The Twilight Zone: Un mundo de sueños salvajes


En los confines de la galaxia, más allá del horizonte de la humanidad y de las esperanzas de salvación, una nave espacial viaja en busca de vida extraterrestre inteligente. Sus tripulantes han dejado atrás sus hogares, familias, recuerdos y traumas. Pero estos aventureros descubrirán que sus pasados nunca estarán demasiado lejos de ellos y que aquello que buscan puede tener planes para su futuro. Todo ello en… ¡la Dimensión Desconocida!

El pasado mes de noviembre se publicó en Estados Unidos el segundo número de la miniserie que, impulsada por IDW, trata de dar una nueva vida a la licencia que vio la luz por primera vez en 1959, de manos de Rod Serling. Hace muy pocas fechas ya comenté los pormenores de esta nueva andanza editorial, por lo que vamos a pasar por alto todos esos detalles. Sí que es necesario recordar que esta nueva antología corre a cargo de diferentes artistas. Este segundo número, a diferencia del anterior, tiene a una misma persona como guionista, dibujante y rotulista. Este artista no es otro que Tom Scioli, quien es reconocido por tener un estilo similar al del añorado Jack Kirby y que fue nominado a un premio Eisner en 2008 por Gødland, la que es considerada como su mejor obra.

Antes de proceder al resumen argumental de A World of your Wildest Dreams (que he traducido y resumido brevemente en el título del post), no puedo evitar hacer algunos comentarios respecto a la misma. Esta segunda parte de la antología presenta varios problemas importantes. Y no solo me refiero al dibujo que, a excepción de un par de páginas, resulta muy simplista y parco en detalles. La tensión que se pretende trasladar al lector nunca termina de explotar, y la sucesión de eventos extraños culminan de forma confusa y casi satírica. No todo es tan negativo como parece. A pesar de que su premisa argumental es casi un cliché en sí misma – una tripulación que despierta tras un sueño criogénico cuando se acerca a un planeta habitable – y de que las conversaciones entre los astronautas son insulsas y podrían estar extraídas de cualquier episodio de Star Trek, Scioli se esfuerza por plantear un misterio interesante. Por desgracia, el conjunto pierde fuelle casi al instante y presenta un tono tan liviano que no da espacio a desarrollar con suficiencia a ninguno de los cinco protagonistas. En este sentido, Blanks (En blanco) me parece muy superior en todos los sentidos. Tanto en los asuntos tratados como en su ejecución. La base de este nuevo relato es el trauma infantil, cuyos efectos dejan huella en la psique humana de forma permanente. Todo ello, combinado con una trama espacial con cierto eco a Esfera, de Michael Crichton, aunque a una escala mayor.

Pasemos ahora a hacer un somero resumen de esta breve aventura espacial, que empieza con el primer oficial Arlo Chapel quejándose de su suerte y del nulo trabajo que tiene a bordo de la nave, manejada en su totalidad por un ordenador central. Él había sido el primero en ser despertado del su criosueño, como mero observador de los últimos compases de su periplo a través del espacio. No se nos brindan indicaciones de cuándo empezó su misión ni cuál es su destino, aunque su objetivo sí que está claro: colonizar nuevos mundos y buscar vestigios de vida inteligente.

La nave se acercaba a su objetivo, y el ordenador central decidió que era momento de despertar al resto de los miembros de la nave. En un desayuno muy al estilo de Alien: el octavo pasajero, los cinco compañeros conversaban sobre la inutilidad del arduo trabajo de la humanidad en pos de conquistar nuevos mundos, pues el universo seguía siendo tan insondable como antes de que empezasen a partir de la Tierra y de sus múltiples colonias esos ingenios voladores que surcaban el vacío estelar. Blake y Linwood eran los más pesimistas al respecto, lo que deja varias preguntas en el aire sobre los motivos que les llevaron a enrolarse en la nave. Por su parte, Ridgeway y Doc – el personaje femenino del grupo, a quien no se nombra de ninguna otra manera en la grapa, dando por hecho que esta forma de dirigirse a ella no es más que un apodo – eran más pragmáticos y se centraban en el objetivo, bien fuera este encontrar minerales raros o vida extraterrestre.


Una vez llegados al objetivo, se produjo el primer evento que haría que cualquier científico serio se tirase de los pelos. El ordenador de a bordo y sus sensores cambiaron las lecturas anteriores sobre la atmósfera del planeta recién hallado, arrojando ahora una similitud impresionante respecto al ambiente terrestre. Esos datos bastaron para que los cinco astronautas decidieran que era buena idea bajar sin cascos, olvidando cualquier posible riesgo biológico. Está claro que no vieron las, para muchos, infames Prometheus o Alien: Covenant. Ridley Scott sentó muchas bases para futuras producciones espaciales, aunque luego presentara cierta tendencia a boicotearse a sí mismo. Pero no nos desviemos, pues nuestros intrépidos e imprudentes protagonistas se montaron a bordo de un vehículo motorizado, topando poco después con su objetivo principal.

La vida nativa no se circunscribía solo a lo microscópico, sino que había grandes plantas que catalogar y estudiar. Con apenas unas mediciones, Ridgeway y Doc tomaron muestras sin ningún pudor ni cuidado. Aunque las sorpresas no acabaron ahí. De repente, una suerte de conejo con un solo ojo apareció entre la vegetación, para asombro de los astronautas. Linwood no tardó en llamarlo Jack, en recuerdo del conejo que nunca pudo tener en casa por culpa de las alergias de sus padres, que posteriormente atropellaron al animal para curarse en salud. Este primer trauma fue refrendado en la primera noche en la superficie de aquel nuevo mundo, cuando Blake observó a una extraño ave al que llamó Señor Polilla – ¡qué recuerdos sobre mi querido Mothman, al que tanto estudié hace unos años! –, rescatando de su memoria un episodio que se produjo mientras acampaba cuando era pequeño. Mientras comentaban aquellas casualidades, Doc hizo un comentario que provocó que el resto cayese en la cuenta de que todo parecía demasiado conveniente: ¿y si aquellas apariciones no eran casuales, sino que había algo en aquel lugar que leía los pensamientos de los recién llegados?

Todos decidieron volver a la nave, debatiendo sobre posibles explicaciones a aquel fenómeno desconocido. Sin embargo, Chapel ordenó parar en seco cuando vio una escena violenta: un ser estaba siendo apaleado por otro, cosa que el oficial no podía permitir. Otro trauma estaba saliendo a la luz. Una noche, el padre de Arlo llegó a casa furioso y quejándose por la supuesta falta de limpieza. Como era de esperar, lo pagó con su mujer, a la que golpeó con un taco de billar. Arlo no pudo hacer nada para evitarlo. Pero ahora era distinto. Ahora sí que podía actuar. Pero su intervención provocó que una multitud de seres – con distintas fisonomías – atacase al grupo y lo capturase, llevándolos hasta una enorme ciudad de corte futurista y cuyo cielo estaba adornado por varios otros cuerpos celestes.

Los cinco fueron sometidos a juicio por asesinato por un peculiar juez y arrojados a una celda. Pero aquel presidio parecía responder a la violencia de los humanos, que con sus golpes y sus insultos debilitaron las paredes. Una vez fuera, continuaron con la huida a la carrera y con los puños por delante. Su vehículo les esperaba, listo para devolverles a la nave. Pero los traumas de Blake volvieron a hacer de las suyas. Unos gusanos gigantes emergieron de sendos agujeros, llevándose al hombre. Habría que recurrir al armamento restante. No serviría para matar a los extraterrestres, pero quizá pudiese interrumpir su longitud de onda, revelando de paso su verdadero aspecto. Dicho y hecho. Ante el avance de la primera horda, el arma de gran tamaño fue usada por Arlo y los suyos, logrando que toda aquella heterogeneidad de vida se convirtiese en una única especie. Seres de aspecto humanoide, con miembros largos y ojos grandes, rectangulares y sin pupilas ni iris. Una vez destapado aquel secreto, era el momento de las revelaciones.

Ese mundo era una suerte de asilo planetario, un centro de salud mental de escala colosal en el que los nativos acogían a todo aquel que llegase para que sanase sus heridas y superase sus traumas. Como seres empáticos, eran capaces de cambiar de aspecto y leer cualquier mente, empezando con ello la terapia individualizada con cada nuevo visitante. Para demostrarlo, el cabecilla de tan extraña especie les mostró a un Blake totalmente sano y a salvo, que hablaba de las comodidades y bondades que aquel sitio inhóspito acababa de mostrarle. Arlo Chapel dudaba de las intenciones de aquellos seres, pero el resto de astronautas se inclinaba por pasar un tiempo allí y probar la eficacia del tratamiento. Todos habían dejado atrás sus vidas, y sus traumas aun eran dolorosos. ¿Por qué no tratar de superarlos con la ayuda aparentemente altruista de esos extraterrestres? Solo había un pequeño problema, fácil de solventar para aquellos seres avanzados: el tratamiento podría durar siglos, aunque ellos podían garantizar la supervivencia de los huéspedes. Con estos últimos detalles explicados, la mayoría del grupo decidió permanecer en aquel nuevo hogar, mientras Arlo Chapel tomaba la decisión de volver a la nave y huir de aquellos seres psicoanalistas. Bajo su punto de vista, aquel mundo era un manicomio gigantesco, y puede que tuviese razón. Lo cierto es que nunca lo sabremos, como tampoco lo sabrán aquellos que, en la Tierra, recibieron al solitario oficial.

Su historia era inverosímil, llena de detalles que podrían ser fruto de una mente trastornada por un episodio de disociación o algo similar. ¿Cómo podría explicar de otra forma la desaparición de sus cuatro compañeros de tripulación? Puede que la culpa generada por esa pérdida provocara que la mente fragmentada de Arlo crease una fantasía a su medida. Para él, todo lo narrado era cierto. Una suerte de final feliz que solo podría suceder en la Dimensión Desconocida...

Félix Ruiz H.


Imágenes: portada de Tom Scioli y portadas alternativas de Francesco Francavilla y Jim Rugg.




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