Batman & Drácula: Lluvia Roja



La noche siempre ha sido mi elemento, pero nunca me he sentido más cerca de ella, más cómodo en sus ásperos pliegues sin fin. Es como si el mismo sueño me hubiera dado energía, como si el alma de la noche se hubiese fundido con mi propia alma, convirtiéndome en un pedazo de oscuridad hecho vida.

En sus más de ocho décadas de vida, el Caballero Oscuro de Gotham ha tenido tiempo de enfrentar todo tipo de vicisitudes, desde las amenazas más mundanas a otras de corte universal y cósmico. Era solo cuestión de tiempo que alguien se atreviese a plantear un cara a cara con el vampiro más famoso de la literatura. Pero esta colisión no resultó ser una simple batalla, sino un descenso paulatino del detective murciélago hasta el más profundo de los abismos. Una oscuridad que le rodeaba por todas partes y que acabó por consumirle por completo.

La unión de dos o más personajes provenientes de universos literarios distintos no resulta ninguna novedad. Los ha habido y sigue habiendo de todo tipo, tornándose en un recurso recurrente para sacar partido de la fama de alguno de ellos, tender puentes entre lectores de distinto corte o para responder a la típica pregunta de “¿qué pasaría si…?”. El propio Batman ha protagonizado multitud de esos crossovers que a la postre han resultado muy interesantes. Siento especial predilección por aquel que le unió a Dylan Dog y que la extinta ECC Ediciones publicó en España. Tomo que acabará llegando al blog en algún momento. Pero ha habido un poco de todo en este sentido. Cruces con personajes de Marvel como Spider-Man, Daredevil o Deadpool; con otros de corte más pulp como The Shadow; historias más irreverentes con Archie, Scooby-Doo, Teenage Mutant Ninja Turtles o The Mask; o, por ejemplo, sus múltiples enfrentamientos con monstruos cinematográficos como Alien o Predator. Los hay para todos los gustos, contando muchos de ellos con el encanto de lo inesperado y curioso.

Era lógico que alguien creyese que era buena idea plantear una pelea entre Batman y Drácula. A principios de los noventa, el sello Elseworlds daba a los autores la excusa perfecta para llevar adelante la idea. Ya en 1989, la afamada Gotham by Gaslight se convirtió en la primera historieta de DC en aplicar el concepto. El primer cómic en portar el mencionado sello editorial (Batman: Holy Terror) vio la luz solo un par de años después. Poco después, el equipo formado por Doug Moench y Kelley Jones se haría cargo de plasmar en viñetas la decadencia más absoluta de una ciudad bañada por una fina lluvia roja.

Moench (Chicago, 1948) comenzó su carrera en 1970, escribiendo guiones para series como Eerie o Vampirella en 1970. Tres años después, Marvel Comics le fichó, iniciándose así un rápido ascenso que le llevaría, entre otras cosas, a ser el escritor principal de Curtis Magazines (sello de revistas en blanco y negro de la editorial), a guionizar exitosas etapas de personajes como Werewolf by Night o Master of Kung Fu o a crear a otros como Moon Knight junto a Don Perlin. Ya en la década de lo ochenta, y tras una serie de desavenencias con el entonces editor jefe Jim Shooter, el paso lógico para Moench era fichar por la competencia directa, entrando casi al instante en la maquinaria destinada a sacar adelante las colecciones de Batman, entre otros trabajos. Ser meticuloso en lo que a sus trabajos se refiere requeriría de bastantes más párrafos del que me gustaría dedicar a este texto, así que acabaré diciendo que su camino en DC acabaría entrelazándose con el de Kelley Jones, con quien colaboraría en más de una ocasión.

Jones (Sacramento, 1962) comenzó entintando Micronauts para Marvel en 1983. Durante los siguientes años, el particular estilo de Jones no terminó de gustar a los jefazos de la editorial, que encargaban a los distintos entintadores que corrigiesen lo que para ellos era un estilo “demasiado particular”. Cansado de no poder imprimir su propia visión creativa, Jones dio el salto a DC, donde se topó de bruces con un personaje muy particular. La estética de Deadman estaba por entonces atada a la visión de Neal Adams, pero el dibujante californiano consiguió impresionar a propios y extraños con su rediseño del álter ego de Boston Brand cuando en 1988 comenzó a dibujar al antiguo trapecista y protegido de Rama Kushna en Action Comics Weekly. El tándem formado por Jones y Mike Baron trajo un par de series limitadas muy buenas sobre Deadman, destacado Deadman: Amor después de la muerte (Deadman: Love After Death, 1989-1990), que ya traje al blog y que supuso mi primera lectura sobre el personaje.

Esa prolífica relación de Jones con Deadman y Mike Baron fue intercalada con otras labores, en las que destacó su contribución a Sandman con Estación de nieblas, uno de los arcos argumentales más sugerentes de la obra de Neil Gaiman. En estas, apareció la oportunidad de unir fuerzas con Doug Moench en Batman & Drácula: Lluvia roja (Batman & Dracula: Red Rain, 1992). Una historia en la que tuvo carta blanca para dibujar a un Batman que parecía sacado de una leyenda urbana, con orejas muy puntiagudas y una capa interminable. La conexión entre guionista y dibujante fue total, regalándonos un universo autocontenido tan atractivo como desasosegante.


Lo primero que se puede decir de Lluvia roja a nivel artístico es que su estética era muy similar al de las aventuras originales de Batman y aquellas que aparecieron durante la década de los cuarenta del pasado siglo. Ello no se limitó a la propia figura de Batman, sino que se extendió a la propia Gotham, una ciudad muy alejada de visiones más modernas como la ofrecida en la trilogía cinematográfica de Christopher Nolan o el ambiente industrial planteado en la serie de videojuegos Batman: Arkham. Para Moench y Jones, Gotham no es solo un entorno donde insertar a los distintos individuos, sino personaje en sí mismo. Una entidad sucia y opresiva, llena de rincones oscuros por los que pululan multitud de desgraciadas almas, ignorantes todas ellas de los males que están consumiendo su urbe hasta el tuétano. Con hueco incluso para la iconografía religiosa, como cierta estatua de San Jorge ensartando a un dragón.

La corrupción intrínseca de Gotham suele ser un punto muy importante sobre el que pivotan las historias de Batman. La retroalimentación entre la ciudad, los villanos y el protector ha sido continua, y aquí no iba a ser diferente. Pero hay que mencionar un matiz: esta Gotham presenta muy pocos argumentos a favor de su salvación, hasta tal punto de que la aparición de la amenaza vampírica solo la penúltima consecuencia del mal que se gestaba en sus entrañas. La contaminación de la ciudad por parte de agentes desconocidos e innombrados había provocado la aparición de una fina capa de lluvia roja capaz de corroer tejados y que estaba llegando incluso al agua corriente de las casas. Un caldo de cultivo perfecto para la llegada del mal encarnado, atraído por una ciudad en la que las atrocidades estaban a la orden del día y en la que no se echaría de menos a los miles de desamparados que malvivían en cada callejón.

En dicho contexto, Bruce Wayne parece partir de un statu quo muy parecido a otras iteraciones del personaje. No se conocen detalles sobre su pasado. Pero en este universo en particular, como en tantos otros, Bruce era millonario, contaba con su mansión y sus enormes cuevas inferiores o tenía a Alfred a su lado. Estaba muy musculado. Tanto que rozaba lo grotesco. Sus dotes analíticos hacían de él un gran detective, a quien la policía – con James Gordon como Comisario – consultaba sobre ciertos casos. Quizá se podría resaltar en él cierta melancolía acentuada por lo que estaba a punto de suceder. En ese sentido nuestro protagonista, así como su enorme mansión, parecen sacados de un cuento de terror gótico y decimonónico. Un tono muy acertado para lo que Moench y Jones querían contar.

Cuando los acontecimientos se precipitaron, el equipo creativo no escatimó en mostrar sordidez y sangre. El modus operandi del supuesto nuevo asesino en serie de Gotham consistía en desangrar y rasgar las gargantas de sus víctimas, detalle este último que respondía a la necesidad de camuflar la realidad que estaba extendiéndose en el alcantarillado de la ciudad. El terrorífico escenario de degradación moral era extensivo a las autoridades de la ciudad, con el alcalde Woods a la cabeza. Moench puso mucho énfasis en esa faceta del guion, haciendo verbalizar al alcalde en más de una ocasión que todo lo referente a las muertes y su investigación debía ser un secreto. Los perjudicados eran los de siempre: los desamparados.

Este fue otro punto fuerte del guion. La policía era incapaz de proteger a los más vulnerables. De hecho, por momentos parece que ni siquiera pretende hacerlo. Más allá de James Gordon (que incluso tenía momentos de cierta duda al respecto), pocos agentes de la ley parecían tener interés real por salvaguardar las vidas de sus conciudadanos. Los lectores podemos ver y leer un momento muy concreto y explícito en el que este punto quedaba consolidado, dando como resultado la muerte de un indigente a manos de un vampiro.


Y ya que hablamos de vampiros, es hora de poner a Drácula en el foco. Su llegada a Gotham acabaría antojándose como algo más inevitable que casual. Atraído por todo el mal de la ciudad, el blanquecino e imponente chupasangre comenzó a formar una nueva familia bajo sus cimientos. Este Drácula – y, por extensión, todos aquellos vampiros que de él derivaban – era muy canónico en lo que al folklore se refiere. Capaz de convertirse en niebla o monstruo volador, era muy voraz y muy inteligente. También arrastraba consigo las típicas debilidades asociadas al vampiro, como la luz del Sol, la plata, el ajo o los símbolos religiosos. Además, poseía capacidades mentales para controlar al resto de vampiros, de forma que estos hiciesen lo que él creía conveniente. Hay una particularidad de este Señor de los vampiros que lo situaba muy en sintonía con la época en la que apareció Lluvia roja: su repulsa hacia aquellas potenciales víctimas – femeninas, sobre todo – que se drogasen mediante jeringuillas. Esto quizá respondiese a su temor hacia la contaminación de la sangre o a alguna enfermedad, extremo que en el inicio mismo del cómic entraba en contradicción con sus pocos escrúpulos a la hora de absorber la sangre de una prostituta. Miedo a la heroína pero no a enfermedades como el SIDA. Puede que fuese algo puntual y guardase su faceta sibarita para aquellas mujeres de las que se alimentaría durante periodos más prolongados. Su particular reserva de sangre joven debía estar libre de vicio.


No puedo evitar mencionar a Ariane, un personaje exclusivo de este universo creado por Moench y Jones y que puede ser digno de entrar en nuestro particular muestrario de detectives de lo oculto. Cuando Batman comenzaba a ser consciente de que se enfrentaba a una amenaza fuera de lo común, acudió en busca de esta señora mayor, dueña de lo que parecía ser una biblioteca especializada en creencias, supersticiones o leyendas. Ella misma se autodenominaba como experta en lo oculto, conjunto de materias que chocaban frontalmente con el método científico y analítico defendido por el hombre murciélago. Ariane aclaró a su caricaturesco visitante todas sus escuetas dudas porque, a pesar de todo, Batman aun albergaba dudas sobre la naturaleza de los asesinos que rondaban las calles de Gotham por las noches. Habló de cosas como la “alquimia de sangre” que propiciaba la transformación de una persona en vampiro o de los métodos más acertados para eliminar a cualquiera de ellos. El tabú de Batman hacia el acto de acabar con una vida ajena se encontraba aquí con un punto de inflexión. De una u otra forma, este primer encuentro entre ambos no era tal, sino que quedaba claro para el lector que los dos ya se conocían, y aquella no era la primera “consulta profesional” que Batman hacía a Ariane. Me encantaría saber en qué circunstancias se dieron los anteriores encuentros entre ambos. ¿A vosotros no?

Antes de terminar esta reseña y análisis, queda regresar a la figura de Bruce Wayne y su efímera pero trascendental relación con Tanya, la líder de una facción de vampiros contrarios a Drácula. Desde las primeras páginas del cómic, Moench y Jones plasmaron una serie de encuentros aparentemente oníricos entre Bruce y una seductora joven que se deslizaba hasta su habitación en forma de una niebla rojiza y que se tornaba en belleza magnética e imposible de resistir. Tanto a nivel visual como de escritura de guion, dichas escenas parecían haber sido extraídas de la cualquiera de los cuentos góticos que suelo leer con tanta asiduidad. En esas viñetas, erotismo y terror se yuxtaponían con magistral acierto, pudiendo compararse con experiencias reales de parálisis de sueño o a relatos folkóricos sobre súcubos. Esos sensuales y casi sexuales contactos no eran simples ensoñaciones fruto del contexto y de la soledad de Bruce, sino que respondían a un plan pergeñado por Tanya para dar a su amante un don capaz de hacerle rivalizar con Drácula. Ella no era más que otra víctima del antiguo noble valaco, que había acabado por huir de sus garras y fue capaz de desarrollar una forma de resistencia hacia los poderes del empalador. Tanya y los Otros habían llegado a Gotham siguiendo los pasos del monstruo, sabedores de que aquella podría ser su última oportunidad de alcanzar la verdadera libertad. Aunque, para ello, debieran hacer de Batman algo más que un hombre y un símbolo.

Como muchos ya sabréis, Lluvia roja es solo la primera parte de un tríptico que se completa con Batman: Tormenta de sangre (Batman: Bloodstorm, 1994) y Batman: Niebla Carmesí (Batman: Crimson mist, 1999). Esta primera entrada ha abarcado solo la reseña y análisis de la primera historia, que formará su propia trilogía de textos en el blog. El siguiente texto contendrá el resumen del argumento de este épico combate, dejando para el tercero y último los otros dos arcos argumentales, en los que Batman trascenderá todas las barreras posibles en su particular defenestración. Una destrucción personal como pocas han podido verse en la carrera del mejor detective del mundo. Si os ha gustado este texto, os pido que permanezcáis atentos al blog.


Félix Ruiz H.




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