El Manual del Guardián

 


Ahora que el mundo ha asistido al final de Stranger Things y tanta gente ha quedado huérfana de contenido ochentero, este asistente os ofrece un relato con el que paliar la sensación de pérdida. En él hay muchas cosas que os resultarán familiares. Reuniones de amigos, partidas de rol, dados que determinan los futuros eventos y un monstruo multidimensional que acecha al protagonista. Pero el catalizador de todo no es Dragones y Mazmorras, sino La llamada de Cthulhu. ¿No os parece un giro maravilloso?

Comencé la lectura de Un resplandor en la oscuridad (Dimensiones Ocultas, noviembre de 2022) tan pronto como acabé el visionado del último episodio de las aventuras del grupo de supervivientes de Hawkins, alentado por la presencia en dicho libro recopilatorio de escritos firmados por autores tan prestigiosos como Stephen King o el sueco John Ajvide Lindqvist, autor de la novela Déjame entrar o de la novelette cuyo argumento pretendo resumir en este post.

Además, Shining in the Dark (2018) contó con la colaboración, entre otros, de Clive Barker, Ramsey Campbell o Jack Ketchum. Alicientes de sobra para que llamase la atención de cualquier aficionado al terror. El libro se constituyó como una efeméride por el vigésimo aniversario de la web especializada Lilja’s Library – The World of Stephen King, fundada por Hans-Åke Lilja y dedicada a difundir, compilar y estudiar todo el contenido relacionado con el célebre escritor de Maine. Durante el presente 2026 se producirá su trigésimo aniversario, del que ya hay novedades suculentas. Entre ellas, cuatro concursos que contarán con otros tantos premios. Uno de ellos, firmado por el mismísimo King. Los interesados pueden emplazarse a la citada web para saber más e incluso participar en sus actividades.

Dije antes que comencé la lectura del libro el mismo día 6 de enero, a pesar de tenerlo en mis estanterías desde hace algunos años. ¿Por qué no lo había hecho antes? Lo fácil seria culpar a la consabida e interminable pila de lecturas pendientes, pero lo cierto es que no tengo ningún motivo concreto. Simplemente, mi ejemplar quedó colocado en un lugar en el que no llamó mi atención en todo este tiempo. La casualidad quiso que pensase en abordar una lectura ligera antes de enfocarme en otras más densas, y Un resplandor en la oscuridad es perfecto en ese sentido.

El manual del guardián ocupa el último lugar entre los textos reunidos y es el más largo de todos ellos. Escrito originalmente en sueco, fue traducido al inglés en primer lugar por Marlaine Delargy, siendo luego trasladado al español por Javier Martos Angulo. Aunque Lindqvist no especificó de forma explícita el lugar o el marco temporal en el que situó la trama, hay pistas suficientes para deducir que los personajes se mueven en el entorno de su querida ciudad de Estocolmo durante la pasada década. Todo lo contado en sus páginas gira alrededor de un reducido grupo de adolescentes entre los que el inteligente y soberbio Albert tiene el papel preeminente.

Como chico imaginativo y con capacidad intelectual por encima de la media, Albert siempre estuvo seguro de que era la persona perfecta para ejercer como director o master de juego. Alentado por unos padres con gran pasión por la literatura, el chico siempre tuvo a su alcance cuanto material literario fuese de su interés. Pero su mundo se expandió hasta límites insospechados cuando a los doce años se adentró en el universo de Dragones y Mazmorras, donde tuvo la oportunidad de lucirse frente a sus amigos y compañeros habituales de partida, Tore, Wille y Linus. Lo cierto es que eran sus únicos amigos, aunque Albert consideraba todo aquello como un detalle menor.

Había un quinto chico que intentaba integrarse en el grupo. Se trataba de Oswald, el típico blanco de las burlas de los demás, tanto por su físico poco agraciado como por su nivel extremo de frikismo mal entendido por el resto. Un arquetipo recurrente y manido, pero al que Lindqvist dará un pequeño e interesante giro hacia el final de la historia. Albert sentía cierta conexión hacia Oswald, pero sabía que su anexión al grupo supondría la caída de su ya escaso prestigio social. Además, no podía permitirse el lujo de tener al lado a alguien que pudiese opacar o poner en tela de juicio su liderazgo. De una forma u otra, la infancia y preadolescencia de los chicos transcurrió entre eternas partidas de rol. Pero un factor clave se sumó a la ecuación cuando todos llegaron a la edad de catorce años: Howard Phillips Lovecraft.

Fue Oswald quien enseñó a Albert un ejemplar de Los mejores cuentos del Necronomicón mientras charlaban distraídamente. Fue la prepotencia del protagonista y su deseo por seguir sintiéndose superior a su rival lo que hizo que hiciese una búsqueda exprés de todo lo relacionado al escritor de Providence. El Necronomicón dio paso a Chaosium y, como ya habréis imaginado, a La llamada de Cthulhu, el juego de rol que venía acompañado por su respectivo libro de reglas básicas y por otro libro de bolsillo anexo: El manual del guardián. Este contenía las reglas básicas, trasfondo, consejos, hechizos y monstruos del juego. Era la herramienta esencial para quien quisiese ejercer como el Guardián de las partidas. Sus amigos deberían contentarse con ser simples investigadores.

Al comparar La llamada de Cthulhu con Dragones y Mazmorras, Albert encontró un elemento diferenciador entre ambos que hacía que el primero le resultase mucho más atractivo que el primero: la sugestión. Con su probada capacidad para pensar y desarrollar historias inmersivas, Albert continuaría alimentando su ego durante años. Su confianza era tal que incluso decidió invitar de forma puntual a otros compañeros de clase, curiosos ante los rumores que circulaban en torno a las largas sesiones de juego que se desarrollaban en el sótano de su casa. El único que permanecía vetado era el pobre Oswald, que estaba deseoso de poder compartir sus conocimientos sobre todo el mundillo construido alrededor de Lovecraft y los Mitos.

Para que su superioridad quedase patente, y con toda la experiencia acumulada como aliciente, Albert se lanzó a crear su propia campaña. Una que se centraría en el mítico De Vermis Mysteriis de Ludwig Prinn y la existencia de un ejemplar del mismo en la Biblioteca Municipal de Estocolmo durante su inauguración, en 1928. El adolescente era tan engreído que creía poder vender El vampiro estelar de Estocolmo – título ideado para su nueva partida, que hacía un guiño nada sutil al cuento de Robert Bloch – a Chaosium. Antes de todo eso, le demostraría a Oswald que nadie podría igualarle en astucia y conocimiento. Invitó al chico a su casa y creo la atmósfera necesaria para que todos los implicados cayesen rendidos a sus pies. En particular, Albert pretendía que Oswald llorase de emoción, cosa que creyó lograr cuando llegaron al clímax de la aventura y el director de juego se puso a improvisar una invocación que su más reciente compañero musitaba en silencio.

Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn ny’ar rot hotep…

La sugestión pareció jugar una mala pasada a Albert cuando el sótano de su casa empezó a cambiar y deformarse. Algo que solo él pudo percibir, antes de que su madre irrumpiera en la estancia y acabase con el embrujo alimentado durante toda la madrugada. Todos los presentes se sobresaltaron, pero el director de juego era el único que había caído en la cuenta de que algo no había salido bien tras aquellas últimas palabras. Algo estaba cerca de él. Una presencia que no podía ver, pero que percibía con una antinatural claridad. Fuese lo que fuese, la entidad sonreía y no le perdía de vista. Algo que se dilató en el tiempo y que rompería el statu quo que el adolescente se había esforzado en mantener.

Era imposible que aquella invención hubiese producido un efecto secundario tan desagradable. Y, sin embargo, así había sido. Nadie salvo el protagonista parecía verse afectado por la difusa aparición, que poco a poco fue haciendo mella en la estabilidad emocional y mental del chico. Incapaz de huir o de comunicarse con aquel vampiro estelar, el quinceañero exploró las distintas posibilidades que su nueva situación le podría ofrecer. ¿Y si aquel ser había sido convocado durante la invocación y estaba atado a la voluntad de Albert?

Aquella eventualidad, lejos de mermar su ánimo, espoleó aun más su ya enorme autocomplacencia. Se creía poseedor de una fuerza cósmica capaz de cumplir sus más oscuros deseos, que solo debía plantear si la ocasión lo requiriese. Estaba seguro de que esa abominación podría liquidar a cualquiera que se atreviese a hacerle daño. ¿Pero era eso lo que quería? ¿O aguardaría el momento adecuado para pedirle al ser que se marchase a su inconcebible lugar de procedencia?

Solo había otra cosa que escapaba al supuesto control del master de aquella inusual y gigantesca partida de rol: Oswald, que sabía mucho más de lo que aparentaba y que era quien realmente tenía la sartén por el mango. 

Félix Ruiz H.




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