La burla, adaptación de La mano disecada (Guy de Maupassant,1875)
“Tengo miedo de mí mismo, tengo miedo del miedo, pero, ante todo, tengo miedo de la espantosa confusión de mi espíritu, de mi razón, sobre la cual pierdo el dominio y a la cual turbia un miedo opaco y misterioso.”
La vida de Henri René Albert Guy de Maupassant basculó entre el puro deleite de los sentidos y el más absoluto de los terrores hacia sí mismo. Su vida temprana estuvo marcada por la difícil relación con su padre y por el deseo materno por situarle en una posición privilegiada. Estudios parisinos que acabaron en fracaso, un anodino trabajo como funcionario, un gusto sano por el deporte… hasta ahí, todo normal. Pero hubo dos eventualidades que lo diferenciaron del resto de mortales. Uno fue su relación de maestro y pupilo con Gustave Flaubert, que le abrió las puertas de la escena literaria francesa. El otro, la aparición en su vida de la sífilis, que destruiría su psique. Esta terrible enfermedad convirtió su vitalidad en amargura y su optimismo en pavor.
El añorado Rafael Llopis escribió en su imprescindible Historia natural de los cuentos de miedo que Maupassant no perteneció a ninguna tendencia de la literatura fantástica, naciendo sus relatos terroríficos en una etapa muy concreta de su vida. Antes de alcanzar su punto de quiebre, ya había destacado entre los literatos gracias a la mediación de Flaubert y de otras celebridades como Émile Zola. Pasada la treintena irrumpieron con fuerza los primeros síntomas del mal que daría al traste con su estabilidad mental: “Sus cuentos de miedo – El albergue, El miedo, Magnetismo, ¿Un loco?, La cabellera, La mano y, sobre todo, El Horla – expresan de algún modo la protesta desesperada de un hombre que siente cómo su razón se desintegra.”
Seguro que habría más de uno o dos “críticos” de nuevo cuño, de esos que tan en boga están en las redes sociales, que tratarían de hacer ese inaguantable ejercicio de presentismo con Maupassant y comparar sus circunstancias con las de otros autores más actuales. Como siempre, sería un error garrafal. Si bien el terror sentido y trabajado por el francés tiene gran vigencia y fuerza en la actualidad (por aquello de los padecimientos mentales, que no paran de acaparar titulares mientras siguen siendo ignorados por los grandes poderes políticos y económicos), tanto en el cine como en la literatura, era una rara avis en pleno siglo XIX. Esa es una de las razones que le hicieron único e inclasificable en su propio círculo y por méritos propios. El desánimo y pavor que sentía hacia los males que le sobrevendrían espoleaban su imaginación, siendo aun así insuficientes para exorcizarlos. Trató sin éxito de acabar con su propia vida antes de que la muerte le alcanzase, por fin, en 1893.
“- Verán -dijo mi amigo-. Vendían hace unos días los cachivaches de un viejo brujo, muy conocido en la comarca; todos los sábados iba a su aquelarre montado en su palo de escoba, practicaba la magia blanca y la magia negra, hacía que las vacas diesen leche azul y las obligaba a llevar la cola igual que el compañero de San Antonio. Lo cierto es que aquel tunante sentía gran apego hacia esta mano; aseguraba que había pertenecido a un célebre criminal que fue ajusticiado el año mil setecientos treinta y seis, por haber tirado de cabeza a un pozo a su mujer legítima, en lo cual no creo que anduviese descaminado; después ahorcó del campanario de la iglesia al cura que los casó. Realizada esta doble hazaña, se lanzó a correr mundo, y durante su carrera, corta pero bien aprovechada, desvalijó a doce viajeros; asfixió, ahumándolos, a una veintena de frailes, y convirtió un monasterio de religiosas en un harem.”
En este punto, puede que algún lector atento ya haya caído en la cuenta de que algo no cuadra en esta entrada y es que, en efecto, la principal razón está en que la cita anterior no se corresponde a ningún cuento titulado La burla (que ni tan siquiera existe como tal en su forma escrita) sino que pertenece al que, según he buscado en varias fuentes, fue el primer cuento de Maupassant: La mano disecada (Almanach lorrain de Pont-à-Mousson, 1875). El relato corto venía firmado por Joseph Prunier, uno de los pseudónimos usado por Maupassant. Apellido que, por cierto, jamás volvería a ser usado y que el francés usaba en su grupo de remeros.
Entre las fuentes consultadas para escribir estos párrafos se encuentra el espacio radiofónico Miedo, emitido en Radio Nacional de España en los años ochenta y que ya ha aparecido en el blog. El 12 de abril de 1987 se emitió una adaptación libre del cuento de Maupassant, adaptado por José Antonio Valverde. Aquel guion trasladaba la acción a la actualidad de aquel momento y daba un origen distinto a la mano y más contexto a los ataques que el miembro amputado – encantado o animado por una voluntad asesina, no se sabe a ciencia cierta – protagonizó.
El protagonista del guion radiofónico era Louis, un tipo interesado en lo oculto que deseaba agradar a su grupo de amigos, entregados en cuerpo y alma a los estudios y a otras actividades un poco más peligrosas. El consumo de alcohol y marihuana, sobre todo. Todos tenían al protagonista como un tipo raro, aburrido, más interesado en agradar a los demás que en ser espontáneo. Era el típico miembro del grupo que siempre estaba presente pero nunca destacaba en nada, más allá de ser el blanco favorito de las burlas del resto. Todo estaba a punto de cambiar gracias a un robo desafortunado.
Preparó a conciencia su puesta en escena. Lo tenía todo previsto y medido. Su actitud, su aspecto y sus reacciones. Lo que no había previsto era que aquel robo iba a suponer un peligro tan grande. Lo vivió en sus propias carnes y lo quiso compartir con sus amigos. Llegó tarde a la reunión. Ni siquiera las risotadas de sus amigos le hicieron reaccionar. El ambiente se enrareció cuando todos cayeron en la cuenta de que el recién llegado guardaba un bulto en su gabardina, el mismo que cayó al suelo tras un forcejeo desafortunado. Era una mano velluda y ennegrecida, con dedos crispados. Una mano gigantesca que heló la sangre del grupo al completo.
La mano fue, en efecto robada. Formaba parte de los efectos personales del viejo doctor Jean-Paul Priuré, quien la usó en sus clases de anatomía durante más de tres décadas. Según pudo averiguar el protagonista gracias a los documentos archivados en el despacho del doctor, el miembro en cuestión perteneció a un ajusticiado en el siglo XIX, del cual se repartieron todos sus miembros justo después de su muerte. El condenado era un asesino llamado Samuel, quien primero estranguló a su mujer, siendo su siguiente víctima el desdichado amante de la esposa, que quedó lapidado en un pozo. Varias aldeas normandas sufrieron la locura insaciable del tal Samuel, que se cobró más de una docena de vidas, todas ellas por estrangulamiento. Tenía especial predilección por jovencitas a las que creía adúlteras. Los documentos de Priuré recogían otra versión de la historia, según la cual el tal Samuel fue condenado injustamente, convirtiéndose tras su muerte en una especie de espíritu vengativo que agarraba con fuerza descomunal el cuello de los incautos que subestimasen la amenaza que suponía su mano disecada.
¿Qué más decían los archivos del doctor? Al parecer, la mano que los amigos observaban con horror fue obtenida por un nigromante que comerció con ella hasta que llegó a manos del Priuré, ya jubilado. Era de suponer que no la iba a echar de menos, sobre todo si se tenían en mente que era la mano de un psicópata homicida que continuaba deseando sangre tanto tiempo después. ¿Cómo podía saber todo eso el protagonista del relato? Pues porque él mismo había sido atacado por aquella enorme mano, desafiando las creencias de todos aquellos estudiantes de medicina de la Universidad de La Sorbona.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Nadie en su sano juicio podría creer aquel fantástico relato de terror, que a buen seguro había sido creado por el último en llegar. Eso merecía un aplauso, tras el cual regresaron las burlas. El chico logró su objetivo inicial, pero se desanimó al caer en la cuenta de que los demás no le tomaron en serio. Todo fue real. El robo, los archivos, el ataque… Pero no tenía pruebas.
La noche terminó, dando paso al noticiario de la mañana. Uno de los presentes en la fiesta donde la mano fue exhibida escuchaba con atención la última hora. La presentadora se hizo eco de la muerte en extrañas circunstancias del viejo profesor Priuré, que presentaba signos de estrangulamiento. A pesar de todo, la causa última de la muerte no fue un infarto. Los amigos del protagonista acudieron en tropel al teléfono, queriendo dar con él a toda prisa. Extrañado, el estudiante comprobó que la mano no estaba en el lugar donde la dejó tras la fiesta. No podían acudir a las autoridades, pues todos serían sospechosos del caso. Reunidos todos de nuevo, decidieron guardar silencio mientras pensaban qué hacer. Aunque una misma pregunta golpeaba a todos por igual. ¿Dónde estaba la mano?
Ya pueden imaginar los lectores lo que sobrevendría a continuación. Al igual que ocurría en el cuento de Maupassant, esta versión también hizo uso del miembro cercenado como foco de la paranoia. El miedo se adueñó de los estudiantes, que eran molestados a horas intempestivas sin que pudieran ver al culpable. Nada comparable al ataque directo que sufriría Louis, que tuvo que ser auxiliado por Pierre.
La mano quiso acabar con otra vida, pero fue dominada y guardada a buen recaudo. Tras aquella tentativa, su ira homicida pareció desaparecer de golpe. Era el momento propicio para deshacerse de ella para siempre. Una tarea que llevaría a cabo el protagonista, que llevaría el miembro hasta el cementerio donde reposaban los restos mortales de su supuesto propietario original.
El proceso cambió a Louis, que descuidó sus estudios para dedicarse por completo a desentrañar los secretos que aun pudiera guardar la mano. De esa forma, descubrió que el doctor Priuré era el hijo del juez que envió a Samuel a la guillotina. Por si fuera poco, descubrió que Samuel nunca fue enterrado, sino dilapidado por partes. Eso explicaba los documentos presentes en su despacho, parte de los cuales habrían sido parte de la herencia paterna. ¿El juicio fue amañado, tal como se insinuaba en aquellos legajos? Fuese cierto o no, lo más importante era viajar hasta el lugar de autos y facilitar la reunión de la mano junto a los demás restos mortales del condenado un siglo atrás.
Mientras este viaje se producía, Pierre oyó golpes en la puerta de su apartamento, no atreviéndose a abrirla. Lo mismo ocurrió con el resto de presentes en la primera fiesta, residentes todos del mismo apartamento. Ellos sí que reunieron el valor necesario para ver qué o quién había tras la puerta de su casa. Cuando comprobaron que estaba solos, llamaron a Pierre, que fue quien peor trató a la mano en la velada donde conocieron su macabra leyenda. El joven no cogió el teléfono, lo que hizo encender todas las alarmas.
Era hora de acudir a la gendarmería más cercana y contar a las autoridades todo lo que habían vivido durante las últimas semanas. Su relato era inconexo e hilarante, pero el terror de sus rostros logró que un par de agentes acudiesen a casa de Pierre. Ante el silencio que siguió a sus reclamos, forzaron la entrada. El estudiante de medicina estaba en el suelo, irremediablemente muerto mientras se aferraba a una mano cercenada que aun se aferraba con fuerza inusitada a su cuello. El rictus de terror de Pierre era testimonio suficiente. Ninguno de los implicados cayó en la cuenta de que la mano asesina de Pierre no era la misma que Louis robó del despacho del doctor Priuré.
Nada se supo de Louis desde aquel día. Ni una carta, ni una llamada telefónica, ni el testimonio de cualquier vecino del pueblo al que se dirigía cuando aconteció la tragedia. Era como si la tierra se lo hubiera tragado. O puede que fuese asesinado por la mano izquierda de Samuel, cuya mano derecha ya se había llevado por delante la vida de Pierre.
El resto de sus amigos tendrían que vivir el resto de sus vidas esperando la venganza de Samuel o una visita de ultratumba del obsesivo Louis, a quien no creyeron hasta que fue demasiado tarde...
Félix Ruiz H.
La burla. Adaptación de La mano disecada (RNE)
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