La Bestia de Averoigne


 

Los cielos están poblados de seres cuyo conocimiento comporta la locura; entre la Tierra y la Luna, y aun por las galaxias más alejadas, transitan extrañas abominaciones. Nos han visitado seres innombrables y, no os quepa duda, volverán a visitarnos. Y el mal de las estrellas no es como el mal que gobierna la Tierra.


Klarkash-ton podría ser, sin duda, uno de los autores con más talento de cuantos desfilaron por las páginas de Weird Tales. Smith, que jamás fue al instituto, contaba con una memoria fotográfica prodigiosa que le hizo capaz de almacenar conocimientos de forma envidiable. Pese a las circunstancias en las que se desarrollaron su infancia y adolescencia, se convirtió en un artista multidisciplinar, un demiurgo que hizo méritos en la poesía, la escultura, la pintura y, por supuesto, en la escritura de cuentos. De su imaginación surgió la ficticia región de Averoigne, sitiada por multitud de amenazas de toda procedencia e índole. Entre ellas se encontraba la Bestia estelar que se llevó por delante muchas vidas durante el verano de 1369 y que solo pudo ser abatida por un demonio primordial.

El ciclo de Averoigne es desconocido por mí hasta el momento, aunque me he informado de forma suficiente sobre él como para saber que tengo que leer las historias que lo componen en cuanto tenga la posibilidad. Desarrollado en una provincia irreal de la Francia medieval – basada en Auverne – y trufado de criatura sobrenaturales, este ciclo está formado por doce cuentos y varios fragmentos inacabados. Algunos de ellos quedaron inacabados, lo que no debería impedir su disfrute. Hogar de los también inventados Averones, fue un emplazamiento en el que los antiguos cultos druídicos y romanos quisieron ser sustituidos por el consabido monoteísmo cristiano. Algo que no terminaba de ocurrir, tal como se desprende de las distintas crónicas medievales escritas por Clark Ashton Smith. Además de las mencionadas monstruosidades y divinidades, otros grupos de poder ocultos esperaban su momento para resurgir y cambiar el statu quo. Un caldo de cultivo con amplias posibilidades.

Hay varias opciones para leer dichos relatos en español. Solo mencionaré un par de ellas. La más atractiva vuelve a correr a cargo de Valdemar, que en el número 123 de la Colección Gótica compiló buena parte del las crónicas de Averoigne (junto a los relatos y poemas pertenecientes al ciclo atlante de Poseidonis) en Cuentos de Averoigne. Poseidonis/Poemas en prosa. Igualmente, los lectores que busquen ediciones antiguas y más asequibles económicamente hablando tienen a su disposición Averoigne (2003), de Río Henares Producciones Gráficas - Pulp Ediciones, con un prólogo de José Miguel Pallarés y dieciséis piezas. Por la parte que me toca, he encontrado el relato que estoy a punto de desarrollar en El Ceremonial, antología que ya mencioné en el anterior post sobre La última fiesta de Arlequín de Thomas Ligotti. Hechos los pertinentes apuntes, vayamos al grano y conozcamos juntos el contenido de las tres crónicas escritas por testigos del caso de la monstruosidad celestial que tuvo en jaque a varias comunidades de la citada provincia francesa.

Originalmente aparecido en el número de mayo de 1933 de Weird Tales, La Bestia de Averoigne (The Beast of Averoigne), el relato nos presenta diversos relatos escritos en primera persona por tres personajes distintos, cuyos caminos se cruzaron con el de la terrorífica criatura de una u otra forma. En fechas cercanas al comienzo del verano del año 1369, un cometa rojizo se hizo presente en los cielos nocturnos. Un hecho que, lejos de ser una simple curiosidad, coincidió exactamente con los primeros avistamientos de un animal diferente a todo lo que vivía en el mundo conocido.

Siguiendo la línea de los acontecimientos, nuestra primera parada se encuentra en la abadía benedictina de Périgon, donde el monje Gérôme se convirtió en la primera alma humana en contemplar al ser en toda su inenarrable esencia. Tras cumplir un encargo de su abad, el hermano Théophile, y entretenerse en quehaceres más mundanos, el monje regresaba a toda prisa a través de los bosques colindantes a la abadía rogando por no recibir represalias tras perderse la misa vespertina. El día se desvanecía a pasos agigantados, y Gérôme sentía un temor reverencial que era incapaz de explicar. La razón estaba a a punto de presentarse ante él, precedida por un juego de luces aparentemente voladoras que iban desde el verde hasta el rojo sangre.

Así, con un terror inefable, contemplé a la criatura de la que pendía la luz flotante como un nimbo infernal y que revelaba tenuemente una negra abominación con una cabeza y miembros que no pertenecían a ninguna criatura creada por Dios. El horror permaneció erecto, poseía la estatura de un hombre alto, se movía con el balanceo de una gran serpiente y sus miembros ondeaban lacios como si no tuvieran huesos. La cabeza redonda y negra, donde no se distinguían ni orejas ni cabello, sobresalía hacia delante sobre un cuello largo como una serpiente. Dos ojos pequeños, sin párpados y brillantes como ascuas del brasero de un mago estaban colocados bajos y muy juntos en el rostro sin nariz, sobre unos brillantes dientes serrados como los de un murciélago.



De forma milagrosa, el monje salió indemne del encuentro con aquella silenciosa y rápida abominación, que en otras circunstancias o momentos habría sido irremediablemente funesto. Llegado a Périgon, compartió su experiencia con el hermano portero, que pensaba que Gérôme se había tomado algunas copas de más en la vecina localidad de Ste. Zénobie. A la mañana siguiente, el abad Théophile hizo llamar al inesperado testigo, solo para hacerle cumplir con una penitencia consistente en un encierro de un par de días, sin posibilidad de comunicarse con el resto de miembros de la abadía. Mientras aquello ocurría, sin embargo, el oscuro emisario del cometa rojo empezó a segar vidas.

Fueron los propios monjes quienes dieron con el primer animal muerto. El primero de muchos, se ha de decir. Lejos de devorar sus carne, la criatura comenzó a exhibir un modus operandi que repetiría hasta su eventual muerte: rajaba la espalda de sus presas, dejando expuestas sus columnas vertebrales par absorber el tuétano de dicha zona. Los rumores empezaron a correr como la pólvora por todo Averoigne mientras muchos visitantes de la abadía narraban sus propios avistamientos y el hallazgo de más animales asesinados de igual forma. El cometa se hacía más grande a su paso por los cielos, y la ya llamada Bestia decidió cambiar de víctimas.

Tras los animales, llegaron las personas recientemente enterradas. Con ellas hubo un ensañamiento mucho mayor que el observado hasta entonces. Estos eran desollados desde la coronilla hasta los talones, como si el monstruo estuviera furibundo tras un bocado que se antojaba insuficiente y repugnante. El siguiente paso lógico fue acechar y asesinar a personas vivas. Un par de carboneros residentes a un escaso kilómetro de la abadía de Périgon fueron los primeros de la siguiente cincuentena de víctimas en un radio de varios kilómetros a la redonda del hogar de los monjes.

El abad Théophile comenzó a obsesionarse por el caso, rogando al hermano Gérôme que compartiese cuanto detalle recordase de su primer encuentro con la aberración. El abad estaba seguro de que esa criatura debía haber sido enviada desde el Infierno, por lo que sería responsabilidad de los monjes encontrar su guarida y exorcizarlo con sus cruces y con agua bendita. Por desgracia, las distintas expediciones y partidas de búsqueda en los bosques de los alrededores no arrojaron resultado alguno. El mes de junio avanzaba, y el mal se extendía mientras Théophile empezaba a mostrar síntomas de un creciente cansancio.

Fue el propio abad quien retomó el hilo de los acontecimientos al escribir una misiva a su hermana Therèse, quien residía en la abadía de Ximes. Théophile narró el terrible ataque que la criatura perpetró dentro de los muros de Périgon, al amparo de la oscuridad y con total impunidad. Asesinó de forma cruel a uno de los monjes en el dormitorio común sin que nadie se percatase hasta el amanecer. Aquella incursión fue solo la primera de varias. Ninguna medida disuasoria parecía poder frenar el voraz apetito de la Bestia, avistada en distintos rincones de la abadía. Campaba a sus anchas, no había duda. Lo peor de todo es que esa información llegó más allá de los muros de Périgon y los pobladores de las localidades vecinas cuchicheaban y teorizaban sobre el posible origen de ese mal y su relación con las actividades de la abadía.

Théophile comenzó a recluirse en su celda, situada en el segundo piso del edificio. Siempre dejaba la ventana abierta, a pesar de las advertencias de sus hermanos. Cada vez más demacrado, el abad confesó a su hermana que creía estar hechizado, pues caía inerte todas las noches. El amanecer llegaba siempre entre nubes borrosas de recuerdos confusos y preguntas sin respuesta. Unos síntomas que no compartió con nadie, pues era consciente de que era el único miembro de la comunidad que no se había tropezado con el asaltante. ¿Qué pecado había cometido para ser castigado de esa manera?

Tiempos desesperados requerían de medidas desesperadas. Llegado el mes de agosto, las incursiones en Périgon, Ximes, Ste. Zénobie y La Frênaie hacían desesperar a la autoridades eclesiásticas y políticas, impotentes ante la oleada de muerte. Por ello, el comisario de Ximes y el abad Théophile recurrieron a alguien de dudosa reputación, un estudioso y practicante de las artes oscuras que respondía al nombre de Luc le Chaudronnier, residente de Ximes. Él sería el último cronista de tan curioso episodio.

La Bestia era del interés de le Chaudronnier, que dudaba de las hipótesis barajadas por las gentes del lugar. Él sabía de buena tinta que el monstruo no procedía de ninguna gruta oculta ni de ningún rincón infernal como los cacareados por los cristianos. Este punto fue confirmado por los demonios familiares a los que consultó. Por el contrario, se trataba de un ser que procedía de las estrellas, extremo que le fue revelado por un ser muy especial.

Por herencia familiar, el hechicero contaba con una reliquia llamada “el anillo de Eibon”. Se decía que esta joya procedía de la perdida Hiperbórea y que estaba hecha de un oro más rojo que cualquier otro. El anillo llevaba engarzada una enorme piedra preciosa de color morado. En su interior moraba un demonio primigenio que permanecía cautivo desde hacía eones, pero que respondía a las preguntas de los propietarios del anillo.

Interrogado sobre la naturaleza de la Bestia, el demonio del anillo de Eibon señaló que la misma pertenecía a una raza de entidades que no visitaba la Tierra desde la fundación de la Atlántida. Invisible e intangible para los humamos, solo podía materializarse en la forma monstruosa definida por el monje Gérôme. A pesar de las creencias supersticiosas de las gentes de Averoigne, que rezaban para que el cometa abandonase los cielos y se llevase consigo a aquella plaga mortal, sí que había una forma más rápida de acabar con el ser. Luc le Chaudronnier debía seguir los consejos del demonio y tenerlo todo listo para cuando llegase el momento indicado.

Con la ayuda de un par de soldados discretos y libres de temor, el hechicero vigiló las puertas de la abadía de Périgon, sabedor de que la Bestia acabaría por retornar allí durante las horas cercanas al amanecer. La ventada del abad Théophile seguía abierta, aunque la luz de su vela se había extinguido con la llegada de la medianoche. De forma súbita, el enemigo atacó a uno de los guardias, que solo se libró de la muerte gracias a la mediación de Luc, que hizo lo que el demonio del anillo le pidió. Haciendo uso de un martillo, el ocultista rompió la joya, liberando al contendiente definitivo.

Mis acompañantes y yo contemplamos aquellos prodigios sólo por un instante: el genio ígneo siguió agrediendo a lo que un momento antes había sido la temible Bestia. Su rostro volvió a fundirse en una tonalidad oscura como de cera quemada y se elevó una gran columna de humo, acompañada del hedor propio de carne quemada y putrefacta. Y entre la gran columna de humo, por encima de la sibilante voz del genio, percibimos el único grito que emitió Théophile. Enseguida el humo aumentó su espesor y ocultó tanto al atacante como a su víctima; las llamas de un fuego reavivado fueron el único sonido que se percibió a continuación.

La amenaza se disipó. Conscientes de la verdad que se había llevado por delante tantas almas – incluida la de la hermana Therèse –, los testigos de la contienda juraron guardar silencio y proteger el honor del abad Théophile, convertido en un mártir de aquel aciago verano, que acabó con la desaparición del cometa rojo de aquellos cielos. Sin embargo, el objeto celeste continuó con su periplo, dando lugar a otras leyendas que Luc le Chaudronnier omitió de su relato, que sería escondido en un cofre y enterrado en algún lugar de su residencia, donde reposaría durante muchos años sin que nadie tuviese acceso a la verdad.


Félix Ruiz H.





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