El sauce camina
“El olmo se aflige, el roble odio siente. El sauce camina si de noche está presente.”
Fueron muy pocas las historias protagonizadas por Lee Cobbett, pero todas ellas tienen un regusto diferente. Leyendo las parcas descripciones que Manly Wade Wellman hizo de su físico, podríamos imaginarnos a un hombre de mediana edad, fornido y listo para entrar en acción en cuanto fuese preciso. Sin embargo, se trataba de un tipo muy taimado, reflexivo e incluso capaz de mostrarse prudente cuando se daba de bruces con lo imposible. Sus conocimientos sobre lo oculto eran muy amplios, alimentados por años de estudio y lecturas. A buen seguro que el juez Keith Hilary Pursuivant – otro de los occult detectives de Wellman – tuvo que ver en la formación de Cobbett. Dicha elucubración haría las delicias de un buen escritor de pastiches o, mejor aun, de un buen mitógrafo creativo. A falta de material que explore esa relación de maestro y alumno en los años mozos del segundo, sí que contamos con pruebas fehacientes de las colaboraciones de ambos, que ya se han pasado por este blog en algún momento. Esta vez, fue la intercesión de Pursuivant la que llevó a su joven amigo hasta una propiedad azotada por la furia de la naturaleza.
Willow He Walk (World Fantasy 1983: Sixty Years of Weird Tales, 1983) es otro típico exponente del terror y el fantástico en el que nos topamos con buenas dosis de folklore y de tensión ante una amenaza atípica, proveniente de un sauce furibundo con el último heredero de una finca familiar. Hay varios elementos narrativos cuyo trasfondo apenas se exploran para dar más espacio a la tensión y a las actuaciones del experto en lo oculto. Elementos que están presentes para quienes tienen el ojo entrenado en estas lides, y que un buen narrador puede introducir, siquiera en dosis pequeñas pero palpables. Entre otros, podemos vislumbrar la importancia del respeto al legado, el poder de la sugestión o las barreras que solo un amor verdadero pueden derribar. ¿Pero qué tenía que ver Lee Cobbett con todo esto?
Durante generaciones, la familia de Roy Binns había habitado una extensa propiedad cercana a una de las tantas carreteras comarcales presentes a lo largo y ancho de Estados Unidos. Unos lugares recónditos, sin duda. A veces, hasta para alguien acostumbrado a convivir con el silencio y la tranquilidad. No sabemos cuánto tiempo debió conducir el afamado experto en lo sobrenatural para llegar hasta la citada propiedad, pero una vez lo hizo, se vio inmerso en un misterio del que en un primer momento desconfió. Demasiada quietud, quizás.
Roy Binns no era el típico lugareño de algún que otro estado de la llamada América Profunda. De hecho, resultó ser alguien inusualmente despierto e ilustrado en saberes poco comunes. Puede que fuese fruto de su espinosa situación personal, pero había tenido tiempo de hacer sus propias pesquisas respecto a lo que sucedía alrededor de su casa. Aquello había empezado poco tiempo antes, cuando decidió cortar cierto sauce que causaba escalofríos a la que por aquel entonces era su pareja, una mujer llamada Trix. Ella había dejado atrás su anterior vida para compartirla con Roy, encontrando en aquel árbol en concreto a un vecino siniestro e indeseable. Fruto de su insistencia, Roy hizo algo que ninguno de sus antepasados se atrevió a hacer. Durante generaciones, la familia Binns respetó el suelto en el que se encontraba su morada. Pero esta aparente deshonra hacia un espíritu vegetal propiciaría que el jardín que circundaba la finca se revolviese contra su dueño y ahuyentase a su amada.
Lee Cobbett se trató del último recurso al que acudir, ya que Pursuivant no estaba disponible en aquellas fechas. Pese a los ruegos de Binns, la ayuda del juez se antojó imposible. A la luz de los acontecimientos finales, quedó bastante claro que su participación al inicio de esta historia habría ahorrado muchos dolores de cabeza al resto de involucrados. Pero no nos adelantemos. Situémonos en el primer encuentro entre los dos hombres, mientras el dueño de la casa contaba los antecedentes del caso al recién llegado.
El modus operandi de aquella supuesta maldición siempre era el mismo. Durante las noches, una aparente tempestad azotaba la casa y la ponía en serio riesgo de derrumbe. Solo la llegada del alba hacía volver la situación a una aparente y tensa normalidad. Roy y Trix salían a comprobar los posibles daños, encontrándolo todo tal como estaba el día antes. Pero siempre había una salvedad: multitud de esquejes de nuevos sauces crecían de forma incontrolada alrededor de la casa. El epicentro de todo parecía estar en el tocón del viejo sauce, de corteza negra. Aquella pesadilla pudo con los nervios de Trix, que huyó de la casa. Roy, por su parte, se negaba a dejar la morada, esperanzado en que su amada se arrepintiera y decidiese regresar. Ella había logrado que quebrantase un juramento, pero no podía culparla por ello.
Cobbett, una vez puesto al día de todo lo anterior, puso en duda la naturaleza malvada del sauce. Ni siquiera el hecho de que uno de sus tobillos quedase enredado por un tallo lleno de hojas provenientes de aquel tocón cambió su opinión al respecto.
“Ya le he dicho que no creo en los sauces como representaciones activas de la maldad. Más bien representan la tristeza. Shakespeare hizo referencia al sauce en dos poemas muy tristes, en Otelo y en El Mercader de Venecia. […] No obstante, lo que tiene usted ahí afuera da escalofríos y tiene un aspecto muy amenazante.”
Pese a su sano escepticismo, lo mejor era que Cobbett acompañase a Roy aquella noche. Mientras ambos cenaban, debatieron sobre la posible identidad del causante de aquellos ataques. Desde espíritus arbóreos hasta lo que Binns llamaba “creencias de salvajes”. El experto explicó que muchos pensadores clásicos creían y hablaban sobre el Anima Mundi, precepto que defendía la presencia de alma propia en todos los seres vivos, incluidas las plantas. ¿Aquel sauce era un alma en pena que causaba un poltergeist?
En plena noche, los brotes de sauce cabecearon de forma violenta y se acercaron a la casa. Asombrado ante tal panorama, Lee hizo acopio de los pocos materiales que trajo consigo y se lanzó a preparar un par de conjuros, extraídos de un volumen llamado El amigo perdido, escrito por un tal Johann Georg Hohman. Uno de los conjuros debía ser escrito, mientras el otro tenía que ser recitado. La sola mención de ese libro hizo que Roy temblase. Las malas lenguas decían que fue usado por brujos en cierto caso acaecido en el estado de Pennsylvania. Por desgracia, soy totalmente ajeno a la posible historia tras ese escritor y su obra. ¿Quién sabe? Puede que el futuro depare sorpresas.
Lo importante ahora es que las artes de Cobbett surtieron efecto. La casa parecía aguantar el tipo mejor que en ocasiones anteriores. Sin embargo, el azote vegetal no frenaba, por lo que decidió dar un paso adelante y echar un vistazo fuera. Llegó hasta el viejo tocón, que había crecido y se retorcía de forma frenética. De alguna forma insana e incomprensible, había vida donde debía haber muerte. El hombre murmuró viejas fórmulas con las que trató de clamar la furia del sauce. Mientras lo hacía, pudo ver que algo “caminaba” a lo lejos. Algo se movía en el fondo del escenario. ¿Qué era aquella visión? No era fácil de definir, así que quedémonos con que era el ensueño de un árbol. El fantasma de un sauce.
Solo restaba sobrevivir a la noche a toda costa. El amigo perdido contaba con las palabras necesarias para aplacar aquellos ataques, que se habían vuelto especialmente violentos cuando la verdad fue descubierta. Las horas transcurrieron muy despacio, pero el nuevo día llegó. Y, con él, el ansiado regreso de Trix. Ella jamás abandonó a Roy, sino que acudió hasta el juez Pursuivant, al que buscó primero en su Bucklin natal y al que finalmente localizó en unas charlas estatales. Él fue quien brindó la solución a todo aquel entuerto. Ambos amantes debían ofrecer sus disculpas sinceras a aquel sauce.
“Vino – dijo –, y miel. La miel es para la expiación, me explicó, y el vino es para la amistad. Y me enseñó el hechizo para unirlo todo. Debemos recitarlo juntos, Roy. Ahora, arrodíllate.”
Félix Ruiz H.

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