Los payasos rituales en La última fiesta de Arlequín: una introducción


 

Dije antes que los residentes normales de la ciudad tratan a los del gueto, y en particular a sus payasos, con cierta superstición. Sin embargo, es algo más que eso: hay miedo, quizás odio… la clase de odio que produce algún poderoso recuerdo irracional.


Treinta y seis años. Es el tiempo que he tardado en leer algo de Thomas Ligotti (Detroit, Michigan, julio de 1953). Son los mismos años que separan el presente 2026 de la publicación original del relato que me trae hoy aquí y que vio la luz en The Magazine of Fantasy & Science Fiction en 1990. La espera ha merecido la pena, pues se trata de un canto a la creación literaria de un ambiente en creciente tensión y abiertamente hostil. Un misterio con múltiples caras que vamos a tratar de desentrañar desde un punto de vista muy particular.

Desconozco si La última fiesta de Arlequín ha aparecido en España lejos del amparo de Valdemar. Si hemos de hacer caso al portal web de Tercera Fundación – y no seré yo quien desconfíe de su labor – el relato de Ligotti ha aparecido en solo dos ocasiones. La primera de ellas fue en Grimscribe. Vidas y obras (2015), que reunió trece piezas de aquel que es denominado como sucesor directo de Edgar Allan Poe y Howard Phillips Lovecraft. La segunda fue en El Ceremonial. Antología de relatos de Folk Horror, volumen que fue lanzado en el pasado 2025 y que me encuentro leyendo en estos momentos. Este volumen de El Club Diógenes pone el foco en las supersticiones y creencias ancestrales, la brujería, los demonios, los seres mitológicos o los entornos aislados. Casi todos esos elementos tienen peso en ese homenaje sin paliativos a la figura de Lovecraft, que el autor clama a los cuatro vientos sin ningún pudor.

No voy a sacar a colación las cacareadas semejanzas entre los estilos de ambos escritores, pues es algo de sobra conocido. Una rápida búsqueda de información lo hace constatable para cualquiera. En mi caso, no me considero un interlocutor indicado para hablar en profundidad sobre el estilo de Ligotti. Al compartir en redes sociales unas rápidas impresiones sobre el relato contenido en El Ceremonial recibí múltiples sugerencias sobre otros relatos del autor que podrían resultarme interesantes. Un guante que recogeré en el futuro. Hasta entonces, rodearemos con color rojo un pequeño y apartado punto de Nueva Inglaterra.

Allí acudirá un entusiasta antropólogo con un fanatismo de lo más peculiar hacia los payasos. De haberse escrito durante la pasada década, casi podríamos hablar de coulrofilia, aunque sin llegar al extremo de la atracción sexual. Desde luego, es un campo de estudio muy específico pero con una tradición mucho más rica de lo que muchos podrían presuponer. Miles de años de historia amparan a personajes que podrían ser etiquetados bajo este paraguas terminológico. Desde la Quinta dinastía egipcia hasta el entretenimiento moderno, pasando por la Commedia dell’Arte italiana o su salto a la cultura popular de manos de personajes como Ronald McDonald o Art The Clown, el atractivo antropológico del payaso es indudable.

En dicha ciencia, ese término se ha extendido a muchos tipos de personajes diferentes del típico bufón de las cortes europeas de la Edad Media o de los artistas circenses de la Norteamérica de los siglos XIX y XX. De hecho, hubo sociedades en los que los payasos tuvieron posiciones de poder y privilegio. E incluso capacidades y potestad dentro de las facetas religiosas y ritualísticas de diversos grupos. ¿Acaso conocía Ligotti la naturaleza de los payasos rituales? Tal parece ser el caso, como veremos más adelante.



Nuestro particular antropólogo mencionaba a lo largo del relato algunos ejemplos de esta variante de la figura arquetípica. Ahí está el caso de los payasos tribales de indios Hopi – o Tsukuwimkya, como se les llama –, que eran fundamentales en la cultura de este pueblo, pues atesoraban conocimientos profundos sobre el equilibrio social y las costumbres de sus paisanos, a los que aleccionaban mediante acciones contrarias a los usos comunes entre ellos. Además, ejercían como mediadores entre los Kachinas o espíritus ancestrales y la propia humanidad. Facetas que el narrador conocía a la perfección desde su etapa estudiantil en Cambridge, marcada por la presencia de un profesor excepcional.

El doctor Raymond Thoss es otra de las figuras fundamentales del relato. Catedrático de Antropología en Cambridge durante la juventud del narrador, sus últimos estudios antes de su jubilación supondrían el catalizador de todos los eventos posteriores. A él dedica el protagonista varios párrafos llenos de recuerdos y elogios. Descrito como alguien con una personalidad arrolladora e influyente, o como un “superantropólogo” por su capacidad para involucrarse en situaciones de lo más peregrinas, acabó su carrera académica de la forma más ambigua posible.

Veinte años antes del inicio de los acontecimientos narrados por su alumno, escribió un artículo cuyo título da nombre al relato de Ligotti. En él había una serie de informaciones inconexas y aparentemente superficiales, pero con el atractivo suficiente para llamar la atención de su antiguo pupilo. Fue un antiguo compañero del narrador quien le hizo llegar el estudio en cuestión, una suerte de borrador preliminar de un futuro estudio que nunca vio la luz.

Entre las vagas referencias ofrecidas por el doctor Thoss en su artículo sobre la última Fiesta del Arlequín aparecían dos con una miga particular. Una aludía al Gusano Vencedor de Poe, el poema del bostoniano que fue publicado en 1843 en las páginas de la revista Graham’s Magazine. Thoss usó el nombre del poema a modo de epígrafe, desconocedor por aquel entonces de la literalidad que tendría en el entramado. Otra relacionaba al festival celebrado en un pequeño pueblo de Nueva Inglaterra con las Saturnales, origen de la Navidad celebrada por el cristianismo. Según el doctor, la festividad que trataba de estudiar tendría elementos similares a aquellas celebraciones romanas, pero no parecía poseer evidencias certeras al no haber podido participar activamente en la misma y no tener testimonios de primera mano. Por si fuera poco, Thoss escribió sobre ciertos místicos sirios que creían que la humanidad había sido creada por ángeles. Estos no disponían de las herramientas necesarias para crear seres que caminasen erguidos, por lo que hubieron de esperar a que interviniese una entidad denominada como Supremo Desconocido.

Este batiburrillo suponía un reto para nuestro antropólogo, cuyo primer paso fue intentar tener una prueba real de la existencia de dicha festividad en Nueva Inglaterra. Sin embargo, las bibliotecas universitarias no arrojaron resultados concluyentes. Lejos de desanimarse, y en su búsqueda incesante de “Festividades de los Locos” (que incluían la participación de payasos), el antropólogo hizo una primera visita al lugar señalado por su antiguo profesor. Un emplazamiento que se convierte por méritos propios en el verdadero protagonista de La última fiesta de Arlequín.

Mirocaw era una entelequia en sí misma. Sus ciudadanos eran americanos del Medio Oeste, descendientes de algún grupo de colonos de Nueva Inglaterra. Fundada con el nombre de New Colstead, las crónicas consultadas por el antropólogo recogían que desde un principio se celebraba en el lugar cierto evento “soez e insensible” que excluía los usos corrientes de la Navidad. ¿Sería una fiesta importada desde Nueva Inglaterra? Thoss especulaba con la idea de que proviniese incluso de Europa o algún lugar de Oriente, como si aquel estado norteamericano fuese un crisol cultural fuera de cualquier espacio geográfico o marco temporal.

El propio camino que llevaba hasta la localidad parecía ser un trayecto laberíntico y complicado, pensado para evitar la llegada de curiosos. La descripción del lugar ofrecida por el narrador reforzaba esta idea de rompecabezas, con una disposición urbanística inusual.

Había otros misterios relacionados a Mirocaw que Raymond Thoss mencionaba brevemente en su estudio preliminar de su festival y que su alumno aventajado debería tener muy en cuenta si quería llegar al fondo del asunto. Consultando fuentes secundarias como los números pasados de un periódico local, el antropólogo fanático de los payasos supo que el evento en cuestión se celebraba entre el 19 y el 21 de diciembre (de ahí su posible relación con las Saturnales), fechas usuales para este tipo de cosas. Lo curioso es que las fechas inmediatamente posteriores a la fiesta de Arlequín eran proclives a ser elegidas por suicidas para acabar con sus vidas. Era una tendencia que se había mantenido en el tiempo y que tenía como epicentro un lago que se ubicaba en los alrededores de la localidad. Las autoridades lo achacaban a un trastorno afectivo estacional, una depresión recurrente que se vinculaba a la llegada del invierno y que el propio narrador sufría desde su etapa universitaria. Se hablaba de casos de desaparición sin resolver.

Centrándonos en los habitantes de Mirocaw, muchos de ellos eran reacios a compartir cualquier tipo de información sobre su fiesta anual. Ni tan siquiera los funcionarios del ayuntamiento se prestaban a colaborar de forma activa con nuestro estudioso. Las gentes con las que se cruzó durante su primera visita actuaban de forma extraña y taciturna. Con movimientos apáticos y miradas vacías, los posibles informadores parecían ignorar de forma deliberada al visitante. Lejos de la calle principal, y en dirección hacia la zona deprimida del pueblo, esas sensaciones se acentuaban de forma exponencial. Uno de ellos se parecía de forma sospechosa a un avejentado Raymond Thoss.

Decidido a llegar al fondo del asunto y luchando contra su depresión estival, el narrador decidió compartir sus intenciones con la institución universitaria para la que trabajaba. Acudiría a Mirocaw antes del inicio de su fiesta invernal para tratar de obtener datos, y de paso trataría de ser parte de los festejos. Llegando de nuevo por la zona pobre de la ciudad, volvió a ser testigo de la extraña actitud de los pueblerinos de esas calles.

Tras hospedarse en el hotel local, cuyo dueño era el marido de una de las desaparecidas mencionadas en las crónicas periodísticas de hacía dos décadas, el estudioso creyó haberse topado con su antiguo profesor en medio de la calle. Trató de alcanzarle, pero este se movía con una soltura impropia de alguien de su edad. Por si fuera poco, los propios vecinos de Mirocaw parecían apoyar su huida, apartándose del camino del viejo Thoss e impidiendo que el narrador recortase distancias respecto a él. La persecución acabó, como no podía ser de otra forma, en un restaurante de la zona deprimida, en la que un grupo de personas de formas tan particulares como las descritas más arriba reaccionaron de forma aparentemente hostil, demorando el posible reencuentro.

Las primeras impresiones del antropólogo – y todos sus descubrimientos posteriores – fueron consignados en un diario de campo, en el que pronto aparecerían los primeros y sorpresivos apuntes sobre las fiestas de Mirocaw. Para deleite suyo, las calles principales del pueblo eran engalanadas de forma casi excesiva de intenso y artificial verde. La gente bailaba, reía y bebía. Y, entre ellos, los payasos hicieron acto de presencia.

Payasos vestidos de vivos colores pululaban entre los transeúntes, quienes ejercían cierta violencia sobre ellos. Entiéndase violencia como simple ritualística en la que estos eran zarandeados y en cierta forma ridiculizados por el resto del pueblo, pero sin llegar a muestras excesivas de fuerza u otras humillaciones.

¿Recuerdan los lectores aquello de los payasos rituales? En Mirocaw convivían dos tipos diferentes de estos personajes. Unos eran los anteriormente descritos, que eran aceptados socialmente por el resto de conciudadanos y participaban activamente en el festival. Pero había otros, que se vestían con harapos y portaban máscaras oscuras que parecían imitar a las distintas figuras pintadas por Edvard Much. Estos últimos paseaban despacio y sin hacer ningún gesto digno de mención. Eran entidades aparentemente invisibles para el resto de personas, casi como espectros expuestos a la realidad material. Pero estaban físicamente presentes, no había duda. ¿Existían dos fiestas paralelas? ¿Una era más antigua que la otra? ¿O acaso el despliegue de color y ruido servía para exorcizar una práctica que no era del agrado de una parte del pueblo?

Este era otro de los grandes contrastes de Miroclaw. Las dicotomías aparecían por doquier, siendo especialmente visibles durante la Fiesta de Arlequín. Riqueza y pobreza; colores vivos y apagados; jolgorio y apatía. Todo parecía girar alrededor de la zona humilde del pueblo y de aquellos payasos oscuros.

Mientras las fiestas seguían su curso con desfiles y con la elección de una Reina de Invierno – deudora de ancestrales cultos a la fertilidad –, el estudioso trataba de acercarse a algunos ociosos del lugar para sacar algo en claro sobre el papel de los distintos payasos rituales. Sin embargo, todo el mundo parecía ignorar el origen de sus costumbres. Todo era parte de la tradición y siempre había sido así. Aunque había quienes elegían participar activamente como los payasos coloridos, su papel último había sido olvidado.

En cuanto a los otros, el silencio era muy sospechoso. Se percibía cierto odio deliberado y supersticioso, pero eran meras elucubraciones del narrador, que estaba bastante más cerca de la verdad de lo que pensaba. Había una narrativa de fondo y actores que desempeñaban distintos roles, pero el puzle no podría verse en conjunto hasta que se hiciese trabajo de campo a la antigua usanza. Es decir, infiltrarse en el grupo de payasos oscuros.

Eventualmente, el antropólogo acabaría huyendo despavorido del escondite de un culto antiguo y atroz, dirigido por una figura familiar y capaz de lograr que la mención al Gusano Vencedor fuese mucho más que un simple epígrafe dentro de un artículo académico. Pero, para saber la verdad, lo mejor es que leáis el clímax vosotros mismos.

Él es uno de nosotros – dijo –. Siempre ha sido uno de nosotros.


Félix Ruiz H.


Enlaces de interés:

Ficha de Thomas Ligotti en The Internet Speculative Fiction Database

Ficha de La última fiesta de Arlequín en Tercera Fundación

Ficha de Grimscribe. Vidas y obras en la web de Valdemar

Ficha de El Ceremonial. Antología de relatos de Folk Horror en la web de Valdemar











Comentarios

Archivos populares

Arthur Gordon Pym y La Esfinge de los hielos

La Hermandad Oscura

De Vermis Mysteriis y el mal de Jerusalem´s Lot