Un fausto montañés

La labor de la Asociación Cultural Etnocant ha sido encomiable desde su fundación. A su trabajo de recopilación y archivo de patrimonio inmaterial en forma de archivos sonoros en los que se hace referencia a diversas formas de manifestaciones populares, hay que añadir una buena cantidad de tomos de investigación etnográfica, bien sean propios o de personas ajenas. Ese último es el caso de Leyendas del Valle de Soba, obra del licenciado en medicina Miguel Ángel Sáiz Antomil (1899-1976) que fue publicada originalmente en 1951. En ella, el interesado en materias tan interesantes como la psicología, la historia, la etnología y el folclore recogió costumbres y tradiciones de Soba, comarca cántabra que le declaró hijo adoptivo en agradecimiento.

La tradición oral está en peligro de extinción. No es solo una sentencia alarmista, sino que nace de una firme convicción, fruto de años de reflexión y conversaciones al respecto con algunos interesados y estudiosos de la misma. Las historias que se contaban a la luz del fuego, bajo las estrellas, antes de dormir o en reuniones de familiares o amigos ya no son lo que eran. La generación conocida como Millenial – de la que formo parte – es la última que pasó su infancia sin la omnipresencia de Internet en su vida desde el primer momento, con todos los pros y contras que se puedan esgrimir al respecto. No vamos a tratar aquí de romantizar tiempos pasados, pero sí que creo necesario indicar que estamos ante una forma de entender la vida que ya no volverá jamás. Entre otras cosas, por el desarrollo tecnológico y la inmediatez con que los estímulos llegan a las mentes infantiles (y adultas).

En un presente en que casi toda la información llega hasta nosotros a través de pantallas, en dosis pequeñas y constantes, y con la intervención de informantes que no tienen por qué ser humanos, aferrarnos a la posible pervivencia de la transmisión oral es poco menos que utópico. Los algoritmos y las inteligencias artificiales filtran todo lo que llega hasta cada persona cuando hace uso de una pantalla, sea del tipo que sea. Su poder es tal que ya tienen la capacidad de tergiversar o reescribir el pasado bajo intereses particulares y calculados. Un peligro del que nadie está exento, y que también tiene como foco cualquier manifestación de cultural compartida, llámese canción infantil, cuento popular, mito o villancico, solo por nombrar algunos. Lo que antes era labor de las generaciones más mayores ahora recae en canales de cualquier plataforma digital. La cohesión social, la memoria colectiva o el sentimiento de pertenencia son ahora conceptos en desuso y que deben servir para etiquetarnos bajo criterios políticos muy divisivos. La creación o el refuerzo de lazos sociales a través de manifestaciones culturales como las antes mencionada son casi un acto de rebeldía en estos momentos, al igual que el hecho de sentarse juntos en un espacio y hablar sin que haya por medio un dispositivo móvil que nos distraiga. Se podría exponer sobre todo esto ad infinitum, pero no quiero barnizar estos párrafos con la negatividad que me invade en estos momentos sino resaltar que aun queda gente ahí fuera que se empeña en mantener viva la esperanza para todo ese patrimonio.

Tuve el privilegio de colaborar con Etnocant en uno de los números de su revista Aguanaz, publicación donde se arroja una mirada critica al mundo de las creencias mágicas que abarcan desde las supersticiones hasta las liturgias religiosas. Un amplio espectro en el que cupo un extenso texto sobre la figura y la obra del polémico y genial médico Franz Anton Mesmer. Aquellos que estéis interesados en la labor de la asociación podéis escuchar el programa Cantabria Oculta, donde Alberto M. Beivide y Antonio Gutiérrez-Rivas comparten sus investigaciones y entrevistan a colaboradores, estudiosos y testigos de casos afines al folclore o las anomalías tanto de dentro como de fuera de Cantabria. Asimismo, debéis saber que Etnocant colabora con entidades académicas para recuperar todos esos conocimientos tradicionales y hacer que lleguen a las nuevas generaciones.

Ellos, con su labor incesante, se unen a grandes nombres de la divulgación etnográfica de la región cántabra como Jesús García Preciado, Manuel Llano o el propio Miguel Ángel Sáiz Antomil, cuyo volumen fue reeditado en 2020, a partir de una edición lanzada por la editorial Las Antorchas de Madrid en 1951.

Leyendas del Valle de Soba conserva la presentación de la edición original, obra del folklorista y paremiólogo Luis Martínez Kleiser, además de un prólogo a cargo de Beivide y de un par de leyendas que el autor no incluyó en el volumen de los años cincuenta por haberlas conocido después de su lanzamiento. De una forma u otra, todos los relatos estuvieron presentes en la prensa local cántabra, en cabeceras como Alerta o Diario Montañés.

Los principales informantes de Antomil fueron sus familiares y los vecinos de la zona de Soba, a quienes animaba a compartir sus historias mientras seguía ejerciendo su labor de médico. La afición del autor por la etnografía no fue plasmada en una obra extensa, aunque estuviese respaldada por sus envidiables conocimientos sobre la materia o por una biblioteca que constaba de más de ocho mil libros, como se puede leer en el prólogo. ¡Quién tuviera tanto dinero y espacio para albergar tal colección!


La leyenda que voy a reproducir a continuación juega con elementos arquetípicos de sobra conocidos: el amor no correspondido, el descenso a las profundidades, el hechizo o maldición, la magia como elemento oscuro o la participación de un agente sobrenatural. Pero el elemento más reconocible de la misma es la tradición de Juliana de Nicomedia o Santa Juliana, patrona de Santillana del Mar que fue decapitada en febrero del año 304 tras incontables torturas a la corta edad de dieciocho años.

En tiempos del emperador romano Diocleciano, que ordenó la masacre de miles de cristianos, la muchacha nacida en Nicomedia, en Bitinia (Turquía), se convirtió en una de sus víctimas más célebres. Su padre, de nombre Africano, era un funcionario romano que encolerizó tras enterarse de que su hija habia abrazado aquel movimiento religioso que se extendió un par de siglos atrás. Ante sus muestras de rebeldía, Africano prometió a la joven con un senador como intento de que la chica volviera al redil. Esta, lejos de amilanarse, puso condiciones a sabiendas de que eran casi imposibles de conseguir, pero que el senador cumplió. Estando entre la espada y la pared, Juliana impuso un último requisito a su futuro esposo: que se bautizara. El castigo ante tal atrevimiento fue la cárcel.

Allí, lejos de renegar de su fe, Juliana aguantó lo inaguantable. Incluso se sobrepuso a las visitas de un supuesto ángel que pretendía hacerle creer que Cristo perdonaría su debilidad si es que daba su brazo a torcer para poner fin a su sufrimiento. Juliana reconoció en ese ángel al Diablo, agarrándole a continuación por el cuello y sujetándolo con sus propias cadenas. Ese es el motivo por el suele ser representada con un diablo alado atado a sus pies con las cadenas. Con todo, es una de las leyendas favoritas de la Iglesia medieval. Santa Juliana también aparece representada en un caldero, batallando contra un dragón o guiando a Satanás encadenado. Su nombre es invocado para ahuyentar las enfermedades contagiosas.

La martirología romana aduce que las penurias de Juliana se produjeron en Nicomedia, pero se cree que murió en Nápoles, ciudad donde sus reliquias son veneradas. Según Beda el Venerable, San Gregorio el Magno solicitó sus reliquias al Obispo Fortunato de Nápoles para un oratorio que una cristiana rica construyó en honor a Santa Juliana y otros santos en la italiana localidad de Campania. Por otra parte, existe otra creencia que sostiene que su lugar de reposo eterno es Santillana del Mar, en la que hay una abadía (colegiata) con más de mil años de antigüedad. Sea de una u otra forma, la leyenda recopilada por Antomil se hizo eco de esta última posibilidad. Dejemos constancia de esta historia para aquellos que la desconozcan y encuentren estos párrafos, esperando que los amigos de Etnocant no lo tomen como una apropiación indebida.

Si escuchas el silencio

del bosque en calma,

todo en él es suspiro

de su gran alma…

Antes de que se pierda entre las nieblas del pasado, he aquí esta leyenda maravillosa, cuya génesis coincide con los orígenes fabulosos del Valle. El nombre del héroe se esfumó de la mente de los viejos, depositarios tradicionales de arcanos cronicones.

Se sabe que era un hidalgo de hacia la Gándara, dedicado por excepción de aquel tiempo al estudio y la meditación de todas las ciencias en viejos infolios, y así huyó su juventud. Este afán desordenado de conocimiento le llevó al vértigo de las artes mágicas.

En estas circunstancias trágicas, en que su inteligencia se debatía agónicamente en sus eternas incógnitas, se sintió herido por las dulces y embrujadas flechas del amor… Fue un deslumbramiento de lo más profundo de su ser, hecho por ingenua mirada de la mujer que tanta trascendencia había de tener en su vida.

Y su amor radiante fue como un fúlgido meteoro al que siguió morbosa obsesión… Sin embargo, la bella se mostró hermética e inaccesible. Ante tal fracaso sentimental, sufrió una reacción alucinante: dio en deambular por la soledad de los bosques, lanzando al aire los lamentos de su alma atormentada.

Paso el tiempo. Una noche, andando, llegó a un monte sombrío, más allá del pueblo de Sangas, y allí se hundió en tenebrosa caverna. Mas antes, como flecha lanzada hacia la esfinge amada, dijo mientras una lágrima rodaba por su faz:

  • - ¡Te adoré viva, pero tú me amarás después de muerta!

Y desapareció bajo la tierra.

Lentamente, pero de un modo fatal, fue trocándose el frío del alma de la hermosa indiferente en fuego devorador. ¿Cómo se realizó tal milagro? ¿Qué influencias actuaron en el acontecer de tal transmutación? Se buscó al hidalgo inútilmente a ruego de la dama; pero si acertaban con horror a explorar la caverna maldita, no hallaban en ella nada… Clamó por él a Dios en las cámaras de su palacio hasta morir y en los bosques solitarios y rumorosos. Y pasaron los años. Se acrecentaron temerosos los relatos de aparecidos. En ocasiones se vislumbraba de lejos a la entrada de la caverna, la figura venerable de un anciano de cabellos níveos y luengos, con su barba florecida. Estudiaba perenne el solitario los fenómenos de la Naturaleza, y así, por artes malditas, dio cuerpo ficticio a su amada, ya muerta tiempo ha… y con ella, vivió unos amores de ultratumba demoníacos. Pero había un alma pura, una virgen escondida en los místicos claustros de cercano monasterio, que amando desde siempre al desorientado caballero, fue su brújula para su salvación eterna. Y en un sueño, la santa de su nombre – Juliana – le prometió luchar y vencer a los entes del abismo y salvar par Dios aquellas dos almas sumergidas en la locura del infierno.

Cierta noche, apareció una milagrosa cruz luminosa, asentada sobre la gigantesca proa rocosa, como signo de paz y victoria. Y una mujer divina, circundada de claridad deslumbrante – Santa Juliana –, salió de la cueva arrastrando tras sí, encadenado, a un monstruo espantoso, desapareciendo ambos en el río inmediato. Y en la mano derecha de la santa brillaban dos esmeraldas que se elevaron lentamente hasta confundirse en lo alto, como dos estrellas. Las dos almas salvadas. Reproducción de un milagro que la santa hizo hace muchos años, según refiere La leyenda dorada, de J. de la Vorágine.

En el fondo de la cueva fue hallado el cadáver de un ermitaño casi centenario, sonriente y abrazado a una cruz y a una rosa, que aún lanzaban destellos fosforescentes, y allí mismo fue enterrado. ¿Quién pudiera pensar que fuese el antiguo caballero?

Así terminaron en aquel lugar los fenómenos de espanto y misterio, cuyos restos guarda la tradición. Para que tan extraño milagro no cayese en la sima del olvido, fue erigida sobre el vértice de la proa monolítica, primero humilde ermita y más tarde, creado ya el pueblo actual, una hermosa iglesia. Se llamó Santa Illana, y hoy Santayana, formas primitivas o deformadas del nombre de la santa.

Hace años existía en un rincón de la sacristía un cuadro al óleo, toscamente pintado y mal conservado, reproduciendo, al parecer, la escena del dragón. ¿Qué habrá sido de él?

Y… ya no sé más.

Félix Ruiz H.


Imagen de cabecera: Santa Juliana y un demonio. Codex Bodmer 127 044v. Las otras dos han sido tomadas por el autor del tomo de Leyendas del Valle de Soba.




 

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