El toque del diablo
“El mal. Está condenado a hacerlo. Pero no sabe lo que es. No lo comprende. Ha sido expulsado del cielo, pero su naturaleza no le permite comprenderlo. Por eso no tiene paz…”
Este asistente sigue con su tarea, lenta pero continuada, de leer todo cuanto se ha editado en español sobre el detective de la pesadilla. Azote de los casos extraños y sin fácil solución. Dylan Dog se ha topado de forma constante con desafíos que iban contra la lógica. Esto se aplica tanto a los casos más mundanos como a los que se mueven sin ambages en el ámbito de lo sobrenatural, como es el que traigo a los lectores en esta entrada. ¿Cómo definiríais, si no, a una disputa entre un ángel caído y un demonio expulsado del averno?
Lo cierto es que no pretendía escribir sobre esta historia hasta mucho más adelante, pero ha habido varios factores que me han llevado a adelantar mis planes. Algo, por cierto, que tampoco es demasiado complicado, ya que suelo escribir más por impulso que por premeditación. Hay muchas historias anteriores de la serie principal del personaje de la casa Bonelli que merecerían un somero repaso antes que este número 221 (febrero de 2005), pero un par de lecturas consecutivas de la historieta me han convencido.
He de deciros, queridos lectores, que este cómic se haya compilado en un volumen junto a los dos números inmediatamente anteriores en Competencia desleal, editado por Aleta Ediciones en 2012. Cada uno de esos tres números tiene guionista y dibujante diferentes respecto a los demás, pero uno de ellos ha sido una grata sorpresa para mí. Se trata de Fabio Celoni (septiembre de 1971), quien ha colaborado con Disney desde principios de la década de los noventa. Entre sus trabajos para la casa del ratón se cuentan Topolino (Mickey Mouse) y, posteriormente, en muchos otros cómics y libros de Disney como dibujante, guionista y portadista. Fue el ilustrador oficial de las portadas de Paperinik – parodia del famoso villano italiano Diabolik protagonizada por Paperinik, alter ego del Pato Donald (Paperino en Italia), que se tradujo como Súper Pato en latinoamérica y Patomas en España, por semejanza con Fantomas – durante varios años. En el año 2000, se unió al equipo de Dylan Dog (Sergio Bonelli Editore) y posteriormente colaboró con Dampyr y Brad Barron, cabecera para la que creó el personaje principal y las portadas. Es un pequeño resumen de su trayectoria, en el que queda patente su capacidad de combinar el humor con lo grotesco o el realismo.
Estas dos últimas facetas de su estilo destacan en El toque del diablo, donde Celoni se saca de la manga un dibujo excepcional. Es lo primero que he visto sobre él dentro de la serie del detective de Craven Road, aunque para entonces ya había debutado en el número 197, Los cuatro elementos (enero de 2003). Dotó a Dylan de facciones más afiladas y alargadas, acentuando su fragilidad cuando su voluntad era quebrada debido al argumento del número. Aunque, en mi caso particular, el personaje al que más esmero dedicó fue a Ash, el demonio expulsado del infierno que muestra siempre una actitud tranquila y una expresión pétrea. El diseño de Ash, con su pelo largo y oscuro y sus ojos profundos y serenos, entra como un tiro. El cómic también cuenta con ciertos paneles especialmente inspirados. Sobre todo, en un par de momentos muy concretos en el nudo y el desenlace de los hechos. En líneas generales, me parece una labor sobresaliente.
El buen hacer de Celoni estuvo acompañado por un guion también destacable, firmado por Paola Barbato. Veterana en la serie, Barbato ha combinado esta labor con su carrera como novelista – que empezó en el año 2006 con Bilico – y sus otras ocupaciones en el teatro o el cine. Una escritora todoterreno, sin duda. He notado en mis pesquisas dentro de foros especializados que hay mucha polarización hacia los guiones de Barbato. Hay quienes adoran los números firmados por ella y quienes los aborrecen y los sitúan como los peores de cuantos se han publicado. Sí, amigos. El extremismo llega a los rincones insospechados de la vida. Si por algo destacan las diferentes series de Dylan Dog es por la gran cantidad de artistas que han pasado o siguen colaborando con Bonelli. Y, si bien es cierto que algunos destacan más que otros, no me veo en disposición de juzgar a ninguno de ellos por su labor continuada y total. En este caso en particular, porque me parece más acertado y justo evaluar cada número como algo independiente. Siendo así, he de decir que este número 221 es muy bueno.
Centrándonos en algunos puntos concretos del guion de Barbato, debo destacar su capacidad para situarlos dentro de una continuidad sólida. Es capaz de recuperar con acierto referencias y personajes que, si bien tienen una participación menor o ni tan siquiera aparecen en viñeta alguna, tienen sentido dentro del argumento. Ahí está el ejemplo del doctor Peter Giltslack, director del Manicomio Criminal de Hastings que debutó en Charada (número 191, agosto de 2002) y que contaba con una dudosa moralidad, siendo un potencial villano o alguien al que merecería la pena seguir explorando. O el repaso de ciertos aspectos controvertidos de la vida de Dylan, como su relación con las mujeres o el trato que dispensa a su (no tan) inseparable Groucho, el sosias de un antiguo actor cómico que ejerce como su secretario pero del que apenas sabe nada. También se presentan ciertas reflexiones sobre la predestinación, que no solo afectaría a los seres humanos sino a toda forma de vida. Pero el principal acierto de Barbato en El toque del diablo estriba en la dicotomía entre Ash y Dust, dos entidades en conflicto con caracteres contradictorios y con una sinergia de lo más particular.
Dylan Dog se ha enfrentado a todo tipo de situaciones y complicaciones desde su debut. Asesinos en serie, gente trastornada o con ambiciones desmedidas, confusiones que suelen acabar con algún deceso y, por supuesto, a amenazas más especiales. Si bien ninguna de ellas es tan importante para el detective como la de Xabaras, nuestro idealista investigador se ha topado con universos paralelos, seres monstruosos de toda forma y tamaño e incluso con la propia Muerte, con quien mantiene un duelo de lo más particular (en la que me explayaré, estoy seguro). Pero este particular duelo entre dos seres expulsados de sus hogares tiene un giro muy particular.
“Su naturaleza es profundamente malvada. Él aspira al mal pero, al ser expulsado del infierno, está condenado a no poder hacerlo. Para sortear tal obstáculo, va en busca de mentes crueles, malignas, enfermas. Personas que solo son capaces de obtener felicidad mediante el mal, el dolor, la violencia… Y les hace el “bien”.”
Esta es la maldición de un demonio expulsado de su hogar por sus superiores. Si bien se desconocen los motivos por los que algo así es posible, lo cierto es que el demonio conocido como Ash se encuentra vagando por la Tierra viviendo su peor pesadilla: ser incapaz de hacer daño de forma directa a nadie. Por ello, ha encontrado un método alternativo, que es el que ha sido descrito en el anterior párrafo por el doctor Dustin Pierce, una eminencia en multitud de materias – con el ocultismo entre ellas – que se especializó en la captura de asesinos en serie, teniendo en su punto de mira a Ash. He aquí otro punto conflictivo del asunto. Si Ash es incapaz de hacer daño a nadie con sus propias manos, ¿cómo puede ser catalogado como asesino serial?
Ash toca a aquellos por los que se siente atraído, convenciéndolos de que hagan lo que sus deseos les dictan. Solo así serán felices. ¿Una forma indirecta de hacer el mal? ¿O una forma de hacer el bien a malas personas?
El propio Dustin – o Dust, como prefiere que lo llamen – sirve como contrapeso de Ash. Bromista, socarrón y altivo, es capaz de sacar de quicio a cualquiera que se acerque a él. La investigación de las acciones de Ash fue impulsada por Dust, logrando que Scotland Yard le confiase todos los documentos relacionados con su rival y la colaboración forzosa tanto del inspector Bloch como de Dylan Dog, quien era el centro de sus exigencias. Las autoridades consideraban al profesor Pierce como el único capaz de acabar con aquella inusual oleada de ataques. Dylan era reacio a pensar que se enfrentaba a un demonio, pero el desarrollo de los acontecimientos acabó por hacerle claudicar.
El engranaje que haría funcionar todo este rompecabezas respondía al nombre de Leslie, una chica aparentemente débil y carente de deseos de continuar con vida. Potencial víctima y anterior pareja sentimental de Dust; usada como cebo para proceder a la captura de Ash en un supuesto limbo con el uso de magia negra; empleadora de Dylan para obtener respuestas a cambio de volver a ver a Ash… Leslie sabía que su antigua pareja escondía varios secretos que este guardaba con celo. Uno de ellos era el libro de hechizos que usó contra el demonio. Otro era una propiedad que Dust conservaba en la localidad de Pitsofcask, un lugar en el que se habían denunciado múltiples desapariciones y cuyos vecinos no querían colaborar con nadie del exterior.
La principal pista para desentrañar el secreto de Dust estaba en aquella propiedad, usada hace siglos como cementerio desconsagrado, destinado a enterrar a herejes y brujas. Él también usaba métodos curiosos para intentar hacer el bien y, de paso, para entender el mal que no paraba de causar a todo aquel que orbitase a su alrededor. Dust no era un simple profesor y experto científico, sino un ángel expulsado del cielo y destinado a ser odiado por sus pecados y por todos aquellos con los que se relacionaba. Tenía un búnker subterráneo donde almacenaba en celdas protegidas por runas especiales a cuantos seres grotescos y malvados se puedan imaginar. Solo había una salvedad: el mal engendrado por un ser humano, pues no habría espacio donde guardarlo. Todos esos seres constituían su material de estudio, al que había que alimentar con regularidad. De ahí las desapariciones de Pitsofcask.
Un demonio expulsado de las brasas del subsuelo incapaz de dañar a nadie de forma directa. Un ángel expulsado del cielo que trataba de comprender la naturaleza última del mal que estaba condenado a ejercer involuntariamente a los otros. Una lucha entre opuestos que se saldaría con un resultado inesperado debido a sus propias contradicciones. Y una última revelación tras la liberación de toda aquella perversidad enjaulada y antes del clímax final.
“No pueden perder el tiempo cono nosotros. Deben seguir sus caminos. Deben volver a hacer aquello para lo que fueron creados. Cada uno de ellos tiene un objetivo. Una misión que cumplir. Su destino está escrito. Como el nuestro. Somos despojos…”.
Muerte. Miedo. Hambre. Abismo. Locura. Pesadilla. Horror. ¿Quién dicta las normas y por qué las retuerce hasta parecer irreconocibles?
Félix Ruiz H.
Imágenes: capturas del número 221 de Dylan Dog. Dibujo de Fabio Celoni.





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