La casa en el confín del mundo: Martin Mystère y El Lovecraft Desconocido


 

Había en aquella agreste barrera un toque de misteriosa maldad… Algo en lo cual entraban simbolismos de un vago carácter psicológico, una mezcla de poesía y de puntura exóticas, con viejos mitos insertos en las páginas de libros prohibidos. También el ímpetu del viento tenía una fuerza especial de angulosa malignidad, una nota de repulsión complicada e indefinible, como una funesta impresión.


Los primeros números de Martin Mystère, el Investigador de lo Imposible, presentaron una serie de misterios en boga en los compases iniciales de los años ochenta. Mientras Alfredo Castelli, creador del personaje, aun intentaba definir los rasgos característicos de los personajes, tuvo la genial idea de meterlos de lleno en situaciones complejas y lugares extraños, rodeándolos de enigmas históricos e hipótesis hetedoroxas. Ese jugueteo con lo inverosímil, que tanto rédito sigue dando actualmente a periodistas, escritores, podcasters o youtubers especializados, se convirtió en el eje principal de la serie. Durante el verano de 1982, Martin y sus compañeros dieron con sus huesos en una casa muy particular de Providence. Una por la que el escritor más célebre de Rhode Island sintió especial predilección y que inspiró en su particular mente algunos de los relatos que le hicieron famoso tras su defunción en el mes de marzo de 1937.

Las primeras aventuras del antropólogo residente en el número 3 de Washington Mews (Nueva York) están resultando ser todo un descubrimiento para este asistente. Ello ha sido posible gracias a los ejemplares que Ediciones Zinco publicó por estos lares. Una primera aproximación a los personajes de la casa italiana Bonelli, que luego serían rescatados por Aleta Ediciones antes de pasar al ostracismo en suelo español. De esa primera andanada recupero hoy el arco argumental recopilado en los números 4 y 5 de la serie original, haciendo especial hincapié en el segundo de ellos, La casa en el confín del mundo (La Casa ai Confini del Mondo, agosto de 1982. Esa práctica de dividir historias entre dos números fue y sigue siendo muy habitual en la serie de Mystère, con Castelli como primer valedor. Era una manera tan válida como cualquier otra de diferenciar al personaje de otros de corte similar. Particularmente, no me resulta una molestia importante, pues a lo largo de los años han aparecido compilaciones de las historias más importantes en tomos de gran tamaño, que pueden conseguirse a través de Internet (en italiano casi todos ellos, por supuesto).

En efecto, el número 4 ya presentaba las primeras páginas de ese miniarco, en las que Castelli (con Angelo María Ricci a los lápices) narraba diversos casos de teletransportación típicos en cualquier libro sobre fenómenos paranormales. Se puso especial mimo en la leyenda del soldado español Gil Pérez, miembro de la Guardia Civil filipina, que trabajaba como guardia en el palacio del Gobernador General en Manila. En 1593, este hombre fue supuestamente teletransportado a la Plaza Mayor de la Ciudad de México, y hasta el día de hoy esta sigue siendo una de las narrativas pseudohistóricas más extendidas. No puedo negar que aun siento una irresistible atracción hacia lo que autores tan particulares como Charles Hoy Fort o Antonio Ribera denominaban “hechos, eventos o personajes condenados”, acontecimientos negados o tergiversados por la ciencia empirista por escapar a sus estándares comunes. Eventos que, como no podía ser de otra forma, también fueron recogidos en el best seller que hizo célebre a Mystère, su Atlas de lo Desconocido. Esos enigmas bizarros siguen siendo parte de mi vida de una forma u otra, aunque ahora los encare de una forma más liviana y desenfadada.

La policía le pidió ayuda al Detective de lo Imposible para resolver un misterioso caso de teletransportación ocurrido por esas fechas: tras cometer un asesinato en una casa de Providence, un hombre apareció inexplicablemente en la Grand Central Station de Nueva York. Una excusa perfecta para que Martin evitase tener una charla pendiente con la contradictoria Diana Lombard, quien reivindicaba su independencia y empoderamiento mientras criticaba la falta de compromiso de su pareja en la relación que ambos mantenían. No puedo pasar por alto lo mal escrito que está el personaje de Diana en esos primeros números, un debe en el estilo de Castello que con el tiempo y el desfile de nuevos guionistas fue subsanándose.

La presencia de Lovecraft sobrevolaba el relato en todo momento, con Providence como lugar de interés y ubicación de la respuesta al misterio planteado. El aspecto puramente convencional de la historia es la presencia de un asesino —un hombre que irrumpió en una casa a la que no debía, mató a un hombre al que no debía y entró por una puerta por la que jamás debería haber entrado, pues tras ella esperaba un portal dimensional digno de cualquiera de los escritos de horror cósmico del larguirucho Howard— y la presencia poco acertada de Diana.

Ni Castelli ni su personaje teorizaron sobre la teletransportación como posibilidad científica ni sobre lo sobrenatural dentro del universo “lovecraftiano” (etiqueta y calificativo que sigo considerando prostituido hasta la saciedad, pero que es un gancho en sí mismo), sino que fueron simples piezas usadas como parte de la investigación. Como consultor policial, Mystère ejerció por primer vez como consultor externo de la policía (La casa en el confín del mundo supuso el debut del inspector Travis, uno de los mejores amigos de Martin y un colaborador habitual en muchos de sus “mysterios”), debiendo observar los indicios e intentar comprender cómo algo fuera de lo común encajaba en esta dinámica. Por lo tanto, toda la acción se reduce a un juego en el que Martin intentaba encontrar respuestas y sufría las consecuencias de cruzar límites que no debería. Solo al final de la historia, cuando él, Java y Diana entraron por la "puerta prohibida", el tono del guion se elevó y emergió en las páginas una visión más refinada de estos temas.

Esa visión partía de ciertos hallazgos hechos en la propia casa, que albergaba una biblioteca llena de material en torno a la construcción de edificaciones con capacidades particulares. Allí había obras de Paracelso o Camille Flammarion, autores paradigmáticos de cualquier colección que se jacte de ser hetedoroxa. Partiendo del asesinato mencionado más arriba, del posterior viaje instantáneo del asesino y del contenido de los libros presentes en el despacho de la casa investigada, se planteó la existencia de diversos portales alrededor del mundo que podían transportar a una persona de un lugar a otro del globo. Yendo más allá, el tomo consignaba la posibilidad de que la arquitectura tenía la capacidad de albergar seres que no son de este mundo. La esquiva presencia de una suerte de sociedad secreta que quería mantener en secreto la existencia de dichos portales resultaba del todo innecesaria, pero Castelli la introdujo como otro factor más a tener en cuenta, pese a que no condujera a absolutamente nada.


Entre aquel revoltijo de libros de magia, alquimia o arquitectura, Mystère se topó con un ensayo sobre la figura de Howard Phillips Lovecraft, situado junto a sus obras completas. Ese ensayo ficticio, escrito por los desconocidos D. Towers y S. Foskie, respondía al título de El Lovecraft Desconocido y fue leído con suma atención por el investigador. No parecía ser un simple libro hecho por fans. Su sola presencia en aquel despacho, frente a la puerta blindada que impedía el paso a cualquier otra estancia de la casa, ya era un motivo de peso para ojear su interior. Ese detenido vistazo no defraudó en absoluto, a juzgar por los siguientes párrafos, que compartiremos a continuación.


Es sabido que los fragmentos incompletos de la obra de Lovecraft fueron recopilados por su editor, August Derleth, que los completó y publicó ordenadamente. Pero parece también comprobada la existencia de otros fragmentos de Lovecraft, conocidos solamente por sus poquísimos amigos íntimos, que el escritor guardó en un lugar secreto antes de morir. Dicha obra, según afirman personas que han querido guardar el anonimato, no es narrativa. En realidad se trata de un ensayo con el sugerente título de “Las perspectivas de lo imposible”.

Según Lovecraft, algunos lugares de la Tierra están unidos entre ellos por invisibles “hilos” de comunicaciones, que los convierten en algo parecido a una red de estaciones de radio. Solo que, desde esos lugares, es posible transmitir no únicamente ondas, sino materia… Seres vivientes.

Lovecraft afirma haber estado en uno de esos lugares. Una casa situada probablemente en Providence, desde donde fue “teletransportado” a otros lugares de la Tierra en España, Italia, Alemania… En otras tantas casas que ejercían funciones de “receptoras” y que eran una clase de lugares que los hombres de la antigüedad conservaban por tradiciones sagradas o malditas. Lovecraft habla de “puertas” especiales a través de las cuales ha visto o entrevisto otros mundos. Lugares densamente poblados de criaturas inimaginablemente malvadas, que él denomina “los antiguos”.

En los últimos años de vida, Lovecraft estuvo dominado por la idea obsesiva de descubrir el funcionamiento de esas estaciones. En una carta inédita a su amigo, el escritor Frank Belknap Long, cita una obra de Paracelso en la cual el científico enumeraba una serie de características que debía tener una casa para evitar o para cortar determinadas corrientes.

Según Lovecraft, existían ciertos materiales, proporciones geométricas y orientaciones que caracterizaban esas “estaciones malditas”. En sus últimos tiempos, ya roído por la locura, Lovecraft afirmaba haber llegado al fondo del secreto. Observando cierta casa, aquella a la que había sido “teletransportado”, comprendió el significado de ciertas proporciones, de ciertas elecciones de materiales. Escribió una interesante relación a este propósito, redactándola en un código de su invención para que el secreto no cayera en manos extrañas.


Un asesinato, un viaje imposible, una casa en Providence que obsesionó a Lovecraft y, finalmente, un código secreto que contenía el secreto tras las pesquisas del taciturno testigo del horror proveniente de los rincones más oscuros del espacio. Pese a las inconsistencias de la trama, algunas de las cuales ya he mencionado, La casa en el confín del mundo es un relato más que digno de Martin Mystère y un buen homenaje al ermitaño de Providence, que incluso “aparece” en un par de viñetas (el entrecomillado es debido al desafortunado retrato de Ricci para la ocasión, pues en nada se parece al retratado). Si los lectores gustan de las historias de Bonelli, relatos con toques “lovecraftianos” o pastiches sobre el bueno de Howie y su universo, aquí tienen un tomo muy apreciable.


Félix Ruiz H.




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