Mutaciones y malformaciones: el inicio de la locura del doctor Spencer Black
Estoy enfrascado en cuerpo y alma en el estudio de la anatomía. Denkel me ayuda en esta labor, a pesar de que otros profesores han descrito mis esfuerzos como “intereses innecesarios e infructuosos sobre las mutaciones del cuerpo”.[…] Todos damos por sentado el milagro de la vida, pero yo siento el máximo interés por comprender los defectos que pueden torcerlo.
El diario del una vez aclamado doctor Spencer Black supone un desafío a la lógica y un testimonio irrefutable de lo extrema que puede ser una obsesión. Defendiendo sus particulares ideales hasta las últimas consecuencias, Black hipotecó su precoz prestigio en la defensa de hipótesis peregrinas sobre la evolución humana. Una línea de pensamiento que provocó la total defenestración de su imagen pública y, lo que es peor, el dolor apenas vislumbrado de sus seres más queridos. Su diario y varios extractos de las notas de su hermano Bernard dan fe de una trayectoria fascinante a la par que siniestra.
La vida de este científico loco creado por E. B. Hudspeth, cuyo libro fue publicado por Ediciones Minotauro en 2024, estuvo ligada desde su mismo inicio a la medicina y a la muerte. Gregory, su padre, era un afamado cirujano en Boston. Por su parte Meredith, su madre, murió dándole a luz en 1851. Esa luctuosa efeméride marcaría las infancias de Spencer y su hermano mayor, quienes fueron criados por un padre frío y con una insana curiosidad científica que le llevaba a sacar cadáveres frescos de sus lugares de sepultura. Aquella familia mal avenida dedicó muchas noches a la macabra práctica del resurreccionismo.
Cuando hablamos de “resurreccionismo” nos referimos al fenómeno social y cultural que engloba el movimiento de saqueo y venta de restos mortales, aunque es necesario distinguir dos tipos de agentes diferentes que formaban parte del juego. Los ladrones de cuerpos (entre ellos algunos asesinos) y traficantes eran los conocidos como sak-‘em-up men (saqueadores). Por otra parte, los propios resurreccionistas eran aquellos hombres de ciencia que se hacían con los cadáveres. Ellos, los médicos, forenses, maestros y demás personas afines a estas actividades eran los resurrection men, los resurreccionistas como tal. La imagen social que se tenía de ambos grupos era bastante dispar. Los considerados como peligrosos eran los primeros, mientras los segundos eran en cierta forma comprendidos y se justificaban sus acciones como algo necesario para el progreso de la sociedad. Pero había casos, como el del ficticio señor Gregory Black, en que él mismo era saqueador y resurreccionista al mismo tiempo.
Los registros sobre esta actividad datan de principios del siglo XVI. Hasta aquel momento, sólo se permitía la disección de animales, que por mucho que se quisiera, no servía para dar a conocer los misterios de la anatomía humana. Tuvo que llegar el rey escocés Jacobo IV para que se permitiera usar cadáveres humanos. En este caso, de criminales ajusticiados. En el año 1506, el monarca permitió a la Compañía de Barberos-Cirujanos diseccionar a cuatro ajusticiados. Sería únicamente una primera piedra de toque en una práctica que fue introduciéndose paulatinamente en la sociedad. No hubo de pasar demasiado tiempo para que el Parlamento Británico aprobara la disección de condenados de forma oficial. Fue en 1542 y el número permitido fue igualmente el de cuatro. En 1564, la reina Isabel I estipuló oficialmente la cifra anterior. Como era de esperar, poco después este número se quedó muy corto, tanto que se creó una necesidad donde antes no la había. Los resurreccionistas camparon por suelo angloparlante hasta bien entrado el siglo XIX, cuando comenzó a desaparecer el movimiento, al menos en suelo inglés. En 1829 se promulgó un proyecto de ley contra la exhumación ilegal y de regulación de las escuelas de anatomía, que se convirtió en ley oficialmente en 1832 con el nombre de Acta de Anatomía. Aquello dio al traste casi por completo con las actividades de estos grupos y sus compradores, aunque obviamente continuaron dándose casos de vez en cuando. Prueba de ello es el caso que aquí nos reúne, acaecido en la segunda mitad de aquella centuria.
Aquellas correrías nocturnas dejaron una profunda huella en Spencer, que temía más a su propio padre que a las posibles consecuencias futuras de sus actos, ya fuera ante los ojos de los hombres como a los del propio Dios. Las continuas excavaciones en cementerios y robos de cuerpos de todo tipo ayudaron a que el joven Spencer viese aquellos restos malolientes como poco más que simples envases vacíos, desprovistos ya de cualquier atisbo de humanidad. Al mismo tiempo, la frialdad científica heredada de su padre llevó al futuro doctor a plantearse multitud de preguntas sobre la condición humana, creyendo que su camino había sido escrito por el destino o por manos divinas.
El año 1869 marcó el inicio del diario de Spencer Black. Para entonces, ya cursaba el segundo año de Medicina en Filadelfia, donde se trasladó desde Boston tras la muerte de Gregory. Mientras Bernard se interesaba más por las Ciencias Naturales, Spencer volcó todos sus esfuerzos en los estudios anatómicos. Una de las figuras más influyentes en su vida fue Joseph Warren Denkel, emigrante escocés que estudió en Boston bajo la tutela de Gregory Black. Denkel trabajó como cirujano durante la Guerra de Secesión, donde realizó centenares de amputaciones, muchas de las cuales desembocaron en muertes por septicemia. En Filadelfia se le tenía por un profesor carismático y de carácter jocoso, haciendo buenas migas con el inteligente y serio Spencer, un estudiante prodigio.
Durante su primer año en aquella facultad, el chico comenzó a investigar las mutaciones del cuerpo. En concreto, las anormalidades físicas que se manifestaban de formas drásticas, únicas e incluso mortales. Algo que no era nada sencillo debido a diversos factores, como la edad de los pacientes (que solían morir jóvenes) o sus ocultamiento por parte de sus familias.
Mientras trataba de que la comunidad científica tomase en serio estos primeros estudios marginales (pues eran menos importantes que las prácticas quirúrgicas en general o los métodos para aplicar anestesias en particular), Spencer comenzó a cultivar sus dotes como dibujante, elaborando sus primeras ilustraciones para otros investigadores. Ese don para el dibujo sería fundamental para comprender su futura obsesión por la taxidermia y las combinaciones imposibles entre humanos y animales. Así, por ejemplo, reflexionaba el entonces prometedor estudiante sobre la composición física.
“Un hombre camina, habla, ataca y para. Hace todas estas cosas maravillosas. Y, aun así, hay quien nace incapaz de intentar siquiera cualquiera de ellas. No puedo asumir que vaya a descubrir la causa por la que pueden nacer niños sin brazos o con el cuerpo fusionado, o cómo es posible que puedan salir más dedos en las manos y los pies, o ninguno en absoluto. ¿Por qué existen la forma humana tal como es? ¿Por qué no otra disposición? En cuanto consiga comprenderlo, podré avanzar. Debo comprender por que han de ser cinco los dedos para descubrir la razón por la que a veces son seis.
Todas la cuestiones relativas a la capacidad de la naturaleza de desviarse me perturban profundamente. Nunca he creído en la existencia de un plan de Dios o de la naturaleza, solo en el mantenimiento de determinadas leyes, una de las cuales es la de la función. He luchado por asimilar la falibilidad de este organismo perfecto: nuestro cuerpo. ¿Cómo es posible que el cuerpo, diseñado para realizar una tarea concreta, mute y abandone su función si no es para cumplir otra? He aquí unos principios fundamentales que no se pueden descartar con palabras bárbaras como «deforme» o «enfermo» tras un mero vistazo. No basta con afirmar que un objeto está averiado para otorgarle el beneficio de una nueva identidad. Así que ahora debo emprender el examen del origen mismo de mi desconcierto: ¿por qué puede mutar un cuerpo?”
En la primavera de 1870, Spencer Black inició un programa quirúrgico muy especial en la Facultad de Medicina de la Universidad de Filadelfia, dedicado al estudio de los defectos de nacimiento operables. Un programa que supuso un hito al ser el primer de su género. Su objetivo fundamental era ayudar a personas con deformidades y encontrar formas de prevenirlas en futuros nacimientos. Denkel fue el supervisor del programa, al que se unió el médico Joab A. Holace, famoso por sus investigaciones sobre siameses. La facultad autorizó el uso de una sala de operaciones propia para este programa, lugar que sería conocido en adelante como pabellón C. Estaba equipado con tecnología de vanguardia y contaba con mucho espacio y aun más privacidad. Algo que Black agradeció profundamente, pues pudo trabajar sin apenas intromisiones por parte del organismo educativo. Allí se llevó a cabo con éxito una primera operación en junio de ese mismo año a una paciente con ectrofactilia (pinza de langosta). El equipo probó luego con una paciente con polidactilia (pues presentaba un segundo brazo derecho parasitario unido al natural) con igual éxito. Estas primeras intervenciones catapultaron la fama de Black.
En otoño, el audaz muchacho publicó un artículo muy controvertido con ayuda de Denken, titulado El humano perfecto. En él, Black aseguraba que la humanidad es meramente la suma de sus partes evolutivas. Bajo su punto de vista, la humanidad era fruto de un proceso de “montaje” dilatado en el tiempo, en el que se habían añadido piezas y se habían eliminado otras. Esta hipótesis subrayaba el hecho de que las mutaciones no eran accidentes, sino intentos por parte del cuerpo de volver a desarrollar lo que ya tuvo hace miles de años. Era, por así decirlo, la solución al dilema de la teratología. Por ende, Black defendía que muchas de las razas que se conocían gracias a la mitología serían especies reales que alguna vez existieron en nuestro planeta. Añadía además que, en algunos casos, se manifestaban rasgos vestigiales de esas criaturas en rasgos latentes. O sea, en mutaciones genéticas.
Estas ideas chocaron frontalmente con las de Holace, su compañero del pabellón C, con quien en el futuro mantendría una relación estrecha y basculante entre el máximo respeto profesional y el más agrio de los rencores. Pero esos acontecimientos aun estarían por llegar. Al igual que las incursiones más terribles de Spencer en los terrenos de la taxidermia y de la creación de híbridos imposibles. Aun habrían de llegar los terribles y secretos sufrimientos de la pobre Elise Black o el advenimiento del Hombre Insomne, que respondía al nombre de Alphonse Black. Los miembros de su propia familia serían las más susurradas y terribles creaciones de un hombre que quiso desafiar a la naturaleza, aunque para ello debiese traspasar todos los límites imaginables de la ética y la moral.
Félix Ruiz H.



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