The Twilight Zone: La reliquia
Las ficciones postapocalípticas disfrutan de una salud envidiable, y no hay atisbo de que eso vaya a cambiar a corto plazo. Por si fuera poco, el caótico siglo que nos ha tocado vivir está empezando a dotar de una inesperada verosimilitud a algunos escenarios que antes nos parecían imposibles. Entre todos esos ejemplos no podía faltar el de la reciente miniserie de cómic The Twilight Zone, que en su tercer número nos plantea una guerra futura entre dos comunidades que pugnan por una reliquia que consideran sagrada.
El tema a tratar hoy no resultará novedoso para casi nadie. Así que el acercamiento que el canadiense James Stokoe – ilustrador de Godzilla en el Infierno, entre otros trabajos – puede sonar muy familiar. Pero hay pequeños detalles en esas treinta y dos páginas que se pueden rescatar y servir como base para una interesante exposición. Por ello, y por haber resumido ya en el blog los dos números anteriores, nos lanzamos a esta tarea con todo lujo de spoilers. Así que, como viene siendo habitual, se lanza el pertinente aviso. A partir de este momento, queda bajo la responsabilidad de los lectores el arruinarse o no una futura lectura.
La introducción de Stokoe aborda el concepto de la conservación del pasado y su interpretación en el presente. La idea de que algo creado hace miles de años para tener un uso trivial o pueril pueda acabar siendo parte de un museo, no solo como obra de arte, sino como testimonio de la época en que fue concebido el objeto en cuestión, sigue pareciéndome curiosa. Me explico.
En un mundo tan presentista como el nuestro, pero que a la vez presenta cierta tendencia a tergiversar o reescribir el pasado, cada pequeño descubrimiento arqueológico o histórico puede suscitar un intenso debate. Sobre todo, cuanto más alejado en el tiempo sea el posible origen del mismo. Lejos del mundo académico, donde ya se libran batallas dialécticas importantes y se desarrollan hipótesis que pueden resultar peregrinas a otros miembros de ese mismo estamento, se lanzan incendiarias teorías o afirmaciones sin el debido rigor. El problema parte, en primer lugar, del hecho de que haya multitud de expertos en tantas otras materias, todos ellos ejerciendo una labor multidisciplinar que pretende dar forma a un conjunto que se escapa de la comprensión que cada cual tendría del mismo por separado. La especialización o compartimentación del conocimiento se presta a que la problemática sea compleja y los estudios puedan tardar mucho tiempo en completarse, con las típicas injerencias por parte de gente ajena a los medios y que se presenta como experta o conocedora, cuando en realidad son meros aficionados u oportunistas.
Seguro que todos los lectores conocerán algún ejemplo, pero el primero que siempre aparece en mi mente es la Atlántida. Cada poco tiempo, y siempre en latitudes cercanas a mi lugar de origen – Sevilla, en este caso – se desentierra algo que rápidamente es usado por ciertas personas como apoyo a sus sospechas sobre la existencia de esa legendaria tierra. Imágenes o vídeos de esos vestigios, mientras aun son estudiados de forma oficial, son exhibidos en revistas, podcast, programas de televisión o plataformas web sin ningún pudor. Cuando la lógica impera, poniendo las cosas en su sitio gracias al estudio y al tiempo, todo queda silenciado a la espera del siguiente indicio que sirva para explotar esa gallina de los huevos de oro. No quiero decir con esto que sea imposible que haya ciertos rasgos de la leyenda que sean ciertos, pero sí que se puede concluir que hay muchos intereses en juego que se ponen en acción en cuanto se dan los más mínimos movimientos.
Lo expuesto antes puede ser extrapolado a cualquier otro ejemplo que se os ocurra y se suele producir cuando el trabajo arqueológico o la pura casualidad provoca la reaparición de algo estéticamente llamativo o de dimensiones importantes. Pero la mayoría de las cosas que salen del olvido suelen ser nimiedades, objetos de escaso valor o de uso cotidiano, que sin embargo cuentan con su propia intrahistoria y su consiguiente catalogación e interpretación. Todo ello, por supuesto, bajo las condiciones actuales del avance científico y los parámetros culturales y sociales que mueven a la civilización actual.
Pero The Relic plantea una realidad diferente, en la que cualquier discusión sobre este tipo de temas está fuera de lugar. Fundamentalmente, porque la actual civilización se ha ido al garete y la humanidad futura se debate en guerras intestinas por el poder y el control. Situada en un momento temporal y situación geográfica desconocidas, la acción se centra en la guerra, pero también en conceptos como la fe. Una fe que necesita de elementos físicos que la apoyen. En este caso, reliquias.
Stokoe es ambicioso allá donde el número anterior – el escrito y dibujado por Tom Scioli, que también puede consultarte en el blog – fue más conciso. Y no solo en cuanto al dibujo, mucho más detallado, sino al propio planteamiento y desarrollo de los eventos. El autor no se ha guardado nada en el tintero, sabedor de que el número es autoconclusivo y cuenta con un espacio muy limitado. La escala del conflicto es enorme, afectando a un número indeterminado de grupos. Para rematar el conjunto, hay espacio para la sátira, que queda de manifiesto cuando se descubre el origen del culto que profesa uno de los bandos en litigio.
Tras una pequeña introducción sobre los objetos creados en el pasado y su papel como testimonio de lo ya extinto, las siguientes viñetas muestran el asedio a una enorme fortaleza. El mismo era observado en la lejanía por dos individuos en posiciones opuestas. Uno de ellos, erguido y orgulloso, se relamía ante la más que posible conquista. El otro, atado y de rodillas, apretaba los dientes y trataba de mantener la compostura. El prisionero había sido enviado a parlamentar con el caudillo de las huestes que rodeaban la fortaleza, pero no contaba con la beligerancia del mismo. Sus hermanos, que a duras penas resistían tras los muros, eran miembros de una hermandad religiosa que custodiaba algo que denominaban “la voz de Dios”. Este punto es muy sencillo de discernir, sobre todo por el atuendo del prisionero, que llevaba una suerte de cruz que cubría todo su torso.
Cualquier intento de hacer entrar en razón al caudillo resultaba inútil. Conquistador de otras plazas situadas en los alrededores, no iba a frenarse ante la amenaza de cualquier ídolo o dios. Apenas capaz de contener las lágrimas, el enviado de la orden sentenciaba que el hombre conocería la verdad, fuese cual fuese el resultado del ataque que estaba a punto de producirse.
El caudillo y general del ejército invasor se puso al frente de sus huestes, liderando el asalto final a la fortaleza. Los escasos efectivos de los asediados se batieron en retirada hacia el interior del bastión, lejos de las flechas y espadas enemigas. En el umbral de la puerta principal se podía ver a un enorme soldado, cuya majestuosa armadura daba fortaleza a los aun vivos. Mientras los enemigos avanzaban, el paladín esperaba con aparente tranquilidad a sus hombres, cerrando las puertas tras de sí cuando el último de ellos las atravesó.
Poco podían esperar los asaltantes lo que estaba a punto de ocurrir. Una vez atravesado el último escollo, estuvieron frente a frente al brazo armado de la hermandad. El mismo que estaba liderado por el soldado antes mencionado. El sujeto portaba una armadura medieval, tocada por una capa llena de barras y estrellas. Un símbolo para nosotros familiar, pero que para aquellas gentes era poco más que atrezo. Sin embargo, lo que tanto él como sus acompañantes llevaban en sus manos no eran elementos decorativos, sino armas de fuego totalmente desconocidas para los que habían profanado su hogar. El silencio que precedía al siguiente intercambio de golpes fue quebrado por el llamativo líder, que lanzó una proclama a los suyos:
“¡Hermanos! ¡Derrotad al calor! ¡Mantente fresco este verano!
El infierno se desató. Las balas acabaron con las primeras filas de los incrédulos soldados del conquistador. Pero, tras la sorpresa inicial, el fuego cesó. La munición era escasa y se acabó con rapidez. Era el momento de batirse en duelo a la antigua usanza. O, mejor dicho, a la usanza de ese futuro. Ambos cabecillas tuvieron un duelo mano a mano, de poder a poder. Mientras el resto de la resistencia caía, el paladín resistía y estaba a punto de acabar con la vida del caudillo. Pero este, en un desesperado movimiento, tomó una de aquellas armas y abrió fuego de forma providencial. Su rival, ya tendido y a punto de morir, susurró sus últimas palabras:
“Mi largo verano ha terminado… Mi sed está saciada…”
Solo restaba tomar el resto de la fortaleza, pero el general invasor quería que el prisionero le explicase lo acontecido durante aquella esperpéntica escena. Estaba sorprendido y quería saber todo lo referente a aquel poder que seguía sin comprender. Según el recién liberado, todas esas armas eran meras herramientas proporcionadas por su dios. El lugar tenía muchos más secretos que ofrecer a aquellos que buscasen la verdad.
Los diferentes salones del bastión ocultaban maravillas para aquellos ojos descreídos. Objetos que permanecían a la vista en lo que a todas luces eran antiguas exposiciones, mundanas para nosotros pero irreales para los moradores de esa tierra lejana en el tiempo. Reliquias del pasado cuyos secretos solo eran parcialmente conocidos por la hermandad que acababa de ser extinta. Allí podían verse, por ejemplo, esqueletos de enorme dragones – huesos de antiguos dinosaurios – o enormes maquetas de pájaros de metal como las que surcan nuestros cielos a diario. Las reliquias más sagradas de los vencidos eran las armas, semejantes a las ya usadas en la entrada de la fortaleza. Semejante poder no podía ser ignorado ni seguir siendo un secreto. El último superviviente de la hermandad comprendía que los conocimientos guardados con tanto celo por los suyos debía ser transmitido a nuevos oídos, y el caudillo estaba más que dispuesto a ser el nuevo depositario de los mismos. No por nada, el conocimiento también es poder. ¿Por qué no valerse de todo aquello? Pero aun restaba un último interrogante. ¿Qué era en realidad “la voz de Dios”?
La respuesta esperaba en la cámara sagrada de la orden. En ella se erguía un ídolo de metal, conservado durante siglos de la corrosión y el paso del tiempo. Una botella de refresco de gran tamaño y con sonrisa bobalicona hacía las veces de deidad para aquellas gentes supersticiosas. Habían sobrevivido al fuego, las enfermedades y la hambruna gracias a la canción sagrada que salía del altavoz instalado en el interior de la botella, que era accionado manualmente gracias a una serie de engranajes unidos a una manivela. Una broma de mal gusto para nosotros. Un eslogan publicitario que se había convertido un poderoso mantra para los humanos de ese futuro postapocalíptico. Así concluye el tercer número de la nueva miniserie de The Twilight Zone: con los dos protagonistas arrodillados ante lo que creen el avatar de un ser superior.
Como ya he expresado antes, The Relic me parece un ejercicio mucho más redondo que el anterior en la serie. A pesar de las limitaciones impuestas, Stokoe exprime hasta la última viñeta para mostrar una tragicomedia en la que no faltan momentos impactantes a nivel estético y narrativo. La caída de la civilización y sus efectos a largo plazo han sido planteados desde todos los prismas posibles, pero eso no resta mérito al autor. Su visión, condensada en un espacio tan reducido, ha quedado muy clara y bien argumentada. Con pequeños guiños a productos como Fallout – con ese parecido razonable entre la orden que conservaba las armas como reliquias y La Hermandad del Acero de la saga de Bethesda – y apoyándose en el atractivo de las batallas medievales como telón de fondo, el cómic resulta ser de lo más interesante y digno. Esperemos sea traducido al español en algún momento, para que así llegue al mayor público posible.
Por fortuna, la serie no terminará con el quinto número. A mediados de enero se confirmó por parte de IDW que habrá un segundo volumen con nuevas historias autoconclusivas. El sexto número, titulado “Growth” y a cargo de Nicole Goux, se lanzará el miércoles 8 de abril en Estados Unidos. Tras esa grapa llegarán otras cuatro, aunque es muy probable que la serie se extienda aun más. Así que estamos de enhorabuena porque tendremos The Twilight Zone para rato.
Félix Ruiz H.



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