Jules de Grandin: La Casa de las Máscaras de Oro
“La máscara no estaba atada, sino cosida a su carne; se habían practicado dos orificios en cada oreja, uno en el lóbulo, el otro en el pabellón y, a través de las toscas heridas, unos finos alambres de oro habían sido introducidos y anudados en bucles.”
En la introducción del primer recopilatorio sobre el investigador francés (The Phantom Fighter, publicado por Arkham House en 1966), Seabury Quinn suscribió la idea de que Jules de Grandin fue una especie de guía para él en un momento de bloqueo creativo. Una opinión polémica para los profanos a la materia, pero que aparece de forma recurrente en las intrahistorias de muchos escritores y sus personajes más célebres. Algo de cierto debe tener todo esto, pues recordé su nombre súbitamente en una semana bastante relajada para mí en lo que a teclear se refiere. Tal es la influencia de alguien que lleva más de cien años pululando por la mente colectiva.
Estas fueron las palabras exactas que usó Quinn en “By Way of Explanation”, la introducción que mencioné antes:
“Una tarde, en la primavera de 1925, me encontraba en ese estado que todo escritor conoce y teme; le debía una historia a mi editor , y no se me ocurría ni una sola idea. De modo que, sin tener en mente nada especial, tomé mi pluma y… así, como suena… escribí de un tirón la primera historia de Jules de Grandin (…) Desde el principio, hasta su última historia, Jules de Grandin parecía decirme: “ Je suis present… ¡escríbeme! Quizás, al fin y al cabo, haya algo de cierto en la teoría socrática del daemon.”
De haber sido un personaje de alguno de los relatos que Seabury Quinn creó en torno al personaje (más de 90, incluyendo una novela corta), sería algún figurante de esos que pasan de puntillas por una escena sin importancia y que incluso carecen de nombre propio. Pero sí soy un lector que ha aprendido a apreciar una buena aventura. Incluso aquellas que tienen una pizca especial de crueldad, como la que traemos hoy.
Atesoro con especial mimo el segundo tomo que Los libros de Barsoom dedicó a las andanzas del detective afincado en Harrisonville, imán de acontecimientos luctuosos y de otros hechos de difícil explicación para los investigadores comunes. Así es que llegamos a la historia que dio nombre al tomo: The House of Golden Masks, publicada en junio de 1929 en su revista de cabecera habitual, Weird Tales.
El sargento detective Costello fue, como tantas otras veces, el enlace entre los dos doctores y un nuevo e intranquilo visitante. Everett Wilberbing se mostraba disconforme con un informe forense que señalaba algo que para las autoridades parecía evidente. Dicho informe dictaminaba que tanto Mazie Eaton como su hermana gemela Ewell (prometida de Wilderbing) se habían suicidado en los alrededores de Harrisonville tras estrellar su coche y arrojarse a las aguas cercanas a unas cataratas. El cuerpo de Mazie había sido recuperado de las aguas en un estado casi irreconocible, suerte no compartida por la gemela, en paradero desconocido hasta ese momento. Costello asistía al soliloquio del muchacho con resignación, pues suscribía la tesis oficial. Pero Jules de Grandin siempre remaba contracorriente y dio un voto de confianza al hombre.
Había lagunas evidentes en las hipótesis de las autoridades. Tantas como para que cualquiera con un mínimo de capacidad deductiva las enumerase de carrerilla. Daremos solo algunas de ellas. Según aseguraba Everett, ambas jóvenes disfrutaban de relaciones sentimentales estables y mostraban entusiasmo por sus futuros, por lo que carecían de motivos de peso para querer acabar con sus vidas. Por si fuera poco, estaba el asunto del coche y su distancia hasta el punto en que ambas hermanas supuestamente se lanzaron a una muerte segura. No había sangre en el vehículo siniestrado, cosa difícil de creer si se veían sus restos. La opinión pública debía creer que ambas gemelas caminaron sin una sola herida desde el lugar en que abandonaron el coche hasta el lugar en que se suicidaron. ¿Y por qué una de ellas se desnudaría durante aquella última travesía y la otra no?
Nuevas desapariciones dieron la razón a las sospechas del francés. En primer lugar, nuestros doctores supieron de otras tres jóvenes se desvanecieron tras haber asistido a una reunión de una hermandad de mujeres. Poco después, una trabajadora de una tienda desapareció tras acabar su jornada laboral. Seis casos en tan corto espacio de tiempo no eran ninguna casualidad. Alguien estaba dedicando su tiempo a asuntos perversos, y Jules de Grandin estaba decidido a atrapar al susodicho criminal.
Las rápidas pesquisas del incansable de Grandin siempre sorprendían a Trowbridge, que seguía sin concebir cómo era posible que su amigo pululase con tamaña rapidez y eficacia por Harrisonville. En el lapso de unas cuantas horas, fue capaz de demostrar que Mazie Eton estaba gravemente herida antes de caer al agua y que los captores de las féminas (pues eran varios) usaban arpilleras para envolver sus pies y minimizar así el sonido de sus pasos o las huellas rastreables.
Como ocurre con tantas otras investigaciones de este tipo, los astros se alinearon (por obra y gracia del escritor, por supuesto) para que ambos doctores se hallasen en el mismo restaurante en que tres tipos cuchicheaban sobre cierto lugar en el que se exhibían cosas asombrosas y estimulantes para cualquier adinerado con gustos por lo exótico y las emociones fuertes. Un sitio apartado y discreto que dos de ellos iban a enseñar al tercero. Un deux ex machina que aparecía antes de lo que suele ser común y que permitió a nuestros protagonistas y a unos cuantos agentes de la ley llegar hasta una casa de campo que parecía abandonada. Armados y preparados para cualquier contingencia, el grupo decidió que el francés y el pobre Trowbridge fueran la avanzadilla. Ambos tratarían de infiltrarse en la finca con discreción para sacar algo en claro, debiendo ser seguidos por los policías un par de horas después.
Desde ese punto en adelante, este caso se convierte en un caso prototípico de la weird menace. Aquella casa servía de base de operaciones para una banda de criminales con aspecto y atuendo orientales. Hindúes o de una procedencia parecida, miembros de un grupo numeroso con sede en otros países. Nunca nombrados con nombre propio, pero conocidos por el francés. Ellos raptaban a muchachas para someterlas a torturas y vejaciones antes de traficar con ellas y enviarlas a los lugares más peregrinos que puedan los lectores imaginar. Entretanto, las chicas debían actuar para los malnacidos que pagaban por asistir a aquellas perversas exhibiciones. Los doctores dieron con una de ellas poco después de adentrarse en el antro. No era otra que Ewell Eaton, la prometida de Everett Wilderbing. Como había ocurrido con el resto de las desgraciadas víctimas de aquel grupo de proxenetas, la muchacha había sido maltratada y cubría su rostro con una máscara de oro que ocultaba la mayor paste de su rostro. No era la máscara un simple adorno para las actuaciones que debían llevar a cabo contra su voluntad, sino una herramienta de tormento más.
Tres de los villanos capturaron a los doctores mientras atendían a Ewell. Un contratiempo que, como todos sabemos, no iba a impedir que Jules de Grandin saliese victorioso. Valiéndose de su ingenio (y de sus inquietos dientes), se libró de sus ataduras y salvó a su compañero. Con los policías aun fuera de la ecuación, los médicos debieron tirar de improvisación para ser testigos directos de una de las actuaciones que las secuestradas debían ejecutar mientras eran azotadas por el cabecilla de la banda. Incluso se vieron obligados a envolver sus humanidades en sendas armaduras metálicas, como si de caballeros medievales se tratasen, para poder pasar inadvertidos y deshacerse de alguno de los criminales.
El duelo final se libró delante del escenario, con un de Grandin sobrepasado por la desventaja numérica y un Trowbridge que poco podía hacer dadas sus escasas lotes para la lucha. Por suerte para ellos, los agentes apostados fuera de la casa decidieron entrar en acción. Sus carabinas hicieron el resto. Los criminales murieron, mientras que los pocos trajeados que asistían al ilegal espectáculo y no pudieron huir del lugar fueron capturados. Las mujeres fueron liberadas. Ewell Eton podría volver con su familia y hacer su vida junto a Everett.
¿Por qué, entonces, Mazie Eton no compartió el destino del resto de las mujeres secuestradas? Recordemos que ella fue, que sepamos, la única asesinada de aquella ola de secuestros. Ese último misterio fue despejado por Jules de Grandin antes del clímax del relato. Wilberbing señaló que la chica estaba casada en secreto con un amigo suyo, que nada tenía que ver con todo este feo asunto. Pues bien, la chica estaba embarazada. Una bendición que la hacía inapropiada para los intereses de los delincuentes, que se deshicieron de ella arrojándola a las aguas. Una víctima que el detective no pudo salvar, pero que no emborronaría su historial.
Félix Ruiz H.
Imágenes: reproducciones de las ilustraciones de Hugh Rankin para el relato The House of Golden Masks (Weird Tales, junio de 1929).



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