Lote nº 249

 

Pocas sensaciones hay más desasosegantes que saberse observado por algo o alguien que no desea ser descubierto. El más mínimo movimiento quiebra los nervios, desata las palpitaciones y enciende todas las alarmas. El antinatural silencio se antoja insoportable, heraldo de un potencial peligro que puede emerger de cualquier rincón. La incertidumbre nubla el juicio. ¿Qué hacer? ¿Dónde buscar ayuda? Lo peor de todo es que hay ocasiones en las que no hay un sospechoso o detonante lógico. El objeto más peregrino que se pueda imaginar puede ser el que suscite una manía persecutoria que quizá sea más real de lo que parece a simple vista. Incluso una momia decrépita depositada hace milenios en un ataúd y enclavada en unas habitaciones de una prestigiosa universidad.

El maestro Conan Doyle abarcó muchos tropos literarios, más allá de las inmortales aventuras del detective más famoso de la historia. Entre ellos, los relatos de misterio y relativos a lo sobrenatural, que dieron fe de los numerosos intereses del autor. Algunos ejemplos de ello se dieron cita en Historias del Crepúsculo y lo Desconocido, volumen que El Club Diógenes de Valdemar ha editado varias veces a lo largo de los años. Teniendo en mi posesión la tercera de esas impresiones, regreso a sus páginas para traer al blog Lote n° 249, la crónica de una serie de eventos siniestros firmada por Abercrombie Smith, un estudiante de medicina de Oxford que tuvo la desgracia de residir en el mismo edificio que un lingüista obsesionado con la egiptología.

No pretendo aburrir a los lectores con un resumen pormenorizado de una historia que a buen seguro la mayoría conoce de sobra. Más bien, esta entrada pretende poner el foco en algunas de las cuestiones que quedan sujeta a debate o interpretación a partir de la publicación de la historia en la revista estadounidense Harper’s Monthly Magazine en septiembre de 1892. Un ejercicio especulativo que espero que resulte ameno a quienes decidan pasar unos minutos en este rincón.

Centrémonos, en primer lugar, en la convivencia de los tres residentes de la antigua torre de la Universidad de Oxford en la que tenía lugar el prodigio de la momia egipcia que era animada de tarde en tarde. El sirviente Thomas Styles – testigo indirecto de ciertos fenómenos – se afanaba en colmar las necesidades de los tres residentes que por entonces ocupaban las tres plantas del edificio. William Monkhouse Lee y Edward Bellingham ocupaban el bajo y la primera planta, respectivamente. Ambos compartían una amistad y la promesa de un futuro lazo familiar, pues Bellingham se había prometido con la hermana de Lee. Doyle no brindó detalles sobre cómo o en qué circunstancias se produjo dicho compromiso entre el estudiante de lingüística y la hermana de Lee, quien parece provenir de una familia de una familia muy tradicional y de firmes convicciones religiosas. Bellingham era, a tenor de los comentarios que corrían por el lugar, un tipo de mundo, Muy inteligente, capaz de hablar con soltura varias lenguas y de relacionarse con gentes de lugares exóticos. Pero, a todas luces, muy diferente a la supuesta relación ideal que podría buscar la joven señorita Lee.

¿Había camaradería entre los dos compañeros de residencia? Ambos residían en dicho edificio desde, al menos, un año antes de la primera crisis nerviosa sufrida por Edward que fue atestiguada por Abercrombie Smith. Las posteriores discusiones entre ambos denotan cierta confianza. La suficiente, al menos, para que Edward revelase a Lee los oscuro secretos que permitían que la momia fuera capaz de levantarse. Este último quedaría escandalizado ante lo que oyó. Hasta el punto de asegurar que haría todo lo posible para romper el compromiso de su hermana con su vecino, pese a continuar guardando con celo el secreto que acababa de descubrir.


La tercera pata de la mesa era el propio Abercrombie Smith, estudiante de medicina que se hospedó en las estancias de la planta superior de la susodicha torre. En un principio, no albergaba interés alguno en relacionarse con los otros dos residentes, pero sentía cierto alivio al comprobar que no era el único noctámbulo del lugar. Bellingham se afanaba en sus estudios tanto o más que él, aunque los rumores que llegaba a sus oídos retrataban a un ser despreciable más allá de su físico poco agraciado. Todo el relato giraría en torno a las declaraciones que entregó al doctor Plumptree Peterson, quien accedió a firmar su testimonio a pesar de lo rocambolesco que le resultaba al depositario.

En el relato de Doyle se incentivó cierto rechazo hacia Bellingham por su apariencia descuidada. Descrito como un joven con un llamativo sobrepeso, sus logros intelectuales no parecían ayudarle a ser respetado entre sus compañeros estudiantes. Al menos, entre aquellos que se movían en los círculos que frecuentaba Abercrombie Smith, muchachos fornidos y deportistas de alto rendimiento. Jephro Hastie, otro testigo indirecto de algunos de los ataques de la momia, era uno de ellos. Él fue el primero en advertir a Smith sobre la inconveniencia de relacionarse con su vecino, que era percibido como alguien problemático y dado a las broncas. Prueba de ello fue el encontronazo que tuvo con Long Norton, otro estudiante que salió en defensa de una señora mayor cuando esta fue apartada de un camino en mal estado por el rollizo Bellingham. Un acto con la suficiente importancia para etiquetar a Edward como complicado.

No se sabe a ciencia cierta cuándo comenzaron los experimentos de Bellingham con el contenido del lote 249. Por la propia boca de Edward, Smith supo que lo adquirió un par de años antes de que se produjera el primer encuentro entre los tres personajes en las habitaciones del lingüista. Allí, el estudiante de medicina pudo constatar la excentricidad de su vecino, que poseía multitud de objetos dignos de un museo. Piezas, muchas de ellas, que difícilmente estaban al alcance de un estudiante promedio.

¿Por qué se interesó Edward en aquel lote en concreto? Es posible que tuviera cierta noción de su importancia, o que sospechase que albergaba algo extraordinario. Lo único que sabemos a ciencia cierta es que el lote incluía la momia que luego protagonizaría una serie de ataques en los alrededores. También debía incluir algún tipo de documento escrito que permitiese obrar el prodigio de animar a un muerto. La primera crisis nerviosa de Edward que Monkhouse Lee pudo constatar por sí mismo tuvo lugar un año antes de que Smith acudiese a ayudarlos en aquella noche. Es razonable que el éxito progresivo de Bellingham en sus intentonas fuesen a la vez culpables de sus síncopes nerviosos. No es para menos. No todos los días se aprendía una fórmula milenaria para reanimar un cadáver momificado.


Yendo un paso más allá, se podría debatir sobre el contenido real de los documentos que fueron quemados por Abercrombie Smith en su último encuentro con Edward Bellingham. Esa jerigonza ancestral no solo permitiría que el cadáver embalsamado pudiese moverse, sino que obedeciese a la voluntad del conjurador. Por si fuera poco, dotaba al putrefacto espécimen de una agilidad y rapidez impropias de algo en este estado. Movido por el rencor o el deseo de venganza, Edward azuzó a la momia a sus enemigos declarados. Long Norton, Monkhouse Lee, Abercrombie Smith. Todos ellos perseguidos por los caminos anexos a la universidad. Por suerte, ninguno de esos ataques – que las autoridades achacaban a una suerte de mono furibundo – se saldó con víctimas mortales. Una suerte que quizá no se hubiese perpetuado si los ataques se hubiesen dilatado en el tiempo. Ni la eminente egiptóloga Evelyn Carnahan logró que el sacerdote Imhotep fuese tan dócil cuando leyó el Libro de los Muertos en la maravillosa película de Stephen Sommers de 1999. Aunque, personalmente, albergo una duda razonable al respecto. ¿El control que Bellingham ejercía sobre la momia era tan absoluto como parecía? Hay indicios en el texto que apuntan al no. Me explico.

Los distintos incidentes ocurridos en la torre y sus alrededores fueron construidos en torno a la percepción. Susurros, sonidos, figuras observadas por el rabillo de ojo o golpes de origen desconocido. La momia nunca fue observada en todo su esplendor ni vista a plena luz del día por ninguna de sus víctimas, que solo pudieron dar fe de la presencia en el atacante de unos brazos largos, provistos de unos dedos tan afilados como garras. Thomas Styles, quien estaba a cargo de los tres residentes de la torre, también participó de los recelos del cada vez menos escéptico Smith. En una conversación mantenida entre ambos, el viejo sirviente dijo que pudo oír sonidos extraños en el lugar, provenientes de las habitaciones de Smith y del descansillo de la planta intermedia. Smith también pudo sentir la presencia de la momia, sin que Bellingham estuviese presente en sus habitaciones. Por ejemplo, justo antes de saber que Lee fue arrojado a las aguas de las que fue rescatado milagrosamente. En este sentido, hay un momento concreto que parece decantar la balanza hacia esta posibilidad. Fue el propio Smith quien vio a un asustadizo Edward en el rellano de su planta, susurrando algo a una figura que estaba fuera de su campo de visión. Esa figura no podía ser otra que la momia, que se aventuraba fuera de su ataúd en momentos inapropiados para su dueño.

¿Quién era la momia del lote 249? Pocas pistas se ofrecen al respecto. Por palabras de su último propietario conocido, el método de embalsamamiento del cuerpo delataba su procedencia noble. Era alguien de una casta privilegiada, cuyo cuerpo fue tratado con mimo. Por la densidad de sus huesos, se infiere que poseía un tamaño y fortaleza fuera de lo común. Una presencia amenazante que continuaba vigente, miles de años después de abandonar este mundo por primera vez. ¿Podría tratarse de un antiguo sacerdote, depositario de una sabiduría fuera del alcance del codicioso Edward? ¿Qué habría pasado si Smith no hubiese obligado a Bellingham a calcinar los despojos de aquel ser? Preguntas que quedarán sin respuesta, por desgracia.

Os dejo con algunas ilustraciones hechas para algunas de las ediciones del relato. Os espero e el siguiente post, que será el número doscientos del blog. Una cifra especial, sin duda. Gracias de nuevo a todos aquellos que habéis dedicado una parte de vuestro tiempo en leer alguno de los textos.

Félix Ruiz H.


Imágenes

- Portada y segunda ilustración obras de William T. Smedley para Harper's Monthly Magazine.

- Tercera ilustración: Antoine-Marie Raynolt para La Lecture. Diciembre de 1898.

- Ilustración final:  Martin Van Maële para la Société d'Édition et de Publications, 1906.

Enlace de interés: The Arthur Conan Doyle Encyclopedia. Lote Nº 249


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