La Piedra Negra

Stregoicavar, recóndito pueblo húngaro en el que se recibía a pocos turistas, escondía un pasado terrible y una ventana a la locura que solo podía ser vislumbrada durante una noche muy concreta. Hasta allí viajaría John James Conrad en pos de rumores y relatos, siguiendo los pasos de un poeta cuya vida se truncó al visitar la zona. El epicentro de todo estaba en un monumento de edad incierta. Un monolito azabache, eje de un culto impío, que en las crónicas del ocultista Friedrich von Juntz recibía el nombre de la Piedra Negra.

El autor de Cross Plains y padre de personajes y criaturas de todo tipo y pelaje retorna a este rincón por la puerta grande. Para ello, volvemos a acudir a las páginas de La Piedra Negra y otras aventuras sobrenaturales de Kirowan, Conrad y O’Donnel, volumen de Los Libros de Barsoom que supone un deleite para bibliófilos y que cuenta con uno de los ciclos más esquivos de cuantos se pueden reunir sobre la obra de Howard. Entre sus páginas podemos encontrar a tres personajes con intereses comunes y conocimientos de lo oculto – en menor grado en el caso de O’Donnel, aunque algo debería haber aprendido en sus andaduras con los otros dos – que se enfrentan unidos o por separado a varias amenazas. En este viaje en concreto, seguiremos los pasos de John James Conrad, a pesar de que nunca se menciona su nombre dentro del propio relato. Sin embargo, tal como señala Javier Jiménez Barco en el estudio preliminar del citado volumen, se puede atribuir esta experiencia sobrenatural a Conrad debido a una mención tardía de la misma que el propio personaje hace en La casa en el robledal (The House in the Oaks, Dark Things, 1971).

La Piedra Negra (Weird Tales, noviembre de 1931) sería la segunda historia del ciclo de Kirowan, Conrad y O’Donnel en aparecer durante ese año, pues Los Hijos de la Noche (Children of the Night) hizo lo propio en el número conjunto de abril y mayo. Aquella historia tan alabada por H. P. Lovecraft presentó unas conexiones muy evidentes con los entonces incipientes Mitos – por ejemplo, el Necronomicón era mencionado de forma explícita – y sentó un precedente que tendría continuidad en más adelante, tomando ahora la forma de Friedrich von Juntz y sus Cultos sin nombre (Unaussprechlichen Kulten). Conrad tenía un ejemplar de la edición original de esta misteriosa obra, que vio la luz en la ciudad de Düsseldorf en 1839, y que contenía datos sobre el monumento perdido en suelo húngaro.

Contaba Conrad que la ópera magna de von Juntz fue escrita poco antes de que su autor muriese de forma horrible, con señales de garras en su cuello. Alexis Landau fue el infortunado que se topó con el finado, que estaba rodeado de restos de un manuscrito que escribía de forma febril en los días anteriores a su deceso. Digo que Landau tuvo mala suerte porque decidió recomponer y leer aquellos fragmentos, acciones que le llevaron a arrebatarse su propia vida. Son malos precedentes a la hora de estudiar la obra de un autor. Pero eso no iba a frenar a Conrad, quien centró su atención en la Piedra Negra.

El relato de Howard comenzaba con estas menciones al monolito halladas en distintas fuentes. Todas ellas, por supuesto, eran insuficientes para saciar su curiosidad sobre ese artefacto levantado en las cercanías de Stregoicavar. ¿Era un monumentos erigido por los hunos tras su victoria sobre los godos? No para von Juntz, que rechazaba tal hipótesis, insinuando que su antigüedad sería mucho mayor. Más interesante eran las parcas líneas dedicadas al tema por un autor apellidado Dornly, quien en sus Tradiciones y costumbres populares de los magiares escribió que “si alguien duerme en la proximidad del monolito, se verá perseguido par siempre por monstruosas pesadillas”. Los testimonios recabados por Dornly coincidían en una fecha en concreto: la noche del 24 de junio. La última pista digna de mención era aportada por Justin Geoffrey, un poeta que acabó sus días encerrado en un manicomio tras haber escrito un poema llamado El pueblo del monolito. Una pieza que fue creada durante un viaje a Hungría. Estaba claro que Conrad debería acudir al lugar para intentar sacar algo en claro sobre aquellas leyendas.

El recorrido del narrador por aquellas solitarias y extrañas tierras, encajonadas en un valle rodeado de montañas. El cochero que le transportaba a través del lugar compartió con el protagonista algunos datos sobre cierto campo de batalla donde un antiguo noble y caballero húngaro había tratado de resistir sin éxito lo embates de los turcos, que en el siglo XVI trataban de conquistar toda Europa oriental. Esta subtrama también tendría su peso en el relato, pues Conrad oyó hablar sobre la existencia de cierto rollo de pergamino perteneciente a uno de los caídos en la campaña que incluiría detalles escabrosos sobre el pasado del lugar y que estaría en manos del noble húngaro cuando este murió aplastado por un muro.

De una forma u otra, los turcos arrasaron con todos los habitantes de la zona, siendo posteriormente colonizada por unos vecinos sureños. Estos sentían animadversión hacia los anteriores habitantes del lugar debido a las continuas incursiones de estos en sus hogares, que tenían como objetivo raptar a mujeres y niños. Ataques que no respondían a motivos bélicos, sino a asuntos mucho más oscuros. Toda esa narrativa del “fuerte tronco eslavo-magiar” y su mezcla con una “degradada raza aborigen” que Conrad escuchó de labios del dueño de una taberna ofrece otro paralelismo nada casual con otros relatos contenidos dentro del cajón de sastre de los Mitos. La existencia de pueblos “paganos” y de su hibridación posterior fueron tomadas por Conrad como simples repeticiones del folklore de otros lugares. Adaptaciones de mitos fundacionales de pueblos como los pictos o los celtas. Aun con esas, nada terminaba de explicar el origen y la naturaleza de la Piedra Negra, aborrecida y temida por las gentes de la localidad. El propio narrador fue a observar el enigma con sus propios ojos.

La cima de las escarpas formaba una especie de meseta cubierta de denso bosque. Caminé por la espesura y en seguida llegué a un claro muy grande, y en el centro de ese claro se alzaba un descarnado monolito de piedra negra. Era de sección octogonal, y tendría unos cuatro o cinco metros de altura y metro y medio aproximadamente de diámetro. Se veía bien que había sido perfectamente pulimentado en su tiempo, pero ahora la superficie de la piedra mostraba numerosas mellas, como si se hubiesen llevado a cabo salvajes esfuerzos por demolerla. Pero los picos apenas habían conseguido desconcharla y mutilar los caracteres que la ornaban en espiral hasta arriba, en torno al fuste. Hasta una altura de dos metros y medio o poco más, las inscripciones estaban casi totalmente destruidas, de tal manera que resultaba muy difícil averiguar sus características. Más arriba se veían mucho mejor conservadas, y yo me las arregle para trepar por la columna y examinarlas de cerca.”

Una majestuosa construcción que estaba abandonada hacía mucho tiempo y que no sugería a Conrad parecido alguno con ningún otro monumento en el mundo. Aquella primera visita terminó con aquella simple e incrédula observación, a la que siguió una nueva toma de contacto con los habitantes del pueblo. Alguno de ellos había vivido experiencias desagradables junto al monolito, siendo presas de atroces visiones a las que siguieron pesadillas que les persiguieron desde entonces. Por norma general, casi nadie quería colaborar con el visitante. Solo el maestro de Stregoicavar hizo ademán de ayudar al ocultista, revelando tradiciones que daban al lugar el nombre de Xuthlan, hogar primigenio de un antiguo culto de la fertilidad que dio origen a las posteriores historias de brujería que recorrieron toda Europa. ¿Erigieron ellos la Piedra Negra? ¿O el monolito ya estaba allí y fue usado como eje de sus rituales?

Las fructíferas conversaciones con el maestro, un hombre que había pasado bastante tiempo fuera del pueblo y, por tanto, no era tan reacio como el resto de sus conciudadanos a compartir información, distrajeron a Conrad durante días. No se había percatado de la cercanía de la noche del 24 de junio hasta que llegó. Y, con ella, la oportunidad de comprobar de primera mano si había algo de cierto en los relatos que había leído en distintas crónicas y había escuchado entre temerosos susurros. El poeta Justin Geoffrey se volvió loco – o, mejor dicho, terminó de abrazar su incipiente locura – tras visitar Stregoicavar y pasar una noche junto al monumento. Estudiosos de lo oculto como von Juntz habían escrito sobre él. Ahora era el momento de John James Conrad de llegar hasta el fondo del asunto.

La visión de la Piedra Negra bañada por la escasa luz nocturna hizo caer a Conrad en una especie de trance hipnótico. Acabó durmiéndose frente a su objeto de estudio. Lo que sobrevendría supuso una dura prueba para su intelecto y su salud mental. Incapaz de moverse o de emitir sonido alguno, fue testigo de un ritual ancestral y malvado. Los cacofónicos cánticos, las danzas frenéticas, las vestiduras tribales, los ídolos salvajes, la sangre derramada… Todo como preludio de la aparición de una figura solo insinuada pero igualmente terrible. Una fantasmagoría en forma de bestia imposible, encaramada en lo alto del monolito.

Contemplé la hinchada y repulsiva silueta recortada contra la luz de la luna, y en el sitio en que una criatura normal hubiera tenido el rostro, vi sus tremendos ojos parpadeantes, en los que se reflejaba toda la lujuria, toda la insondable concupiscencia, la obscena crueldad y la perversidad monstruosa que han atemorizado a los hijos de los hombres desde que sus antepasados se ocultaban, ciegos y sin pelo, en las copas de los árboles. En aquellos ojos espantosos s reflejaban todas las cosas sacrílegas y todos los malignos secretos que duermen en las ciudades sumergidas, que se ocultan de la luz en las tinieblas de las cavernas primordiales. Y así, aquella cosa repulsiva que el sacrílego ritual de crueldad, de sadismo y de sangre había despertado del silencio de los cerros, parpadeaba y miraba de soslayo a sus brutales adoradores, que se arrastraban ante él en una repugnante humillación.

Ahora, el sacerdote disfrazado de bestia alzó a la débil muchachita maniatada y la mantuvo levantada con sus manos brutales ante el monolito. Y cuando aquella monstruosidad lujuriosa y babeante comenzó a succionar en su pecho, algo estalló en mi cerebro y me desvanecí.

Estos mínimos detalles son solo una pizca del horror vivido por Conrad. Aunque pudiese parecer que el relato acabaría con este clímax, aun restaba un epílogo en el que el narrador trató de atar algunos cabos sueltos. Sorprendido por encontrarse sano y salvo, Conrad regresó al pueblo y reflexionó durante días sobre el siguiente paso que debería dar. Fue así como recordó los eventos sobre los que había leído en las crónicas antiguas y que algunos lugareños aun recordaban más mal que bien. Quizá los invasores turcos – en concreto, el soldado y sabio al mando de aquel contingente – sabían más de lo que contaron sobre las costumbres y prácticas de aquellos que se reunían en torno al monolito. Y puede que fuese la razón principal por la que arrasaron todo el lugar. Solo había una forma de comprobarlo. ¿Conservaría el noble y caballero húngaro fallecido siglos atrás el pergamino obtenido del líder de los atacantes turcos?


Félix Ruiz H.

Imagen de portada: ilustración interior de Joseph Doolin.

 


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