El Coloso de Ylourgne
“Aquellos que vinieron aquí como muchos, saldrán como uno”
Incluso las cosas más inverosímiles que se puedan imaginar son posibles en una región tan etérea como Averoigne. Sus caminos, ríos, cuevas o bosques están poblados de todo tipo de peligros mientras que, al mismo tiempo, sus habitantes se resignan a convivir con las amenazas de la mejor manera posible y rezando para no toparse a cara a cara con ninguna de ellas. Por desgracia para ellos, hay ocasiones en que sus destinos son puestos en jaque debido a sus propias acciones. En esta nueva ocasión, la venganza se abalanzaría sobre ellos desde las entrañas de un infame castillo, en cuyas entrañas se gestó la más mefistofélica criatura.
Clark Ashton Smith tejió una cronología muy particular para una tierra que de igual forma parece estar llena de gente desmemoriada. En plena Edad Media, en la que el temor al Diablo era tan grande como el que se tenía hacia Dios, se sucedieron multitud de eventos que debieron dejar una huella indeleble en la memoria colectiva de la provincia gala. Desde la capital Vyônes hasta Pèrigon, pasando por toda la ribera del insondable río Isoile y el monasterio de los hermanos cistercienses afincados allí muchos siglos atrás, cada rincón de Averoigne contaba con sus propios incidentes, rumores y leyendas. Sin embargo, cada prodigio parecía haber sido olvidado por las generaciones posteriores, como si hubiese un acuerdo tácito en ocultar el mal que campaba a sus anchas por el gran bosque que dominaba el lugar, circundando a casi todos los núcleos de población importantes. Fueron multitud los testigos del horror, pero pocos los que intentaron que esas historias perdurasen. Por suerte para nosotros, podemos elucubrar qué hubo o no de cierto en cada caso. Nosotros dictamos el límite de lo apócrifo.
De entre todos esos eventos maravillosos, hoy recuperamos uno de los más espectaculares y que contó con mayor número de observadores y víctimas. The Colossus of Ylourgne apareció en el número de junio de 1934 de la revista Weird Tales, nuestra revista de cabecera particular. Ahí, el relato de Smith compartió espacio con el no menos admirado Robert E. Howard o nuestro patrio Gustavo Adolfo Bécquer con su inmortal Maese Pérez el Organista. Este asistente procederá, como tantas otras veces, a compartir con los lectores una narración de los principales acontecimientos que se sucedieron dentro y fuera del castillo de Ylourgne.
Todo comenzó en 1275, cuando un hombre debilucho y raquítico de nombre Nathaire se afincó cerca de la catedral de Vyônes. Era denominado “el tres veces infame” por ser nigromante, astrólogo y alquimista. Una combinación ideal para ser visto con malos ojos por sus supersticiosos paisanos y por las celosas autoridades eclesiásticas, que tardaron poco en ponerle cerco y comenzar un proceso sumario contra él. Eso no evitó que ese pequeño practicante de las artes oscuras montase una escuela en la que reunió a unos cuantos pupilos, entre los que destacaron una decena de ellos, fieles hasta las últimas consecuencias.
Una figura tan destacada no iba a librarse de ser objeto de rumores y burlas. En cierta ocasión, el nigromante fue apedreado por el populacho, de tal forma que quedó cojo de forma permanente. Este ataque provocaría que el rencor de Nathaire hacia aquellos a los que consideraba ignorantes e incapaces mentales creciese de forma exponencial, prometiendo una venganza atroz. Sin embargo, su salud menguaba a pasos agigantados, y las estrellas pronosticaban que su muerte no estaba lejana, por lo que hubo de adelantar sus planes y desaparecer de forma repentina y prodigiosa, sin que nadie viese cómo se produjo tal fuga. Las llamas de la hoguera purificadora habrían de esperar, pero los rumores se multiplicarían.
Nadie era capaz de explicar cómo su bastión quedó vacío con tal velocidad. De la noche a la mañana, tanto él como sus diez acólitos se esfumaron sin dejar rastro. Algo que solo pudo haber ocurrido gracias a desconocidos sortilegios o a la ayuda de una legión numerosa de demonios familiares que portasen a hombres y materiales a través de los cielos o del subsuelo. La primavera del año 1281 estaba tocando a su fin, y los habitantes de la capital olvidaron rápido aquella fuga y centraron su atención en otras cuestiones igualmente extrañas. Una única persona continuó siendo consciente de la amenaza que se cernía sobre toda Averoigne, y su nombre era Gaspard du Nord. Estudiante de ciencias proscritas que hubo formado parte de la congregación de Nathaire durante un año antes de huir despavorido, acumulaba los conocimientos suficientes para reconocer las señales de peligro. Siempre guardaba silencio cuando oía susurros y conversaciones sobre las artes de su antiguo maestro, y trataba de adelantar el plan maestro que sin duda se estaba gestando en algún lugar de la región. Hijo de familia noble, pero repudiado por su padre debido a sus intereses por las artes ocultas, contaba con escasos recursos. Sus libros y un pequeño y ovalado espejo rodeado en un arabescos de víboras doradas que una vez perteneció a Nathaire le brindaron una pista difusa pero suficiente para poder señalar un punto del mapa: el castillo de Ylourgne.
Mientras esas investigaciones secretas seguían su curso, una maldición se cernió a lo largo y ancho de la región. Cientos de muertos dejaban sus lugares de reposo en dirección al espeso e indeseable bosque de Averoigne. Ninguno de esos cadáveres habia sido saqueado, sino que habían abandonado sus sepulturas por sus propios medios, movidos por sortilegios prohibidos. Todos esos cuerpos pertenecían a gentes en la plenitud de sus antiguas vidas. Niños, ancianos y enfermos parecían estar libres de la maldición. Los testimonios se multiplicaban, pero las noticias tardaban en viajar entre las ciudades y los núcleos de población más distantes, que hubieron de ver con sus propios ojos tal desafío al orden natural de las cosas.
Tras la fuga de un cadáver dentro del monasterio cisterciense, que fue secundado por multitud de avistamientos de otros amortajados que marchaban en numerosos y silenciosos grupos hacia el castillo de Ylourgne, dos jóvenes y valientes monjes decidieron tomaron para sí la responsabilidad de encontrar respuestas. Bernard y Stéphane, pues esos eran sus nombres, escalaron hasta el bastión maldito, del que salían luces antinaturales y efluvios pestilentes. Armados con cruces de madera de carpe e hisopos y frascos de agua bendita, ambos lograron sortear todos los obstáculos y allanar el lugar en silencio. Nada, sin embargo, los habría preparado para la visión que posteriormente trasladaron a los suyos. Horrores que ni siquiera ellos pudieron describir con la debida coherencia, siendo tomados por un par de desequilibrados.
La estancia que observaron era de proporciones colosales, pues todos los interiores habían sido derrumbados. Una obra que fue ejecutada no solo por hombres, sino por una hueste de demonios familiares de todas las formas y tamaños. Además, los monjes vislumbraron parte del loco plan del titiritero al mando de todas las operaciones. Unos extraños líquidos eran alimentados con los huesos y la carne de todos aquellos cadáveres que llevaban semanas huyendo de sus sepulturas, incluidos célebres criminales y hombres piadosos. Fuera lo que fuera aquella locura, su naturaleza era abiertamente perversa. Pero Bernard y Stéphane no tendrían ocasión de llegar hasta el fondo de la cuestión pues fueron abordados, ultrajados y expulsados de Ylourgne, no sin antes escuchar la oscura advertencia que un enano moribundo quería que trasladasen a todos aquellos con los que se cruzasen. A pesar de todo, podían sentirse afortunados. Salieron vivos para contarlo todo, aunque sus relatos nunca fuesen tomados en serio. Los presentimientos y el sentir popular, sin embargo, apuntaban a Nathaire. ¿Quién si no tenía tales herramientas infernales a su alcance?
Mientras los rumores sobre el castillo de Ylourgne transitaban por los caminos de Averoigne, Gaspard du Nord decidió dar un paso adelante e intentar ser exitoso allá donde los monjes fracasaron. Sus vistazos al espejo ya eran insuficientes, pues el nigromante habían lanzado los contrahechizos necesarios para enturbiar las imágenes. Debía descubrir la naturaleza de la abominación que estaba naciendo en las entrañas del emplazamiento, el cual no estaba muy lejos del monasterio de los cistercienses. La excursión debía ser secreta y amparada por los recursos justos para no llamar la atención. Primero pasó junto a las murallas de Vyônes, para luego seguir a través del valle rocoso a circundaba Ylourgne. A través de la parte más recóndita del bosque de Averoigne, llegó al lugar de nacimiento de Isoile para ver las luces del monasterio y la siniestra mole del castillo.
Amparado por la noche, Garpard du Nord dio pábulo a todo aquello que sospechaba y había oído. Aparentemente desierto y sin vigilancia exterior, el castillo se erguía ante él, invitándole a querer saber más. Las actividades de Nathaire abarcaban todo el gran salón, cuyos muros y habitaciones anexas habían desaparecido para dar cabida al megalómano proyecto que quería finalizar antes de espirar.
“Gaspard había visto ciertos experimentos e invocaciones de Nathaire y conocía demasiado bien los instrumentos de las artes oscuras. Dentro de ciertos límites, no era aprensivo y no era probable que se sintiera excesivamente aterrado por las formas oscuras y desmañadas de los demonios que trabajaban en el pozo codo con codo con los pupilos con los pupilos del hechicero ataviados de negro. Pero un frío horror le encogió el corazón cuando vio la increíble y enorme criatura que ocupaba el centro de la estancia: el esqueleto humano colosal de treinta metros de largo, extendiéndose más allá de la longitud del viejo salón del castillo; ¡un esqueleto cuyo huesudo pie derecho estaba siendo recubierto de carne humana por un grupo de hombres y demonios!
Una visión digna del más maligno arte alquímico. Años de aprendizaje, ensayo y perfeccionamiento para tratar de trascender los límites de la vida y la muerte, sin que cielo o infierno puedan reclamar el premio. Y, de paso, algo que podríamos ver en el manga Shingeki no Kyojin (Attack on Titan), queridos amigos. Un coloso que pronto causaría estragos por todo Averoigne, pero que no era una simple amalgama de carne y huesos de los cientos de muertos que habían acudido en masa al escondite de Nathaire. Su plan era mucho más elaborado, y el propio Gaspard lo oiría de boca de su antiguo maestro cuando fue reducido por los hombres y demonios a su servicio. El coloso no era solo una herramienta de venganza – Nathaire estaba muy dolido por los años de insultos y desprecios por sus actividades pero, sobre todo, por su aspecto – sino un recipiente al que trasladar su alma cuando esta abandonase su actual cuerpo, demacrado hasta el extremo.
Gaspard tendría un careo con el nigromante y sería arrojado a lo más profundo de las catacumbas de Ylourgne. Allí, por suerte para él, encontraría unos túneles subterráneos, ocultos desde hacía siglos para que sus antiguos dueños campasen a sus anchas por el recinto o huyesen de él. El estudiante arrepentido corrió desesperado, kilómetros y kilómetros, para advertir a las gentes del lugar sobre lo que estaba por venir. Pero ya era tarde.
Nathaire murió, pero el Coloso despertó. Con sus diez acólitos encaramados al nuevo cuerpo del acomplejado enano, estaba presto y dispuesto a llevar la muerte y la destrucción a cada ciudad de Averoigne, antes de dirigirse a su capital. El primer afectad fue el monasterio benedictino, que sin embargo resistió las enormes pedradas lanzadas por el antinatural ser, que usaba sus manos y brazos como catapultas. Las granjas y pequeños pueblos de los alrededores no corrieron tanta suerte. Se cometieron actos indecentes y execrables, cuyo alcance es mejor no mencionar. Demonios familiares y otros seres impíos acompañaron esa monstruosa campaña.
Pero nada de eso satisfizo al loco asesino, que no descansaría hasta que Vyônes quedase reducida a cenizas, incluida su catedral. Solo Gaspard du Nord tendría el arrojo para pergeñar un plan de defensa. Un plan que también era incauto. Tiempos desesperados requieren medidas desesperadas. Esta crónica pasaría a la oculta y fragmentada historia de la ficticia Averoigne con letras de oro, pero el precio a pagar sería demasiado alto para las buenas – y no tan buenas – gentes de sus extensiones. Su inesperado y discreto salvador, un noble devenido en estudioso de las artes oscuras, lo arriesgaría todo sin dudar. ¿Qué podría esperar recibir a cambio? Eso, amigos, lo tendréis que descubrir bajo vuestra cuenta y riesgo. En lo que respecta a este asistente, sigo nadando por las negras páginas de la historia de este lugar imaginario tan rico en todos los aspectos de lo fantástico.
Félix Ruiz H.
Enlace al número de junio de 1934 de Weird Tales



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