía. ¿O acaso se trataba de San Cesáreo de África, a quien debe encomendarse todo aquel que corre riesgo de ahogarse?
Muchas sorpresas aguardaban en ese tomo que sirve a la vez como ampliación de la mitología previa, prólogo y homenaje a la primera aventura de Corto creada por Pratt. Entre ellas, la nada velada importancia de la Sombra como parte de cada uno de nosotros. Tras rescatar de una prisión abandonada en el corazón de Tasmania al taciturno y desdichado Calaboose, Corto encaminó sus casi siempre caprichosos pasos hasta Serawak, un miniestado fundado por lord James Brooke en 1841 (siendo luego nombrado Rajá por el Sultán de Brunéi en 1842) y que para 1912, año en que se desarrolla la aventura, era regentado por los hermanos Bertram y Charles Vyner Brooke, quien sería el último Rajá blanco del estado. Tras un encontronazo con este último en un acto oficial, Corto y su nuevo acompañante (cuya trágica historia conmovería a cualquiera con un poco de empatía) fueron citados por Sylvia Leonora Brett, un verdadero dolor de cabeza para la Oficina Colonial Británica por su actitud ante las autoridades de su tierra natal, posteriormente conocida como “reina de los cazadores de cabezas” y esposa de Vyner, a un encuentro a la luz de la Luna. Solo bajo el amparo del satélite podía la mujer hacer aquello que le había enseñado un buen amigo suyo muy aficionado a las historias de sombras. Tanto era así, que esa amistad había escrito un relato sobre un niño que no deseaba crecer y que había perdido la suya. El proceso de obtención de ese retrato oculto era simple. A la luz de una suave llama, el oficiante recortaba en un papel negro la silueta de aquel cuya sombra pretendía capturar y exponer, debiendo su portador permanecer quieto mientras esto se hacía. Fue Calaboose quien dijo las palabras que emparentan El día de Tarowean con las ideas que estoy tratando de expresar.
“Todos llevamos una vida independiente de nuestra sombra. La dificultad estriba en diferenciar quién eres tú y quién es la sombra.”
La Sombra, en efecto, puede permanecer oculta a nuestra vista o ser solo avistada de reojo, pero siempre está ahí. Partiendo de nosotros mismos, su variable posición depende de factores externos. Pese a no contar con un componente biológico u orgánico dependiente de nosotros, cada cual es única en algún detalle. La trampa radica en que no es solo una contraparte oscura que parte de la luz que incide en nosotros, sino que se le ha dado muchos otros significados e interpretaciones. Desde la simbología a la psicología, sin olvidar la religión. No es momento para entrar en detalles ni para desgranar todas las posibilidades que ofrece la figura en cuestión. Si os parece bien, quedémonos con la idea de que puede ser la guardiana de los secretos más oscuros, los instintos más primitivos o de todo aquello que hemos pensado o querido hacer y ha sido desautorizado por nuestro “yo” más superficial.
¿Qué haríais si estuvieseis libres de ataduras? ¿Pondríais algún tipo de límite a vuestra conducta si no hubiese repercusiones de ningún tipo? Todos somos conscientes de que son cuestiones retóricas y que parten de un planteamiento hipotético e irrealizable en el marco de la mayor parte de las sociedades. Hay normas, códigos, políticas, leyes y tabúes que rigen las relaciones con uno mismo y con el otro, debiendo guardar el debido celo a la hora de no quebrantarlas si no se quiere ser juzgado. Al igual que hay una mayoría que respeta con mayor o menor celo estas convenciones sociales, hay quienes tienen menos reparos y llevan una vida mucho más destructiva en todas las direcciones, sirviéndose para ello de todos los mecanismos imaginables. No es ningún secreto que allá donde hay honestidad o bondad también están sus contrarios y tonalidades grisáceas. Ser de manera intrínseca bueno o malo (y es imposible que haya consensos definitivos en lo que engloban dichos adjetivos) no es lo más extendido, debiendo cada cual ser consciente de hasta qué punto puede y quiere acercarse a uno u otro lado. En dicha labor de autoregulación participan múltiples factores y eventualidades. Al final, todos debemos enfrentarnos a nuestra propia forma de entender el mundo, siendo conscientes de que somos capaces de lo mejor y lo peor. Porque todos podemos llevar una máscara que nos asemeje a Henry Jekyll, pero ocultar bajo ella a Hyde. Somos ambos, y puede que muchos más. La naturaleza humana es ambigua.
Aun no ha llegado mi momento de enfrentarme a la madurez y a la idea de que me queda poco para ser anciano. Pero sí que tengo los años suficientes para empezar a hacer balance de lo poco o mucho que he conseguido, tal como le ocurría al renombrado e inmortal químico descrito por Stevenson. Él, carcomido por todo aquello que llameaba en su interior y consideraba prohibido, ideó una forma de dar rienda suelta a su faceta más problemática sin que nadie le reconociese como autor de las tropelías. Su yo “original” no contaba con que Edward Hyde se haría cada vez más resistente y se revelaría ante la idea de tener que permanecer en segundo plano. Ambas facetas y personalidades acabaron por intercambiarse casi sin control, pues la fórmula que permitía ese prodigio presentaba problemas inesperados y no podía ser replicada de cualquier forma. Miedo, arrepentimiento y lástima fueron algunos de los sentimientos más recurrentes en el dúo durante sus últimos días de vida.
El anterior caso puede extrapolarse, con sus particulares matices, a lo que ocurría con Dorian Gray. Una vez obrado el prodigio que le permitió conservar la juventud sin mácula, dedicó muchos años a vivir sin límites morales, más allá de la apariencia asociada a su posición social y la consiguiente etiqueta. Alentado por lord Henry y su forma tan hedonista e individualista de entender el mundo, Dorian alcanzó a cultivar cierto gusto morboso por observar el cuadro pintado por su querido Basil y ver en él todos los defectos de su alma proyectados en la pintura. Los conocedores del relato sabrán de sobra que nada dura para siempre, como tampoco lo haría aquella indiferencia del retratado hacia todos los pecados cometidos.
Hay cosas que ni el peor de los hombres debería obviar para siempre, al igual que hay muchas formas de afrontar los propios errores. No comprendo los mecanismos mentales que subyacen en las mentes de aquellos que nunca se hacen responsables de sus actos. Temo reconocer que incluso hay ocasiones en que envidio esa capacidad que tan reprobable encuentro. Debería sentirme culpable por esto último, y lo hago. Pero hay determinados momentos en los que no puedo engañarme a mí mismo. ¿Me hace eso peor persona? ¿Os hace peores a vosotros si compartís esos pensamientos u os identificáis con ellos? Convivimos con nuestras múltiples facetas, siendo todas ellas piezas insustituibles e intransferibles. Dobles que no están fuera, sino dentro. Sombras con nuestros mismos rasgos, pero igual de visibles que nuestro reflejo en un espejo.
Félix Ruiz H.
Imagen de portada: Fernando Falcone.
Imágenes de Corto Maltés: Rubén Pellejero.





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