Batman: Vampiro

 

Hay una serie de características comunes a la gran mayoría de versiones del Caballero Oscuro. Inteligencia superior, una asombrosa capacidad analítica, habilidades de combate que le convierten en un enemigo temible, gran capacidad de adaptación e improvisación… Una de las que más suele salir a colación en coloquios o debates es la autoimposición de respetar la vida por encima de cualquier otra consideración. El mantra suele resumirse en el axioma “Batman no mata”. Pero, ¿qué ocurriría si la parte racional del héroe desapareciese? ¿Y si en él primase la sed de sangre de un vampiro?

El impactante final de Batman & Drácula: Lluvia Roja estableció un nuevo rol para el murciélago enmascarado, quien dejó atrás su identidad humana. Bruce Wayne yacía enterrado tras la destrucción de su lujosa mansión, mientras Alfred Pennyworth adecentaba una nueva base de operaciones en el centro de Gotham. Ya no había necesidad de contar con una batcueva, sino con un cubil en el que depositar el ataúd en el que durante las horas de Sol yacía la nueva leyenda de la ciudad.

Tres años después de aquel impactante clímax, el equipo creativo de la primera aventura se reuniría de nuevo para dar continuidad a ese episodio del sello Elsewordls. El resultado fue Batman: Tormenta de Sangre (Batman: Bloodstorm, 1994), en el que la voluntad del nuevo y más poderoso no muerto del mundo sería puesta al límite. El guion de Doug Moench continuó dentro de unos parámetros coherentes con las reglas ya establecidas en la historia anterior. La ciudad continuaba inmersa en un marco de decadencia y presa de la contaminante lluvia roja. Ante la aparente caída de Batman, las mafias habían tomado las calles, creyéndose impunes ante los insuficientes esfuerzos del cuerpo de policía. La plaga vampírica, por su parte, había menguado pero no había sido erradicada del todo. Aun perduraban unos cuantos chupasangres, que se habían librado de las trampas preparadas por Batman y los Otros. Estos últimos depredadores sobrevivían sin líder y sin otro objetivo que cubrir sus necesidades alimenticias, que aun se centraban en los más desfavorecidos. En ese contexto apareció una nueva e inquietante figura, que sobrevolaba los cielos nocturnos con implacable determinación. Sin las ataduras propias de la vida y sus consiguientes obligaciones, aquel que una vez fue Bruce Wayne era libre para desatar su ira contra los malvados sin miedo a ser herido en el proceso. Solo había una barrera que no deseaba rebasar. La sangre humana que se negaba a probar era lo único que le separaba de la barbarie.


Este Batman animalesco era un tanto más impulsivo y mucho más agresivo que el anterior. Su poder no dejaba de aumentar conforme pasaban las semanas. Pese a necesitar el sueño diurno, su fiereza alcanzaba su máxima expresión por las noches, cuando daba muestras de cierta inestabilidad mental. Algo muy lógico, teniendo en cuenta que su único alimento era el suero creado por Tanya. Un placebo que le había funcionado a ella y a los suyos, pero que resultaba insuficiente para calmar el hambre y sed primarios de aquel que fue capaz de derrotar a Drácula. Esa creciente necesidad devendría primero en frustración, luego en ira y finalmente en desesperación. Atrapado entre la espada y la pared, el solitario hombre murciélago se aferraba a su cada vez más escasa fuerza de voluntad mientras era tentado por la presencia de cualquiera que tuviese un corazón bombeante.

Dos fuerzas opuestas estaban a punto de hacer estallar un nuevo conflicto en el que Batman tendría que decidir entre salvar la ciudad o salvaguardar lo poco que le quedaba de alma. Una de esas fuerzas estaría encarnada por Selina Kyle, quien tuvo la mala fortuna de cruzarse con uno de los vampiros supervivientes del último nido de Drácula. Ella, sin embargo, no fue mordida por el monstruo en su forma común, sino cuando este cabalgaba a toda velocidad en forma lupina. Este hecho provocó una transformación inaudita en Selina, quien adoptó la forma de su animal totémico: un felino gigantesco que buscaba venganza cuando la luna se alzaba. Una vez que Batman hubo descubierto a aquella poderosa aliada, consultó a Ariane (la experta de lo oculto presentada en el tomo anterior) las posibles implicaciones de la existencia de seres así y las opciones de que ella se convirtiera en su tabla de salvación.

Batman resistía a duras penas la tentación de alimentarse de sus enemigos, sabedor de que el suero que Tanya tardó siglos en patentar se estaba haciendo inútil a pasos agigantados. Una vez que apuñalaba y decapitaba a los recién atacados y convertidos en vampiros, huía a toda velocidad de las escenas del crimen, pues la llamada de la sangre era casi ineludible. De alguna forma, pensaba que una presencia femenina apaciguaría su pesar y ya no tenía a Tanya para consolarle. Selina vino a rellenar ese vacío, convirtiéndose en palabras de consuelo, abrazos eternos y cariño correspondido. Ambos encontraron el uno en el otro a un igual, que entendía que bajo un exterior grotesco había alguien que merecía amor y comprensión. Llegaron incluso a convertirse en compañeros de armas, tratando de erradicar de raíz la plaga de Gotham.


Ese mal, empero, estaba cimentado de forma férrea. Era una realidad preexistente a la llegada de Drácula y que resurgió tras la desaparición del Señor Oscuro. Las familias mafiosas de la ciudad se aprovecharon de la debilitada posición de las autoridades para redoblar sus esfuerzos y recuperar terreno. No contaban con que el humano más indigno del lugar iba a impulsar una guerra de bandas que acabaría con todos ellos amparados bajo el mismo paraguas y portando los mismos y afilados colmillos. El Jóker buscó a los hijos de Drácula y les propuso un plan ambicioso. Sabía que estos estaba descabezados y desorganizados. Bastaron unas pocas palabras y la promesa de un río de sangre para que hicieran suya la loca causa del payaso. Los días de alimentarse de los pobres habían terminado. Era la hora de apuntar más alto y ser los dueños de Gotham. Cuando ese objetivo estuviese superado, extenderían sus hilos a todo el mundo. Pero no penséis que la némesis de Batman deseaba suplantar a Drácula, ni mucho menos. No quería contar con las debilidades de los vampiros. Sus sibilinas artes y terribles intenciones iban más allá del simple anhelo de poder o inmortalidad.

La inevitable colisión entre estas fuerzas resultaría definitiva para el destino de Batman. La inesperada muerte de Selina, que dio su vida para evitar que una flecha disparada por el Jóker atravesase el corazón de su compañero, hizo que el hombre murciélago perdiese toda esperanza de conservar un ápice de humanidad. Con todo perdido, le partió el cuello a su sonriente enemigo para luego beber su sangre sucia y contaminada con todo lo malo que una persona podía guardar en su interior. El mal había vencido, pese a retorcerse en agónicos estertores. Fue el punto de ruptura definitivo para Batman, cuya pureza se esfumó en un segundo. La oscuridad se hizo una con él, convirtiéndose así en todo lo que juró destruir.

Gordon y Alfred tendrían que hacer valer la promesa que le hicieron a su amigo cuando este veía de cerca el clímax que acaba de ser narrado. Con la aprobación y connivencia de Batman, ambos empuñaron la estaca que ataría a Batman a su ataúd y a una falsa muerte que se antojaba un castigo peor que cualquier otro tormento. Tanto el policía como el mayordomo pensaron que era piadoso no cercenar la cabeza de aquel vampiro, pero era todo lo contrario.


Llegamos así a la última parte de la trilogía, aparecida un lustro después de Tormenta de Sangre. Batman: Niebla Carmesí (Batman: Crimson Mist, 1999) supuso un cierre algo irregular en lo argumental pero brillante en lo artístico, gracias a un Kelley Jones desatado y excelso a la hora de plasmar la monstruosidad. Si su estilo ya era marcado antes, en las páginas de este tercer relato fue llevado hasta su máxima expresión. Haciendo justicia a Moench, hay que decir que su guion tuvo buena parte de culpa de que su compinche brillase con luz propia. Para ello, trajo consigo a una buena cantidad de los villanos clásicos que actuaban en Gotham, a cada cual más pintoresco en los lápices de Jones. El Espantapájaros, el Pingüino, Poison Ivy, Máscara Negra o Enigma fueron algunos de ellos. Pero quienes más peso tuvieron en la historia fueron Killer Croc y Harvey Dent/Dos Caras. Los dos formaron una alianza ante la plaga definitiva, la Niebla Carmesí que se colaba en cada tugurio o rincón y dejaba tras de sí cadáveres destruidos y sangre a raudales. Como podéis imaginar, esa figura pesadillesca no era otra que el Batman corrupto, liberado por Alfred para que hiciese un último servicio para la ciudad que un día protegió con justicia y valores.


La paulatina deformación de la apariencia de Batman solo puede ser observada en todo su esplendor si se lee la trilogía en su conjunto, y eso mismo he hecho yo varias veces antes de escribir esta serie de textos. En Lluvia Roja se pudo ver a un enmascarado que parecía sacado de un cuento gótico, con su capa interminable y sus orejas puntiagudas y enormes. Un guerrero imponente que abrazaba las sombras como el elemento natural en el que desenvolverse. Una vez convertido en ser alado, esa idea fue un paso más allá. Con un volumen aun mayor y libre de cualquier elemento tecnológico de apoyo, el Caballero Oscuro estaba listo para desatar el verdadero terror entre sus enemigos. Tormenta de Sangre presentó a un enmascarado animalesco, que por momentos parecía moverse como un roedor mientras luchaba por conservar parte de su menguante humanidad. Jones dotó de bestialidad a las principales figuras del segundo relato, jugando incluso con un Jóker humano pero con dientes afilados y encías inacabables. Lo cierto es que se guardó lo mejor para el final. Todos los villanos tienen un momento de brillantez, con diseños rompedores y muy en consonancia con el estilo de su dibujante. Pero fue con el protagonista con quien Jones echó el resto. Es en Niebla Carmesí donde he encontrado al Batman más terrible de cuantos he visto a lo largo de mi vida. Primero, como un cadáver putrefacto y reducido a poco más que huesos. Una vez devuelto a su no vida, como una criatura sedienta de sangre, capaz de hacer muecas imposibles mientras sus enormes ojos inyectados en sangre congelaban los corazones de aquellos que estaban en su presencia. Casi se podía oler esa inenarrable degradación, que no se ceñía solo al plano físico. Amenazador, implacable, cruel o sanguinario son solo algunos de los primeros calificativos que me vienen a la mente. Pero podría extenderme durante varias líneas más.


El título de la obra no fue casual. Ya no estamos ante una caricatura carnavalesca, sino ante una entidad sobrenatural que dejaba un horror indecible tras de sí. Casi todos los villanos de la ciudad fueron aniquilados sin paliativos, con ensañamiento. Incluso aquellos que permanecían recluidos en una institución mental que iba a perder su razón de ser en medio de un torbellino de locura y cabezas cortadas. Mientras tanto, Gordon y Alfred caían en la cuenta del terrible error que habían cometido. El inesperado pacto con el otrora fiscal Dent fue obligatorio. Abrazar la barbarie para encontrar la última redención.

El duelo definitivo tendría lugar bajo los restos de la antaño opulenta mansión Wayne. Allá donde Bruce Wayne perdió su antigua vida y donde aceptaría una última y terrible ofrenda. Un final por todo lo alto para una epopeya descorazonadora, Como pocas se hayan concebido. Si no habéis accedido a ella, este es un momento propicio. Batman ha sufrido muchas caídas y casi siempre se ha levantado. Pero esta en concreto fue tan absoluta que no se puede permanecer indiferente ante ella.


Félix Ruiz H. 




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