Castillo de los no muertos: Solomon Kane contra Drácula
El año pasado comenzó con diversas lecturas que giraron en torno a la figura de Drácula en el cómic, con Tomb of Dracula como el exponente más importante de aquel ciclo. La casualidad ha querido que el señor de los vampiros haya vuelto a toparse en mi camino, aunque ha sido de manera sorpresiva y por partida doble. Dos lecturas de la misma historia en dos lugares diferentes, pero con el mismo y singular enfrentamiento. Un puritano inglés del siglo XVI puso en jaque al terror de Transilvania. Su nombre era Solomon Kane, el autoerigido como guerrero de Dios.
La pila de lecturas pendientes no está disminuyendo lo más mínimo en estos primeros días de 2026, queridos lectores. Pero había que empezar por alguna parte, así que me decidí a coger el Marvel Omnibus dedicado al personaje de Robert E. Howard que vio la luz en 2021. Treinta y seis historias y varios otros extras que recogían la etapa original del inglés bajo el paraguas de La Casa de las Ideas. Allí pueden leerse adaptaciones de los relatos de Howard, además de varias y suculentas aventuras originales. El trabajo de traducción de Joan Josep Mussarra me ha parecido muy bueno, dando continuidad al genial trabajo de muchos artistas consagrados de los años setenta. El tomo merece una reseña a su altura, que espero abordar más adelante. Hoy toca centrarse en el segundo de sus capítulos.
Pero antes de eso, señalaré la segunda fuente en la que he podido leer este crossover. Tengo numerosas revistas digitalizadas en mis discos duros, y me gusta recuperarlas de vez en cuando para buscar información o material de estudio. Entre ellas se encuentra Escalofrío, que se publicó entre 1973 y 1979 en sesenta y siete números gracias a Ediciones Vértice. Además de trabajos propios de la redacción, en la revista había un espacio destacado para varias cabeceras estadounidenses como Vampire Tales, Tales of the Zombie, Monsters Unleashed! o Dracula Lives!, que es la que acogió Castillo de los no muertos. Fue su número once, con portada de Rafael López Espí, el que acogió el primer enfrentamiento entre estos rivales tan dispares.
Castle of the Undead vio la luz por primera vez en el número tres del primer volumen de Dracula Lives!, que se puso a la venta el 19 de junio de 1973, aunque otras fuentes señalan el mes de octubre de ese mismo año. El guion corrió a cargo del mítico guionista y editor Roy Thomas, que por entonces ejercía como Editor Jefe de Marvel tras el ascenso de Stan Lee. Poco antes de lanzarse de firmar la historia que nos trae hoy aquí, Thomas había lanzado al mercado Conan The Barbarian, al que dedicó cientos de grapas que contaron con el dibujo de Barry Windsor-Smith.
En aquella corta etapa como Editor Jefe – que solo duró dos años, ya que le era imposible compatibilizar el ritmo creativo que llevaba adelante y las responsabilidades adquiridas con su cargo – colaboró con otros muchos artistas. Entre ellos, el dibujante y escritor de Chicago Alan Weiss, que empezó su carrera en 1971 en la competencia para luego dibujar a personajes como Daredevil, Spider-Man o los Vengadores. Aunque también tuvo tiempo para hacer cosas más escuetas, como este enfrentamiento entre Drácula y Solomon Kane que estamos a punto de desgranar al detalle. Un equipo creativo al que también habría que sumar al colectivo Crusty Bunkers en el entintado. Este curioso pseudónimo fue utilizado por unos sesenta artistas a partir de los años setenta y, según el propio Weiss, fue acuñado por Neal Adams – creador de Continuity Studios – en honor a sus hijos.
Ahora sí, vamos a centrarnos en narrar esta lucha a muerte presentada en Castle of the Undead. Una confrontación que daba comienzo en una noche en que la Luna llena filtraba su luz a través de las ramas secas de un desconocido bosque transilvano. Con la espalda apoyada en uno de aquellos troncos desvencijados, un hombre con el torso desnudo, el pelo largo y enmarañado y cada músculo de su enjuto cuerpo en tensión miraba a los tres animales que le rodeaban. Su furibunda determinación era mayor a cualquier miedo. Su sagrada misión espoleaba su alma, y no existía contrincante capaz de hacer mella en su voluntad. Solomon Kane era la espada de Dios, y no estaba dispuesto a vender barato su pellejo.
Como un animal acorralado, cargó hacia el lobo que tenía justo delante, con el estoque de plata en alto. Su efectividad fue máxima, pero aun restaban otros dos cánidos a los que abatir. Coordinados, ambos se arrojaron sobre el hombre, que era incapaz de recuperar la espada ensartada en el tembloroso cadáver del primer asaltante. La situación no pintaba nada bien para el puritano. Afilados dientes apresaban uno de sus brazos y estaba a un solo bocado en la yugular de reunirse con su creador. Pero no era el momento.
Un grito quebró aquella noche de pesadilla, dando paso a una figura alta y elegante. El recién llegado habló con familiaridad a los lobos, a los que no trató con cortesía alguna. Haciendo uso de una fuerza sobrehumana, lanzó a ambos fuera del alcance de Kane, que era incapaz de recuperar la verticalidad. No había salido indemne de aquella pelea. Su salvador le ayudó a ponerse en pie y le ofreció la hospitalidad de su cercano castillo, no lejos de aquella espesura en que ambos se encontraban. Aquel amable desconocido se presentó como el conde Drácula, señor de aquellos lares. Solomon le debía la vida, por lo que aceptó el hombro en el que apoyarse. Atrás quedó el estoque de plata, clavado en el cuerpo de un hombre de mirada vacía.
Las varias heridas del cuerpo del errante necesitaban ser vendadas. Solomon creía que sería el propio conde quien se prestaría a llevar a cabo aquella labor, pero no fue así. Acomodado en una de las muchas habitaciones de aquel enorme y aparentemente vacío castillo, Kane mantuvo una corta conversación con su anfitrión. Este se preguntaba por el motivo que llevaba al espigado guerrero a tan inhóspito lugar. La razón tenía un nombre: Rosella Carson, hija de un amigo inglés que se hallaba en paradero desconocido, aunque los indicios indicaban que podía encontrarse en los alrededores de aquella provincia dejada de la mano de Dios. Portaba consigo un medallón con una imagen de la mujer. Drácula dijo no saber nada sobre tal desaparición, achacándola a la presencia de bandidos en la zona. Los mismos bandidos con los que el puritano se habia enfrentado durante aquel mismo día y que se recurrieron a tretas para dejarle fuera de combate hasta el crepúsculo. Kane los oyó hablar mientras huían, rumiando cosas sin sentido y mencionando supersticiones impías.
Aquel castillo sería la morada de Solomon mientras fuese necesario. Sin embargo, el noble le pidió algo en nombre de ese favor que se le debía por haberse erigido en salvador. El extranjero tenía prohibido abandonar la estancia antes de la llegada del anochecer. Extraña petición la de Drácula. Su falsa hospitalidad y su actitud tan ambigua habían hecho recelar al inglés, demasiado experimentado como para ignorar las señales de peligro que se dibujaban en cada rincón de aquel viciado ambiente. Lástima que el cansancio hiciese necesario un sueño reparador. Las respuestas habrían de esperar, o eso creía nuestro soldado.
Pocas horas antes del alba, unos pasos livianos alteraron su descanso. Si todo lo acontecido durante el anterior día ya le había parecía producto de un desagradable sueño, lo que vino a continuación no fue menos. Disfrazada de una bella y desnuda joven, aquella visión que despertaría los instintos más primarios de cualquier otro hombre encendieron todas las alarmas del puritano. La muchacha se echó a su lado, acariciando con sus gélidas manos el cuerpo ya tenso del hombre. Kane rechazó aquel regalo envenenado que le ofrecía una siniestra Rosella Carson, a la que había reconocido al instante. Se había transfigurado en un diablo infernal, un vampiro como todos aquellos que había visto arder en muchos puntos de Europa.
Lejos de arredrarse, Rosella agarró con inusitada fuerza al puritano, que voló hacia una de las paredes de la habitación. Kane ya no contaba con una espada con la que defenderse, pero sí con un bastón (¿sería el fetiche de N’Longa o un bastón común?). El mismo fue quebrado sin esfuerzo con Rosella, que no era consciente del error que acababa de cometer. Un pequeño filo era más que suficiente para acabar con su vida. El corazón impuro de la mujer se detuvo de forma definitiva, y su asesino gritaba de rabia por haber incumplido la promesa que hizo a su padre. Suya sería la venganza. Sería juez, jurado y verdugo para Drácula, el verdadero culpable de aquella tragedia.
Deambulando por los pasillos, Solomon tomó un nuevo filo de metal con el que ejecutar la voluntad de Dios. Hizo lo propio con otro, pues no quería ejecutar a su enemigo por sorpresa y de forma sibilina, sino de frente y tras un duelo. El noble esperaba en un gran salón, bebiendo de una copa lo que a buen seguro era el fluido vital de algún desgraciado. Una espada cayó a sus pies, junto al fuego de una chimenea. Drácula lamentaba lo ocurrido, pues había dejado claro a Rosella que Kane debía ser suyo. Pero respetaría el deseo del extranjero. Si este deseaba un duelo de espadas, él se lo daría. No por nada, aun se consideraba un espadachín temible. Su infame fama le precedía.
Danzando a través del salón, ambos contendientes dieron lo mejor de sí mismos. Los intercambios se sucedieron, dejando claro que aquella no era una simple lucha. Eran el mal y el bien los que pugnaban por la supremacía, y fue este último el que cobró una ventaja que se antojaba como definitiva. Drácula quedó desarmado e impotente ante la siguiente estocada del brazo de Dios. Solomon Kane había vencido a aquel demonio succionador de sangre.
La alegría fue efímera. El noble reía mientras volvía a ponerse en pie. El hierro o el acero era inútil contra él. No como la madera o la plata. Lástima que el nervudo inglés no tuviera acceso a ninguno de los dos elementos. Confiado, Drácula se disponía a acabar con aquella farsa, pero no contaba con el as en la manga – o, mejor dicho, en la bota – de su contrincante. Una bolsa llena de monedas de plata pura fue lanzada a la cara del vampiro, que sintió como su piel hervía por el contacto directo con el metal. Su cuerpo se debilitaba y sus poderes menguaban. Ahora sí que le resultaba imposible escapar. Veía angustiado al iracundo inglés, que había tomado un hacha con el que decapitar a aquella maldición que se había cernido sobre el mundo. El noble solo pudo apelar a la promesa de Kane, aquella que debía cumplir por haber salvado su vida en el bosque: Drácula pidió clemencia y, con ello, derrotó a su verdugo.
La impotencia movió el brazo de Kane, que estrelló el filo del hacha contra unos escalones. Aquel sabor amargo que quedó en su boca no podría ser disimulado nunca más. Desde aquel día, cada muerte infligida por aquel ser pecaminoso pesaría como una losa en los hombros del puritano. Oyendo aun las carcajadas burlonas de Drácula, Solomon Kane abandonó el castillo del guerrero del dragón con la cabeza gacha, desconocedor aun de que la vida le reservaba otra oportunidad de cambiar ese falso final.
Félix Ruiz H.






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