Batman contra Drácula

No me gusta mentirle a Alfred, menos que a nadie. ¿Pero cómo decirle que el verdadero motivo es la luz del día? ¿Cómo decirle que, en definitiva, Bruce Wayne está muerto y que solo la noche, solo la oscuridad, tiene significado?

Volvemos, una vez más, a las desesperanzadoras calles de la Gotham imaginada por Doung Moench y Kelley Jones en Batman: Red Rain. Tras el largo análisis realizado en el anterior post, ha llegado la hora de acompañar a Batman en su lucha contra Drácula, quien llegó a los dominios del detective murciélago atraído por la escasa moralidad de sus dirigentes y por su aceptación del crimen como algo cotidiano e inevitable.

Hay varias ediciones disponibles de la que, a la larga y gracias a la mediación de algunas decisiones editoriales, ha sido denominada como la saga Batman: Vampiro. Yo tengo en mis estanterías el tomo recopilatorio en cartoné que Planeta DeAgostini publicó en 2006 y que se tituló Batman & Dracula, que contó con una traducción a veces un tanto confusa – sin errores garrafales, que conste – de Santiago García. Haciéndome eco del texto escrito por Sergio Robla para la web especializada Zona Negativa, esta elección de encabezamiento resulta engañosa, pues el más famoso de los vampiros solo hizo acto de presencia en la primera parte de la trilogía, aunque su influencia se dejaría notar en el terrible drama que se desarrollaría en las dos siguientes entregas. Aunque no es el objetivo de este texto en concreto extenderse en aquellas otras entregas, sí que diremos que, pese a que las críticas negativas se hacen centran en el episodio final (Niebla Carmesí), hay ciertos problemas narrativos que vienen heredados desde el mismo planteamiento de este universo en particular. Por lo que, antes de narrar cronológicamente los hechos más destacados de esa efeméride que es el enfrentamiento entre Batman y Drácula, vamos a hacer algunos apuntes que completan el ejercicio hecho en el post anterior del blog.

Hay varios puntos clave en los que detenerse antes de asistir al inevitable asalto final entre los dos símbolos de la noche que se citaron en la ciudad de Gotham. El primero de ellos resulta bastante obvio, y es la marcada desigualdad física entre los púgiles en liza, que se hace extensivo al resto del rebaño vampírico que se estaba asentando en la ciudad. Los seres de la noche planteados por Moench y Jones son muy fuertes y ágiles, capaces de arrollar a casi cualquier humano común sin apenas dificultades. Esa superioridad crece de forma exponencial si se concentran varios ejemplares de la especie, haciendo de la contención o la eventual victoria se antojen casi imposibles sin que medien las circunstancias adecuadas. O, lo que es lo mismo, sin contar con los diversos elementos que son temidos o mortales para los vampiros. Los símbolos religiosos, la plata o, sobre todo, la luz del Sol, ayudarían a decantar la balanza. Una vez llegados a ese momento, sin embargo, cada ejemplar de la especie tiene la capacidad de escabullirse y huir de la batalla bajo la forma de murciélago, lobo o niebla de tono rojizo.

Por si fuera poco, Drácula cuenta con una ventaja adicional, que no es otra que su transformación a voluntad en una gigantesca alimaña, dotada de enormes alas y afiladas garras. Su mecanismo de control mental sobre sus creaciones resulta, sin embargo, desaprovechado durante los eventos narrados en el cómic. El guion debía dar posibilidades de supervivencia a Batman, que debió contar con apoyo para tener éxito.

Eso nos lleva al segundo punto clave y, al menos para quien esto escribe, el más controvertido: el papel de Tanya en todo el entuerto. Nunca se da explicación alguna al hecho de ella sepa la identidad secreta de Bruce Wayne desde el principio de Batman: Lluvia Roja. Sus visitas nocturnas, cual erótica pesadilla, respondían al objetivo de dotar a Batman de los dones necesarios para enfrentarse cara a cara con Drácula. Según declaraba la misma Tanya, su objetivo no era quitar, sino dar. Un acto que iba en contra de los designios de Drácula, para quien la transmisión de la ponzoña vampírica no respondía a altruismo alguno, sino al simple deseo de saciar la sed. El señor de los vampiros dejó atrás su antaña prudencia al llegar a Gotham, siendo perseguido por la facción liderada por Tanya, que debió conocer la existencia de Batman y su identidad secreta en algún momento indeterminado y sin que medie explicación alguna. El problema estriba en que nunca se desvela cómo llegaron los Otros a la conclusión de que el Caballero Oscuro y el millonario Bruce Wayne eran la misma persona. Ni tan siquiera una pequeña frase o alguna pista. En el universo particular en el que transcurre la historia, solo Alfred Pennyworth garantizaba ese secreto, así que el problema no deja de crecer.

El desarrollo de la relación entre Bruce y Tanya, por otra parte, sí que resultaba más lógico y satisfactorio. La vampira se alimentaba poco a poco de Bruce, quien iba desarrollando de forma paulatina un vínculo parecido al que une a parásito y huésped. La progresiva transmisión del vampirismo a través de los encuentros oníricos y la denominada “alquimia de sangre” se confundía por momentos con una relación amorosa. Nada más lejos de la realidad, al menos por parte de Tanya. Ella era conocedora de que solo Bruce podría acabar con la tiranía de Drácula y, pese a que el afecto entre ambos resultaba palpable por momentos, la misión era lo primero para ella. Como líder de los Otros, intuía que el sacrificio sería necesario llegado el momento indicado.

Tercera y última clave. La inevitabilidad y la fatalidad sobrevuelan toda la obra en casi todos sus aspectos. Como ya comenté en la entrada anterior, el equipo creativo nos situaba en un contexto donde la degradación lo tocaba todo. La ciudad estaba contaminada por diversas industrias, mientras las calles parecían una extensión de las malas decisiones políticas en ese y otros aspectos. El abandono de las personas con menor capacidad económica llega al punto de deshumanizarlas, invisibilizándolas de cara a la opinión pública cuando estas eran víctimas de los atroces asesinatos que habían comenzado a sucederse. Una problemática social que ocupa un espacio muy importante del primer arco argumental. En cuanto a la delincuencia, poco se puede escribir al respecto. No hay familias del crimen, ni supervillanos. Nada que aclare por qué era necesaria la cruzada particular de Bruce Wayne. Un hilo del que se tiraría en el futuro y que tendría desiguales resultados, sobre todo en la parte final de la saga.

Algunas cuestiones surgen ahora. Con tal panorama, ¿quién era el causante último de la corrupción de Gotham? ¿Los dirigentes, los villanos o el propio Batman? No es algo ajeno a quienes han seguido el periplo del mejor detective del mundo a través de los años. Muchos guionistas se han acercado a esta problemática desde distintos puntos de vista. En este relato del sello Elseworlds, Moench no brindó una respuesta clara, pero sí que dejó pequeñas migajas a través de Tanya y Drácula. la llegada del antiguo conde valaco a los dominios de Batman no era fortuita.

Lo que afecta a la presa acaba por afectar al depredador. Y su sangre, Gordon… La sangre de todos los humanos modernos. Nos vuelven locos lentamente. Tan locos, me temo, como lo está su sociedad humana. Verá, ya no me importa, Gordon… Y eso me hace peligroso. Más peligroso de lo que nunca he sido. Gotham me ha cambiado, comisario. Me he convertido en un monstruo total.

Drácula no se refería, por supuesto, a la contaminación como algo literal. Según sus palabras, la maldad del ser humano no hacía sino aumentar con el paso de los siglos, sin que el avance de la ciencia o la razón frenasen su codicia o su naturaleza autodestructiva. Declaraciones estas que fueron refrendadas unas páginas antes por Tanya, cuando compartió su particular desgracia con Bruce. Cuando pasó a aclarar por qué era necesario que hiciese suya la causa de los Otros, dijo lo siguiente:

Juntos hemos perseguido a Drácula, durante siglos… Nunca pudimos acercarnos. Hasta ahora. Aquí, en Gotham. Por algún motivo, es como si la cautela y la sutileza ya no le preocuparan.

Continuando con esta lógica, sería la maldad intrínseca de Gotham la que habría provocado la eventual aparición de Batman y la decisión de Drácula de convertirla en su particular coto de caza o, tomando sus propias palabras, su “infierno personal”. Ahora sí, hagamos una rápida narración de los sucesos más destacados que acontecen en Batman: Lluvia Roja.

Una prostituta era atacada por un desconocido hombre que decía ser de origen europeo y que contaba con alargados colmillos. Batman llegó tarde a la escena del crimen, pudiendo únicamente atestiguar que el cuello de la asesinada estaba desgarrado al completo. Según pensaba el enmascarado, la joven era solo la segunda víctima del potencial nuevo asesino en serie de Gotham. Ni siquiera podía imaginar lo equivocado que estaba.

Ya en su mansión, Bruce Wayne relataba un sueño lúcido que había comenzado a experimentar de forma recurrente durante los últimos días. Una neblina roja penetraba a través de la ventana de su habitación, tomando luego la forma de una atractiva fémina que se arrojaba sobre él serpenteando y jugueteando. La desconocida terminaba por mostrar una mandíbula inusual, con largos colmillos que clavaba en su cuello. Momento este en el que Bruce despertaba, asustado y confuso. Achacaba estas extrañas pesadillas a las muertes que estaba investigando, con aquel modus operandi tan especial.

Una tercera víctima reclamaba su atención. Se trataba de un mendigo, que previamente había sido molestado y reprendido por un agente de policía con poca empatía. El cuello presentaba el mismo aspecto que los anteriores. Batman no vio al autor o, mejor dicho, autora. Pero los lectores ya éramos conscientes desde ese preciso momento de que había más de un vampiro alimentándose en Gotham. Aun ignorantes de esa realidad, el Comisario Gordon y el alcalde Woods debatían sobre la necesidad de informar a la prensa sobre lo que estaba sucediendo en las calles. Gordon se mostró estupefacto ante la actitud del alcalde, que afrontaba unas nuevas elecciones y no quería que nada ni nadie estropease su posible segundo mandato al frente de la ciudad. Woods instó a Gordon a investigar el caso con discreción, aun a sabiendas de que había más de una veintena de muertos. Todos ellos, por supuesto, pertenecientes a los estratos sociales más desfavorecidos.

Tras un nuevo encuentro onírico entre Bruce y la visitante, el hombre se sentía pletórico y más en consonancia que nunca con la noche y todo lo que ella representaba para él. Esta vez sí que tuvo tiempo de ver a la atacante justo después de ejecutar un nuevo crimen. Era ágil y muy fuerte. Tanto como para someter a un experto luchador como él. Batman la persiguió hasta un rincón sin salida. Sin embargo, la extraña y monstruosa figura había desaparecido.

Los vampiros son reales, pero no todos son… malvados”.

Eso clamaba la sensual presencia que se citaba con Bruce cada vez que caía rendido en brazos del sueño. Él no estaba dispuesto a creer en la existencia de seres sobrenaturales en su mundo. Aquello iba en contra de sus creencias, pero debía asegurarse. Por el bien de las posibles nuevas víctimas, pero también por su propio bien. Bruce estaba experimentando una serie de cambios inexplicables. Su fuerza había aumentado de forma notoria, haciéndole capaz de levantar un coche sin apenas esfuerzo. Apenas podía soportar la luz el Sol. Pero, sobre todo, había un síntoma muy acuciante que debía recibir explicación. Unas extrañas contusiones estaban creciendo en su espalda. Unas heridas que habían aparecido tras sus citas nocturnas y que le hacían temer por su salud. Por ello, acudió al doctor Church, a quien pidió que analizase su sangre en busca de anomalías. Pese a que no había nada anormal en los primeros análisis, Wayne insistió a Church para que este hiciese pesquisas más metódicas y le comunicase los resultados. Mientras tanto, le haría una visita a Ariane, una vieja conocida que era experta en temas ocultos. Si los vampiros eran reales, ella le daría las pertinentes lecciones sobre ellos. Ariane le habló de la “alquimia de sangre” que haría posible la transmisión de la infección vampírica, así como de las características más comunes sobre la supuesta especie. La conversación entre ambos también se metió de lleno en el terreno simbólico, incidiendo en la faceta folklórica del propio Batman.


Pero, por cierto, ¿sabes que para algunas personas… no eres real? Para otros, eres muy real… Pero totalmente sobrenatural. Incluso hay quienes… te adoran.

El cementerio de Potter´s Field proveía de tumbas sencillas a los marginados, los olvidados o los desconocidos. Tierra gratis para los pobres, según reflexionaba el propio Batman, que encontró varias tumbas abiertas y vacías. De regreso al lugar donde combatió con una de las criaturas, y recordando las palabras de Ariane, dio con la boca de alcantarilla por la que aquel monstruo escapó en forma de niebla. Bajo una fina lluvia roja, provocada por los vertidos tóxicos que estaban emponzoñando toda la ciudad, Batman comenzó su particular descenso al infierno.

Allá abajo siguió el hedor a podredumbre y muerte, topando con una montaña de cadáveres putrefactos. Los desgraciados de Potter´s Field estaba allí, apilados como leña. Para su sorpresa, no estaban tan muertos como deberían. Algunos de ellos se alzaron en una nueva no muerte colmada de hambre y sed. Batman ya tenía sus respuestas, pero fue asaltado por un nutrido grupo de enemigos podridos y de otros bastante más frescos, pero igualmente mortales. Antes de caer presa de la avalancha vampírica, unos desconocidos abrieron fuego contra los monstruos. No dispararon balas, sino estacas que se clavaban de forma certera en sus objetivos. Los vampiros eran reales, pero no todos eran malvados. La prueba estaba frente al hombre murciélago. Tanya, aquella mujer que le visitaba cada noche, se erguía ante él. Lástima que las explicaciones debiesen esperar, pues la más terrible pesadilla de la humanidad acababa de llegar al lugar.

Una enorme criatura alada gritaba furibunda a Tanya y sus acompañantes. El ser se transformó en hombre. Drácula daba la cara y pretendía hacer uso de sus poderes mentales para obligar a sus hijos díscolos a acabar con sus propias vidas. Sacando fuerzas de flaqueza, Batman lo evitó en el último instante al saltar sobre el señor de los vampiros. De esta forma, ambos acabaron en una zona inferior del alcantarillado, cara a cara. Las garras de Drácula hirieron a su enemigo, que sangró. La muerte sobrevolaba a Batman, quien recurrió a las enseñanzas de Ariane y trazó una cruz con su propia sangre, deteniendo así el ataque final de Drácula. Ambos pasaron horas frente a frente. Uno resistiendo el dolor y el otro lamentándose de no poder poner fin a aquel incauto. El empate fue confirmado por la llegada del amanecer, que provocó la huida del chupasangre.

De vuelta en la mansión, Bruce recibió la ayuda de Alfred, quien constató la extrañeza de lo que le estaba ocurriendo a su señor. La lluvia roja parecía ser el presagio del gran cambio que se estaba produciendo en Bruce Wayne, y puede que en el resto de habitantes de Gotham. Gracias a las múltiples visitas que Tabya había hecho a Bruce, este ya era capaz de experimentar el aparente sueño de forma consciente. En efecto, la mujer llevaba semanas alimentándose poco a poco de su sangre. Pero no lo hacía para quitarle la vida, sino para darle un don. Él era el único que podía detener la cosecha de Drácula en Gotham. Había llegado el momento de dar las pertinentes explicaciones sobre la existencia de aquel grupo de opositores a las malas artes del amo oscuro. Lo más importante de todo el asunto era que ella había desarrollado un suero artificial para burlar el deseo de consumir sangre humana. Tardó mucho tiempo en perfeccionarlo y sufrió lo indecible para soportar la agonía que suponía la sustitución del líquido vital por aquel placebo insípido e insuficiente, pero eventualmente se liberó a sí misma del yugo de Drácula e hizo lo mismo con otras víctimas suyas. Ellos eran los Otros, los que necesitaban la determinación de Batman para acabar con su desatado amo.

El dubitativo y reflexivo Gordon iba a ser enrolado en una campaña que escapaba a su comprensión y que le pilló por sorpresa. El propio Batman y los Otros le harían una demostración que ni el más escéptico podría desmontar. El Comisario disparó varias veces a Tanya cuando esta exhibió sus colmillos de vampiro, demostrándose así que las balas eran inútiles contra la plaga que se estaba expandiendo por Gotham. Él debería dar a conocer aquella verdad mientras Batman y los Otros trataban de detener la amenaza. Y había que hacerlo pronto, pues Batman estaba herido y renqueante tras su encuentro con Drácula.


Los análisis de sangre hechos por el doctor Church arrojaron resultados, al fin. Había niveles altos de adrenalina y glóbulos blancos en la sangre de Bruce, además de anticuerpos de un mal desconocido. Sin embargo, había poco tiempo para pensar en ello. Gordon había sido secuestrado por Drácula, y un grupo de vampiros estaba asaltando la mansión Wayne. Era el momento de dejar atrás las contemplaciones y el tabú de matar. ¿Podía considerarse asesinato el actor de matar a un no muerto? Matar vampiros era sucio, pero necesario. Así lo hizo Bruce, quien conminó a Alfred a seguir adelante con el plan preestablecido. Eran tiempos desesperados, por lo que las medidas a tomar debían ser del mismo cariz.

En las catacumbas, Drácula habló con Gordon sobre los motivos que le llevaron a Gotham. Maldad, corrupción, sangre envenenada por el moderno ritmo de vida… Aquella ciudad le había convocado, despertando sus más bajos instintos. Gotham era la cuna de todo lo malo que residía en el espíritu humano. El lugar perfecto para ser el epicentro de su propio infierno, que haría extensivo al resto del mundo.

Batman, Tanya y los Otros iniciaron el asalto del nido vampírico situado en el subsuelo. El plan era conducir al mayor número de especímenes posibles hasta las cuevas situadas bajo la mansión Wayne. El escondrijo del detective debía convertirse en la tumba definitiva de aquellos desgraciados. Paso a paso, la horda siguió a los atacantes, que iban bloqueando las posibles vías de escape de los no muertos. Había llegado el momento de hacer un sacrificio necesario, pero irremediable. Con la salida del Sol, una serie de explosiones expusieron las cuevas, derrumbando todo lo que había sobre ellas. La mansión Wayne quedó reducida a cenizas, mientras todos los que peleaban bajo ella sucumbían a los rayos de luz. Entre ellos, la propia Tanya, quien ya había cumplido con su cometido. A salvo dentro de un ataúd especial y revestido de materiales resistentes, Bruce Wayne lloró la muerte de una mujer valiente y decidida. El sacrificio de los Otros no podía car en saco roto. Él debía ser garante de esa promesa. A pesar de perderlo todo, aun no había perdido la vida. No del todo. Sin embargo, ya no era solo un hombre, sino algo más. Ya no necesitaría coches ni artefactos para desplazarse, porque contaba con poderosas alas con las que volar a través de las sombras nocturnas. Batman se había convertido en lo que su mismo nombre predicaba: un hombre murciélago.

El edificio Gaudí de Gotham sería el escenario de la lucha final entre Batman y Drácula. Allí, los murciélagos que antes habitaban las cuevas bajo la mansión Wayne ahora obedecían las órdenes de Drácula, que estaba desangrando a Jim Gordon poco a poco, disfrutando de cada momento. Surcando los cielos, Batman llegó al lugar para salvar a su amigo y para tratar de matara su némesis. Drácula, siendo testigo directo de los nuevos poderes de Bruce y siendo superado por un contrincante en plenitud de facultades físicas y mentales, trató de huir. Alfred y Gordon fueron testigos de la espantosa escena que se estaba dibujando en los cielos de Gotham. Dos enormes criaturas aladas intercambiaban golpes bajo la lluvia roja.

La sangre abandonaba ambos cuerpos y la lucha seguía en tablas. Eventualmente, una atroz tormenta sacudió los cielos. Un rayo destrozó la corteza de un árbol, ofreciendo a Batman una última oportunidad para salir victorioso. Agarró con todas sus fuerzas a Drácula y se lanzó en picado hacia la enorme estaca que se vislumbraba en el suelo, logrando empalar al azote de la humanidad. La agonía de Drácula no duró mucho, pues el filo había hecho su trabajo a la perfección. Por fin, la enfermedad andante quedó reducida a cenizas.

Alfred llegó al lugar, viendo a su amo tirado en el suelo. Las heridas que había sufrido eran incompatibles con la vida. Aquella noche no fue solo la última para para Drácula, sino también para Batman. O, mejor dicho, para Bruce Wayne. Sus bienes, así como su fortuna, fueron puestos en manos del propio mayordomo, que destinaría casi todos estos activos a la Fundación Wayne , destinada a la beneficencia. El resto estaría destinado a adecentar un nuevo alojamiento, en el que Alfred construiría una nueva base de operaciones.

La prensa y la ciudadanía en su conjunto escucharon por fin las explicaciones del alcalde Woods, que renunciaba al cargo y a la reelección debido al escándalo. James Gordon continuó en su puesto, como único defensor de la realidad tras la ola de crímenes que acababa de terminar. Por su parte, Bruce Wayne murió y su cuerpo fue enterrado, pero no permanecería en ese estado durante mucho tiempo. Gracias a Tanya y a las heridas infligidas por Drácula, una nueva leyenda se adueñaría de las calles de Gotham. La noche siempre pertenecería a aquel que había jurado acabar con el crimen en la ciudad. Ahora, Batman no era solo un rumor, sino el único señor de la noche. Un vengador oscuro. ¿Pero sería el mismo luchador contra el crimen que todos conocemos, o sucumbiría ante su nueva e insana naturaleza?


Félix Ruiz H.





 

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