Hokum
Hay muchas formas de asustar a los niños. Almas permeables, esponjas que absorben cuanto se les eche encima y que son capaces de procesar mucho más de lo que cabría esperar. Incluso la muerte, como concepto material y metafísico. ¿Pero qué ocurre en sus mentes cuando un sobresalto puntual va más allá? ¿Cuánto tiempo tardaría en sanar una herida hecha en lo más profundo de sus psiques? ¿Olvidarían los detalles más escabrosos para poder vivir cada día? Estas y otras cuestiones del mismo calado cimentan uno de los pilares narrativos sobre las que se levanta la última película de Damian McCarthy. Un artefacto complicado y poliédrico, en el que la miseria humana se entremezcla con el horror sobrenatural.
Hace poco menos de un mes que Beta Fiction Spain trajo a nuestras salas una de esas cintas que suele pasar desapercibidas entre otros productos con mucho más presupuesto y marketing, pero que calan a mayor profundidad en el público que hace más caso al boca a boca que a las opiniones de los críticos que pontifican en redes sociales. Un thriller rural y psicológico que se disfraza de historia de folk horror para contar una historia de soledad y culpa. Sé que puede ser una reflexión fácil y simplona, pero Hokum ha sido todo lo que Return to Silent Hill debió ser. Tras unas semanas en reposo, retomo las ideas que vinieron a mi mente cuando la vi y las plasmo negro sobre blanco, como simples retazos de algo que no quiere ser pretencioso, sino simple y comedido.
A sus 45 años, McCarthy ya es considerado por muchos un maestro del terror. Cuando Oddity llegó hace un par de años, muchos descubrieron a un irlandés con grandes dotes para narrar y para analizar uno de los peores terrores: el que reside en nuestro interior. Su siguiente proyecto le ha llevado a ir un paso más allá, recurriendo a la psicología junguiana. Casi todo lo que rodea a los acontecimientos acaecidos en el Hotel Bilberry Woods podría solucionarse en el diván de un terapeuta, pero entonces no tendría tanta gracia. Es más divertido y sugestivo atrapar una serie de tragedias en medio de mitos gaélicos y visiones propias de alguien que debe enfrentarse cara a cara con su vergüenza y su pasado. Cada individuo tiene sus propios monstruos, pero los de Ohm Bauman (interpretado por un notable Adam Scott) están escondidos entre recuerdos fragmentados, alcohol y miles de páginas manuscritas.
Que el legado es parte intrínseca de la vida es algo de lo que todos tomamos consciencia en algún momento. Es una realidad que puede ser abordada, buscada, rehuida o encontrada. Puede tener formas cambiantes. Ser la más pesada de las losas. Abrazarlo, poner distancia con él o establecer un punto final supone una decisión trascendental. Su poder para transfigurarse supera cualquier expectativa, pudiendo ser un empujón para tocar la felicidad con las yemas de los dedos o lanzarse de cabeza hacia el mar de la locura. La figura centrar de Hokum parte desde una de las más oscuras de las concepciones del término, y su búsqueda particular de la luz llega cuando decide poner fin al dolor.
Ohm es un tipo soberbio, solitario, autodestructivo y nihilista, que tiene serios problemas con el alcohol y que se encuentra ante uno de los grandes problemas de cualquier escritor: la incapacidad de acabar una obra. En su caso, la trilogía Conquistador, protagonizada por un aventurero y un niño que se ven abocados al desastre. Por alguna razón no especificada al inicio, el hombre no tiene claro cómo poner el broche final, pero no desea que se trate de algo esperanzador porque va en contra de sus convicciones. Algo – o, mejor dicho, alguien – bloquea su creatividad. Las urnas que contienen las cenizas de sus padres son testigos omnipresentes de sus dudas y sus recurrentes pesadillas, que se tornan cada vez más vívidas, dificultándole el discernimiento entre sueño y vigilia, sombras o visiones. En su creciente malestar, solo es capaz de encontrar una excusa para viajar hasta un lugar donde sus progenitores fueron felices en un momento concreto de sus vidas. Allí espera encontrar silencio, tranquilidad, privacidad y valor para dar el paso que lleva tiempo planeando pero que nunca se ha atrevido a dar.
Un escenario tan costumbrista y rural como un hotel irlandés apartado no podía sino estar poblado por personajes estereotipados, en un sentido o en otro. Pero, en esa expectativa, el guionista y director es capaz de dar momentos destacados a casi todos ellos. El recepcionista, el botones, el director, la camarera, el vagabundo que se pasea por los bosque circundantes… Todos ellos tienen que ver, de una forma u otra, con el misterio que impregna Bilberry Woods: una suite nupcial cerrada a cal y canto desde hace años, provista de una campanilla conectada a la recepción que tintinea de vez en cuando. Este curioso fenómeno es acompañado de habladurías que apenas pueden ser acalladas por los encargados de las instalaciones, conocedores de los rumores que corren entre empleados y visitantes.
Esta subtrama, que sirve de nexo entre el trauma de Ohm y la historia del lugar, contiene buena parte de los elementos sobrenaturales de la película. Porque Hokum también tiene que ver con la mitología y ciertos cultos gaélicos que conducen al discernimiento de los secretos de varios personajes y al autodescubrimiento del protagonista. Puedo y debo detenerme ahora en la figura arquetípica conocida como Cailleach, la cual recibió muchos nombres y fue dotada de distintas capacidades.
Como ocurre con muchas otras criaturas folclóricas o religiosas, hay diferentes referencias a figuras denominadas de tal forma. Quienes tildaban a Cailleach como diosa – o diosas, pues también son consideradas como un conjunto de diosas menores – de la maternidad, creían a pies juntillas que era la creadora de varias generaciones divinas. Pero, lejos de ser una figura materna bondadosa, era una fuerza de la naturaleza violenta y peligrosa. Se podría ahondar en muchas variantes del mito, pero solo nos interesa señalar que el término “Cailleach” podía referirse (entre un maremágnum de cosas) a un conjunto de diosas menores y estacionales, que suelen tener la apariencia de ancianas y personificaban el clima destructivo. McCarthy da a estas leyendas una vuelta de tuerca más macabra, emparentando a las mismas con las brujas o con figuras como los hellhounds, los sabuesos infernales. Ello es verbalizado por uno de los personajes, que cuenta a un par de niños un cuento de lo más truculento.
En dicho relato, una Cailleach brujeril se aprovechaba de todos aquellos que se perdían por los caminos frondosos y lúgubres. Hechizaba a los viajeros elegidos por ella para luego dejarlos vulnerables, frágiles ante lo que estaba por venir. Una vez atrapados, los encadenada antes de darles un paseo por el Inframundo. A veces, una mano o una garra afilada arrancaba algo de esos pobres condenados. Quizá se tratase de algún miembro. Algunas veces, puede que se conformasen con una pizca de la voluntad. En otras ocasiones, sin embargo, el precio a pagar era el envoltorio humano o, peor aun, el alma contenida en dicho recipiente.
Con todos los ingredientes preparados, solo hace falta un detonante para desencadenar los acontecimientos, y el mismo llega tras la noche de Halloween. Una festividad en la que Ohm participa de mala gana y gracias a generosas dosis de alcohol, entre las cuales tiene tiempo para despreciar las pretensiones literarias del botones Alby y sentir un atisbo de simpatía hacia Fiona, la única conocedora del posible final de la trilogía Conquistador. ¿Por qué compartir el posible desenlace una historia que pretendía dejar inconclusa?
Semanas más tarde, y tras la desaparición de Fiona, Ohm unirá fuerzas con un lugareño adicto a los hongos alucinógenos y sospechoso en la investigación en torno a la joven. Ambos asumirán la tarea de encontrarla y, de paso, probar que el Hotel Bilberry Woods es el centro de un mal con muchos rostros. ¿Era acaso cierto que había fantasmas merodeando por la suite nupcial? ¿Dónde encaja exactamente el trauma de Ohm?
Espero que la experiencia de ver Hokum sea vivida por muchas más personas cuando llegue a los medios domésticos. A ser posible, en formato físico. El último trabajo de Damian McCarthy podría haberle consolidado como un realizador de prestigio, a quien puede que pronto le llegue una oportunidad de contar con mucho más respaldo y muchos más medios para contar sus fábulas. De una forma u otra, espero estar aquí para verlo y compartirlo con los lectores.
Félix Ruiz H.




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