La sombra menguante del demonio, de Juza Unno (1933)


 

Corría el año 1931 cuando el escritor todoterreno Juza Unno creó la contrapartida nipona del detective británico más famoso de la historia. No lo hizo para copiar su físico ni su metodología, pero sí que tomó su nombre de manera casi literal. De esta forma, Soroku Homura se convirtió en protagonista recurrente de varias novelas y unos cuantos relatos. Hoy vamos a revisar uno de sus primeros casos: el de la casa del astrónomo Tanimura, tomada por unos seres invisibles.

Me hice con un ejemplar de Pesadillas electromagnéticas de la ciencia ficción japonesa a finales de 2022, poco después de su lanzamiento. Esa antología corrió a cargo de Satori Ediciones, que puso a Daniel Aguilar al frente de una tarea hasta entonces inédita en España: la de dar a conocer algunos de los relatos más destacados del denominado como “padre de la ciencia ficción nipona”. No se trataba de una tarea cualquiera, desde luego. Aguilar estuvo a la altura, haciendo una traducción impecable y redactando unos apéndices que introdujeron a los profanos a un autor prolífico y complejo. Precisamente, el apéndice titulado “¿Padre no hay más que Unno?” supone – al menos, hasta donde humildemente sé – la principal fuente de información sobre el influyente autor que existe en nuestro idioma. De ahí he extraído la información de los siguientes párrafos, que cumplen la tarea de presentar a la este coloso de la ciencia ficción de la tierra del sol naciente.

Ya en 2016, Aguilar fue la primera persona que tradujo a Unno en una lengua extranjera en Destellos de Luna. Pioneros de la ciencia ficción japonesa. Continuó con ese trabajo en 2018 al traducir otro relato de Unno al libro conjunto Eroguro. Horror y erotismo en la cultura popular japonesa. Luego llegaría el tomo que reunió doce relatos escritos entre 1928 y 1939, periodo tras el cual el escritor natural de la isla de Shikoku se lanzó a servir al estado japonés en sus campañas bélicas, que a la larga cambiarían su forma de escribir ficción y de plantear aquellos asuntos que tanto le habían obsesionado desde su niñez.

Shoichi Sano (diciembre de 1897 - mayo de 1949) se licenció como técnico electrónico en la Universidad de Waseda y fue empleado en un centro de investigación dependiente del Ministerio de Transmisiones nipón, lo que le otorgó un estatus parecido al de un funcionario. Mientras ejercía esa profesión, lanzó varios artículos académicos que sirvieron de avanzadilla para su próxima incursión en la escritura de ficción.

Su debut en dichas lides acaecería en 1927 con El testamento radiado, donde ya mostraba su preocupación por la energía nuclear y sus posibles usos. Aquel relato, sin embargo, no vería la luz hasta tiempo después. Su primer relato publicado fue El condensador destrozado. Su puesta de largo, aquel escrito que lo pondría en el mapa, llegaría con El insólito crimen de los baños eléctricos (1928), que aparece como primer exponente de la obra del autor en el libro de 2022.

Los primeros textos de Unno aparecieron en diversas revistas especializadas, siendo Shin Seinen (Nueva Juventud) la más importante de ellas. Usó diversos pseudónimos para poder publicar sin ningún tipo de cortapisas, a un ritmo vertiginoso. La mayoría de publicaciones se hacían por entregas, una costumbre muy extendida por entonces. Ambas circunstancias propiciaron que los lectores atentos fuesen capaces de detectar redundancias e inconsistencias en las historias de aquel joven en fulgurante ascenso. A pesar de ello, su nivel en general se mantuvo alto y estable. Logró que la ciencia ficción fuese vista como algo más que un producto simple para niños y jóvenes, lo que no le libró de furibundas críticas de algunos críticos especializados pero desconocedores de los conceptos que se manejaban en otros lares. Por ejemplo, se achacaba a Unno una flagrante falta de rigor científico debido a la laxitud con la que describía ciertos inventos o procesos. Se ve que los japoneses de esas décadas solo tenían en cuenta la ciencia ficción dura.

En su primera época ofreció relatos en los que combinaba la ciencia con un estilo a medio camino entre lo absurdo y lo satírico. Actualmente, esa combinación recibe el nombre de “psicotrónica”. Siendo el Eroguro un género tan de moda a primeros del siglo XX – Unno trabó amistad con el bueno de Rampo Edogawa, máximo exponente de ese tipo de literatura – era lógico que introdujese elementos afines al mismo en sus creaciones. Asimismo, exhibió una tendencia muy marcada hacia el horror corporal en general y las operaciones quirúrgicas en particular. Todo ello daría paso a una obsesión por la guerra y los bombardeos. Había una buena razón para ello.

Unno estaba convencido de que Japón podría ser invadido en cualquier momento y de que su sociedad no estaba preparada para afrontar con garantías los desafíos derivados de esa posible eventualidad. El futuro, como todos sabemos, acabaría dándole la razón. En esos esos años prebélicos se publicó la que es considerada su novela más importante e influyente para la siguiente generación de autores, Kasei Heidan (Tropas de Marte, 1939).

Continuó escribiendo hasta el mismo día en que la muerte le alcanzó. Era el mes de mayo de 1949, y Unno apenas había superado la cincuentena. Dejó dos novelas sin terminar, siendo una de ellas El muchacho atómico, germen de la obra más famosa de Osamu Tezuka, que nosotros conocemos como Astro Boy.

Podría dar muchos más detalles sobre la trayectoria vital de Unno, pero es mejor que los lectores se acerquen al apéndice escrito por Daniel Aguilar para la citada obra editada por Satori. Allí encontrarán todo lo que deben saber sobre el autor y sobre los doce relatos presentes en dicha antología. Ahora nos centraremos en La sombra menguante del demonio (1933).

A pesar de que es una aventura del ciclo del detective Soroku Homura, no es el licenciado en Ciencias el protagonista de dicha historia. Ese papel recayó en su hermano Tamio (o Tamiya, como es nombrado al final del relato por aquello de que aparecía por entregas y de que Unno escribía sin prestar mucha atención a los detalles), quien ejerció también el rol de narrador. La acción nos traslada hasta las montañas de Hakone, durante una noche que resultaría especialmente desconcertante. Unos seres desconocidos estaban a punto de hacer de las suyas en varios lugares, atentando contra la vida de autoridades y curiosos.

Los hermanos Homura se encontraban paseando bajo las estrellas cuando divisaron en lo alto algo que les hizo arquear las cejas: un hombre vestido con una bata blanca, que flotaba como un globo mecido por el viento. Aquella visión fue suficiente para despertar el interés científico de Soroku, que vio a una anciana salir de una casa cercana. La mujer estaba alterada, y no era para menos. La figura que surcaba los cielos era su marido, que previamente había sido atacado por demonios. O eso era lo que aseguraba la mujer, que era muy reticente a volver a la casa.

Tamio y Soroku se internaron en la casa del famoso astrónomo apellidado Tanimura, célebre por sus aportes al estudio de la Luna. Justo antes de esa primera incursión , Soroku pudo observar cierta sombra de comportamiento errático y antinatural en una ventana del piso superior del hogar. Una sombra menguante.

Mientras Tamio atendía a la señora Tanimura, el otro Homura investigaba la planta superior, ignorante de que su vida se encontraba en un peligro extremo. Sus repentinos gritos alertaron al joven narrador, que acudió a la carrera a los gritos de su hermano. Lo que vio fue algo extraordinario y espeluznante. Soroku se debatía entre la vida y la muerte en un lugar cercano al techo de la estancia, mientras parecía ser estrangulado por una figura invisible pero que ejercía una enorme presión sobre él. Solo la insistencia de Tamio y los múltiples libros lanzados contra el invisible agresor lograron que soltase a su presa. El asaltante atravesó la ventana de la estancia, dejando tras de sí cierto material que se antojaría fundamental para la resolución del caso. Soroku quedó inconsciente, y el narrador se lanzó a pedir ayuda a las autoridades.

No estaba seguro del éxito o fracaso de las llamas que acababa de hacer, pero un tercer incidente echó más leña al fuego de aquel lugar marcado por algo que no parecía responder a las leyes naturales. La señora Tanimura era acosada por una decena de figuras, todas ellas vestidas con ropas mal combinadas y pertenecientes al matrimonio. Ninguno de los seres presentaba rostros o miembros visibles. Todo parecía fruto de una charada demoníaca o fantasmal. Tamio corrió por su vida, saliendo de la casa a toda prisa.

Allá fuera, las sirenas y luces anunciaron la esperada llegada de un buen número de policías, liderados por el inspector Shiroki. Una veintena de agentes se lanzaron al reconocimiento y asalto del lugar, pero pronto cayeron en la cuenta de que no tenían control alguno de la situación. Fueron vapuleados por la amenaza invisible, que salió en tropel de la casa y obligó al destacamento a rendirse y reagruparse. Uno de ellos desapareció por los aires, tal como había ocurrido anteriormente con el astrónomo Tanimura.

Un médico acudió a la casa, ayudando a Soroku a recomponerse. Tamio le puso al día de los recientes acontecimientos, divagando sobre la posibilidad de que todo fuese culpa de difusas fuerzas espectrales. Un extremo que su hermano no se atrevió a refutar en un primer momento, a pesar de ser conocedor de que la luz lunar permitía atisbar las siluetas de unos seres que no se parecían a nada que hubiese visto alguna vez.

Un aviso por radio hizo sabedores a todo el grupo que la vecina ciudad de Odawara estaba siendo atacada por aquellas figuras invisibles. Entre todos pergeñaron un plan para tratar de atrapar a los seres en un túnel ferroviario. Pero Soroku Homura, una vez supo de la existencia de los filamentos encontrados por Tamio y haciéndose eco de ciertas habladurías compartidas por el médico que le atendió antes, hizo mutis por el foro para investigar por su cuenta. Puede que la clave de todo estuviese en el primer lugar de los hechos, la casa de Tanimura. Allí, entre las cosas del astrónomo, encontró ciertos documentos y un tomo encuadernado titulado Estudios sobre la vida en la Luna. Fue así como leyó sobre las “luna-ameba”, selenitas que habían cruzado el vacío cósmico que separaba el satélite de la Tierra.

En el mundo lunar existe una especie de seres vivos, pero resulta muy difícil de percibir porque su cuerpo es prácticamente invisible al ojo humano. Se trata de criaturas sin una forma concreta. De la misma manera que el agua, igual se deslizan hacia allí que emergen hacia acá, adoptando la morfología que deseen. Son seres vivos en estado líquido.

No eran esas las únicas revelaciones contenidas en las investigaciones de Tanimura, aunque el motivo último de la visita de dichos seres a nuestro mundo era un misterio. Según el astrónomo, puede que todo respondiese al miedo de que fuese la humanidad la primera especie en visitar la Luna. Aunque todo quedó en mera especulación.

Mientras todo esto ocurría, Tamio y las autoridades continuaron adelante con el plan preestablecido sin saber que Soroku se las ingeniaría para atrapar a una de aquellas criaturas. La casa del astrónomo daría amparo a un experimento sin precedentes y a un contacto sin igual. Gracias a los esfuerzos de todos los implicados, aquellas “lunas-amebas” serían observadas en todo su grotesco esplendor. Un ejercicio que, por cierto, no podría repetirse más.

Soroku Homura viviría muchas otras aventuras sorprendentes, pero aquellos avistamientos en las montañas de Hakone serían muy difíciles de superar. ¿Hay algo más impactante que un cara a cara con unos selenitas? Habrá que esperar para comprobarlo…

Félix Ruiz H.


Ficha de Juza Unno en The Internet Speculative Fiction Database

Ficha de Pesadillas electromagnéticas de la ciencia ficción japonesa en Satori Ediciones

 

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