Equipo de Ajuste
El visionado de Fringe está siendo toda una experiencia. La fórmula tan manida de los episodios semanales que tanto se usaba hasta hace unos pocos años empezó a dar paso a otra forma de encarar las ficciones con series como esta. Con la aparición de las subsiguientes temporadas, la dirección creativa abrazó esta visión más centrada en la historia principal. Anclada en un reducido número de personajes principales, dicho argumento principal llevó la ciencia ficción a cotas poco alcanzadas por el espectador televisivo medio. Casi dos décadas después de su inicio, sigue transmitiendo frescura y ya ha alcanzado el estatus de culto. Mucha culpa de ello la tienen los Observadores (o los Vigilantes, ya que son denominados de ambas formas), unos personajes secundarios muy particulares pero no tan originales como mucha gente piensa.
Aunque aun me resta mucho para tener todas las piezas del puzle, sí que he encontrado paralelismos de lo más jugoso. O, mejor dicho, antecedentes. Roberto Orci, Alex Kutzman y J. J. Abrams, creadores de la serie, supieron cómo crear una mitología con el suficiente atractivo para mantenerse durante cinco temporadas en antena. Los vaivenes de Olivia Dunham (Anna Torv), Peter Bishop (Joshua Jackson) y Walter Bishop (John Noble) y la conspiración multiversal de la que los tres formaban parte fue cimentándose sobre la inestable genialidad y los oscuros experimentos del tercero, que involucraron a los dos primeros. La actividad de Walter era de tal calado que incluso los Observadores se vieron obligados a actuar.
Con actitudes y comportamientos erráticos, estos personajes pulularon ante los espectadores a lo largo de muchos de los capítulos de la serie, dejando en claro que no estaban en los diferentes escenarios por simple azar. Vestían totalmente de negro, carecían de pelo y tenían facultades inexplicables. Además, contaban con tecnología inverosímil para la época actual. Adelantos de los que se servían para cumplir sus misteriosos objetivos. Casi omniscientes, eran conocedores de todo cuanto iba a ocurrir, siendo una suerte de guardianes del destino. Como garantes de la Historia, actuaban en consecuencia y estuvieron presentes en varios eventos históricos de envergadura, en los que fueron retratados de una forma u otra. Una huella sutil pero indeleble, sin la que sería posible entender el desarrollo de la civilización.
Los detalles concretos que rodean a estos Hombres de Negro – pues son eso, en esencia – serán tratados en profundidad en el futuro, cuando haya terminado de ver la serie. Este pequeño preludio sirve para dar contexto a una semejanza que he encontrado entre estos Observadores y otros personajes que trastocaron la vida de Ed Fletcher, trabajador de Douglas y Blake, Bienes Inmuebles y protagonista de Equipo de Ajuste (Adjustment Team), un relato escrito por Philip K. Dick que fue publicado en el número de septiembre-octubre de 1954 de la revista Orbit Science Fiction. Este parecido razonable no ha sido acreditado por los creadores y guionistas de la serie, pero me ha parecido oportuno sacarlo a colación y aprovechar la ocasión para ofreceros un resumen del relato, que pude leer hace unos años en el segundo volumen de los cuentos completos de Dick que publicó Ediciones Minotauro.
Figura reverenciada y rechazada casi a partes iguales, Dick fue un escritor díscolo y con unos hábitos de vida peculiares. Sus primeras incursiones en la escritura se produjeron a principios de los años cincuenta del pasado siglo, tras haber abandonado sus estudios en la Universidad de Berkeley y trabajar durante cuatro años como vendedor de discos. Durante 1952 y 1955 escribió y publicó un buen número de cuentos en varias publicaciones especializadas, como preparación de lo que sería su primera novela, Solar Lottery (1955). Luego llegarían sus obras más celebradas y conocidas por todos. Aquellas que han sido trasladadas a cine y televisión en diferentes ocasiones, además de otras de corte más surrealista e incluso con tintes religiosos. Todas ellas, por supuesto, embadurnadas con grandes dosis de ciencia ficción.
Por su parte, Equipo de Ajuste ha aparecido en muchas antologías, tanto dentro como fuera de Estados Unidos. Tras la muerte de Dick en 1982, diversas ediciones de sus cuentos completos han ido cogiendo el testigo e incluyendo este cuento, siendo Second Variety (1982) la primera y más famosa de ellas, siendo reeditada y traducida en numerosas ocasiones hasta la fecha. También tuvo su propia versión cinematográfica en 2011, titulada The Adjustment Bureau.
Pero vamos a ser concisos y a quedarnos con el propio relato. El mismo daba comienzo con una reunión pintoresca entre un funcionario y un perro, ambos frente a una casa de estuco verde. El perro no era un animal común, pues tenía la capacidad de hablar con aquel hombre que parecía tener prisa por ejecutar su misión, que tenía a Ed Fletcher como actor principal. El funcionario explicó al perro que iban a “ajustar” el sector donde trabajaba aquel hombre. Una zona anexa a aquella en la que estaban los presentes en la finca de Fletcher en aquel momento. Era de vital importancia que el perro “avisase” (ladrase, provocando un evento concreto) a una hora determinada para que todo transcurriese según el plan preestablecido. Mientras esperaban la hora indicada, el perro se quedó dormido, precipitando un leve pero trascendental retraso en la serie de eventos y provocando la ira y la desesperación del funcionario.
Ajeno a todo lo que ocurría fuera, Fletcher veía a su mujer partir para su trabajo y se preparaba para hacer lo propio, siendo interrumpido por un vendedor de seguros. Este individuo, una variable inesperada dentro de la ecuación del funcionario, provocaría que el hombre retrasase su hora de salida y, por tanto, llegase tarde al lugar donde se supone que debía estar. ¿Por qué tanto afán por hacer que un simple oficinista llegue a su puesto de trabajo antes de su hora de entrada habitual? La respuesta iba a llegar de la forma más desagradable posible para el pobre Ed, que temía ser despedido debido al retraso.
Estando frente al edificio donde se encontraba la oficina de Douglas y Blake, Bienes Inmuebles, y dispuesto a entrar a toda velocidad, Ed no tuvo otro remedio que detenerse en un semáforo. Justo cuando iba a cruzar la calle, todo se detuvo. El cielo pareció desaparecer, y todo a su alrededor quedó envuelto en una neblina densa, que apenas dejaba a Ed ver nada a su alrededor. Asustado pero aun enfocado en su objetivo, el hombre entró en el desdibujado edificio, que estaba empezando a colapsar como si fuese un castillo de arena. Dentro, las cosas no eran mejor. La gente estaba paralizada. Sus cuerpos habían mutado en amalgamas de ceniza, que podían ser atravesadas por las manos del confundido Ed. Aquello no tenía sentido. El caos se había apoderado de todo, al igual que la siniestra y antinatural quietud.
Pero había alguien que quebraba todo eso. Alguien que no debía estar allí tras el inicio de las labores de “desergenización” del sector, sino siendo parte del proceso. Los hombres con batas blancas descubrieron a Ed mientras pululaba por el edificio. Portaban utensilios y máquinas ajenas a su comprensión , pero estos variopintos hombres parecían aun más sorprendidos que él. Querían detenerle a toda costa, por lo que el hombre debió huir a toda prisa. Oía los gritos detrás suya, pero no se permitió echar la vista atrás hasta haber salido del edificio y cruzar la calle.
La anomalía a la que Ed había asistido se acabó tan de repente como había comenzado. Todo volvió a recuperar vida y color. La gente volvió a su estado normal, pero Ed Fletcher era consciente de que el tiempo se había detenido durante un tiempo indeterminado. Debía contárselo todo a alguien.
Mientras nuestro desventurado personaje intentaba explicar lo sucedido a su mujer, el funcionario que había errado en su misión se presentaba a las dependencias administrativas de máximo nivel de la agencia – o lo que sea – para la que trabajaba. Allí le esperaba su superior, un anciano de ojos azules, cabello blanco y largo y amplia túnica. Las explicaciones del funcionario sobre la labor fallida del Convocador – el perro parlante. ¿Estarían todos los Convocadores camuflados como animales, fingiendo no poder comunicarse con nosotros? Desconozco si es buena pregunta – no convencieron al anciano, que no aceptaba excusas para el terrible fallo de su subordinado, que había provocado que Ed Fletcher fuese testigo directo del trabajo del Equipo de Ajuste asignado a aquel sector. Ya no había vuelto atrás. El testigo debía ser localizado y llevado ante su presencia. Todos los Vigilantes, Convocadores y Funcionarios estaban al acecho. Una jerarquía, por cierto, que solo es mencionada, pero no desarrollada. Una vez resuelto el entuerto que se traían entre manos, habría tiempo más que suficiente para pensar en las consecuencias.
Ed, animado por su mujer, regresó a su puesto de trabajo. Todo debía haber sido provocado por un brote psicótico. No había otra explicación plausible para lo que el hombre vio aquella mañana. Aun así, no estaba del todo convencido. Los pequeños cambios que pudo observar dentro de las oficinas de su empresa levantaron sus suspicacias. Para socavar aun más su cordura, cayó en la cuenta de que sus compañeros y jefes ya no eran iguales que esa mañana. No se trataba solo de sus actitudes, sino que incluso sus físicos habían sido alterados. Color de ojos, peinados, edad… La combinación de esos factores desató un nuevo ataque de pánico en el trabajador, que descendió hasta la segunda planta del edificio para usar un teléfono público y avisar a la policía. No tuvo tiempo de hacerlo, pues los hombres vestidos de blanco regresaron, y la cabina salió disparada en dirección hacia el cielo.
La cabina dejó atrás el edificio. Luego, perdió de vista la propia Tierra. La vertiginosa subida acabó en el despacho del anciano, aun acompañado del inquieto funcionario.
“Ed Fletcher miró a su alrededor. Se hallaba en un enorme aposento. Los extremos se perdían entre sombras borrosas. Frente a él se erguía un hombre que portaba notas y libros mayores bajo el brazo. Le miraba a través de sus gafas con montura metálica. Era un hombrecillo nervioso, de ojos penetrantes, cuello de celuloide, traje de sarga azul, reloj de cadena. Calzaba zapatos negros muy bien lustrados.”
Salvando la actitud del funcionario, su vestimenta sí que se acerca a la idea de los Observadores de Fringe. Si combinamos este atuendo con los utensilios de los hombres de blanco y con su misión concreta, a punto de ser relatada por el anciano al elemento humano – así es como se refieren al propio Ed – empezaremos a conectar puntos con con menos temor. En efecto, ese viejo de mirada cansada pero bondadosa, por el que el reciñen llegado sentía un temor casi reverencia e inexplicable, lo sabía todo. Lógico, teniendo en cuenta que podría ser un trasunto del propio Dios o de otro ser con sus mismas capacidades. Este explicó al protagonista que vio algo que pocos han visto y que estuvo presente en el lugar erróneo y en el peor momento posible. Había visto actuar a uno de los equipos de ajuste.
“Y ahora lo sabe. Hay que complementar el proceso natural… Hacer algunos ajustes, correcciones necesarias. Tenemos todo el derecho a realizar tales correcciones. Nuestros equipos de ajuste se encargan de ese trabajo vital.”
El ajuste de la zona donde trabajaba Ed tenía como objetivo principal rejuvenecer a su jefe, Douglas. Ese hombre debía comprar cierto terreno no explotado en Canadá, en el que se hallarían unos resto que conmoverían a la comunidad científica. Se establecerían nuevas alianzas y amistades, disminuyendo la tensión bélica global. Y todo dependía de ese ajuste en el que Douglas rejuvenecería lo suficiente para meterse de lleno en el proyecto con garantías. El problema residía en que, a pesar de que dicho ajuste se completó con éxito, Ed había sido consciente del mismo. Era una eventualidad no prevista y debía de solventarse de alguna forma.
Fletcher rogó una y otra vez por su integridad y juró no revelar nada jamás. Pero ya lo había hecho, aunque su mujer no le hubiese creído. Ed y el anciano pactaron que nunca más se hablaría del tema a cambio de que el primero se mantuviese sin ajustar. Tras ello, y sin saber de qué forma, Ed volvió a su casa.
Había anochecido. Ruth, su mujer, estaba muy preocupada. Todos en la oficina de su marido le dijeron que salió de allí a la carrera. Quería saber dónde había pasado toda la tarde. ¿Había estado solo o con alguien? ¿Aun mantenía esa historia tan ridícula que le había contado por la mañana?
El perro ladró en el jardín. Sonó el timbre de la puerta. Ruth abrió, encontrándose en el umbral a un joven que decía ser de la Compañía de Aspiradoras Barretodo. El muchacho entró y preparó su instrumental. Mientras eso sucedía, Ed entró en su habitación y encendió un cigarrillo mientras agradecía en silencio. El Convocador que tenía en su jardín le había echado un cable en el momento justo. Lograría mantener el secreto. Por su bien y por el de Ruth...
Félix Ruiz H.



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