The Twilight Zone: En blanco
Muy pocas series de televisión han dejado una huella cultural tan profunda y duradera como The Twilight Zone (que aquí conocemos como La Dimensión Desconocida). A pesar de haber visto la luz en 1959, fue un producto tan innovador que sigue siendo un referente más de medio siglo después. La antología abanderada por Rod Serling combinó fantasía, ciencia ficción y terror, ofreciendo un buen número de historias que han pasado a formar parte del imaginario colectivo. Ahora, doce años después de que Dynamite Entertainment intentase resucitar la franquicia en formato cómic – con J. Michael Straczynski y Guiu Vilanova haciendo equipo –, IDW Publishing ofrece una miniserie de cinco números autoconclusivos que buscan recuperar el espíritu de aquellos episodios tan célebres.
Para quienes no sepan de qué estoy escribiendo – cosa que dudo bastante –, The Twilight Zone fue concebida como una serie de televisión que se emitió en CBS durante cinco temporadas, entre 1959 y 1964. Más de medio centenar y medio de episodios, de los cuales noventa y dos fueron escritos por el propio Rod Serling. Entre los otros guionistas figuraron figuras tan eminentes como Ray Bradbury o Richard Matheson. De igual modo, hubo grandes actores y directores involucrados a lo largo de la producción, punto que se repitió – con mucho menos éxito – en las subsiguientes etapas de la serie, la última de las cuales llegó en 2019 de manos de Jordan Peele, contando con veinte episodios divididos en dos temporadas con escaso respaldo de crítica y público.
Entre unas etapas y otras, y a través de los distintos formatos en que se ha intentado replicar la fórmula original, hay ciertos patrones comunes. Relatos autoconclusivos, planteamientos atrevidos, dilemas morales, sucesos impactantes, giros macabros, finales abruptos y moralejas más o menos explícitas. fueron algunas de las características que todo lo que se hacía alrededor de la franquicia trataba de aunar con resultados dispares.
En lo que respecta al noveno arte, The Twilight Zone ha tenido también una dilatada trayectoria. En 1961, Western Publishing/Dell Comics editó cuatro números mientras la serie televisiva estaba en emisión. La propia Western – bajo el sello Gold – lanzó otros noventa y dos números entre 1962 y 1979, seguidos por una última grapa en 1982. Now Comics probó suerte en 1990 con un solo número de una nueva serie que incluía una adaptación de la historia de Harlan Ellison, Crazy as a Soup Sandwich, seguido de un segundo volumen de once números en 1991, otros cuatro en 1993, además de un anual y un especial en 3D. Ya en el siglo XXI, Savannah College of Art and Design colaboró con Walker & Co.para publicar ocho números basados en otros tantos episodios de la serie original, que vieron la luz en 2011. Finalmente, en 2013 llegaría el intento de Dynamite Entertainment.
Tras aquel anuncio sobre la licencia por parte de IDW, ya es posible leer los dos primeros números de los cinco programados, que aparecerán en enero, febrero y marzo de 2026. El primero de ellos, el que me dispongo a reseñar y resumir, vio la luz el pasado 24 de septiembre. Blanks (Espacios en blanco o En blanco, sin más) ha contado con un guion a cargo del inglés Dan Watters – del que podemos destacar Batman: Patrones Oscuros o Monstruos de Universal ¡El Monstruo de la Laguna Negra Vive!, ambos aparecidos en España gracias a Panini y Moztros – y dibujo de Morgan Beem – La cosa del pantano. Ramas Gemelas –, además de la rotulación de Sandy Tanaka.
Desde IDW han dejado claro que esta nueva miniserie no tratará de reinventar la fórmula, sino homenajearla, y eso es algo que este primer número reafirma. Ciencia ficción, extrañeza, terror y conflictos morales se dan de la mano en una trama que se centra en los deseos de un hombre rico y las consecuencias de su desmedida arrogancia. Como telón de fondo, contamos con una isla secreta, una serie de experimentos aun más clandestinos y un deseo desmedido por aferrarse a la vida. Porque, no nos engañemos, la muerte está escondida tras cada esquina y todos, aun en pequeñas dosis y a sabiendas de que es imposible a día de hoy, hemos soñado con poder evadirla más allá de los umbrales naturales.
El multimillonario y ya entrado en años Edward Kane es presentado como el típico hombre con recursos casi infinitos, que no repara en gastos a la hora de satisfacer su mayor deseo, que no es otro que vencer a la parca. Aunque los motivos esgrimidos por el magnate parecen ser nobles, a medida que la acción avanza sale a la luz la naturaleza egoísta del mismo. A pesar de su corta duración, Watters ha sabido introducir temas candentes como el cambio climático, las amenazas biológicas y la homogeneización del pensamiento en contraposición con la libertad individual. Todo en pequeña dosis que, por desgracia, pueden parecer insuficientes para quienes gustan de este tipo de relatos. Esa es su gran pega: Blanks deja con ganas de más. Sobre todo, gracias a su final, que deja a las claras que el sufrimiento del mundo puede ser erradicado mediante decisiones erróneas y que nacen del interés particular o de cierta maldad innata en las personas con poder y capacidad de tomar decisiones.
Los trazos de Beem complementa con suficiencia las intenciones de Watters. Una vez llegados al tramo importante, la antinatural caracterización de los personajes deja sensaciones de desazón y extrañeza, merced a figuras que solo pueden ser diferenciadas gracias a sus vestimentas o los lugares por los que vagan. Esa regla solo se rompe con un solo personaje: el propio Kane, que se erige en la única persona que conserva su individualidad.
A partir de aquí entramos en harina, por lo que debemos lanzar el pertinente aviso de spoilers. Tras una presentación que podría haber sido narrada por el propio Serling, Edward Kane llega en helicóptero a la mencionada isla, que al parecer está libre de cualquier supervisión gubernamental. Watters se asegura de presentarnos al típico tipo acaudalado que cree conocerlo todo, que hace y deshace a su antojo y que arrasa con otros individuos, sin importar que estos sean más inteligentes y capaces. Kane no se anda con chiquitas, pues no quiere perder el tiempo. Quiere ver por sí mismo la culminación de millones de dólares de inversión y décadas de investigación por parte del doctor Culloch, quien está a cargo del complejo.
El lugar parece ser un oasis para millonarios que buscan retrasar el envejecimiento. El mordaz Kane lo compara con cualquier hotel de lujo, pero el secreto de Culloch se halla a buen recaudo, en forma de líquido contenido en una probeta. La presentación del científico se centra en la comparación del cuerpo humano con una zona de guerra, en la que las células y tejidos batallan sin cesar con el entorno, bacterias y virus. Precisamente es ese último grupo de seres vivos el que sirve de base para el prometido suero de la juventud. Culloch asegura haber sintetizado un virus – a partir de otro que nunca es especificado – que logra la amnesia inmunológica total, un borrado sistemático de la memoria del sistema inmunológico que que reiniciaría el proceso de envejecimiento.
“Y aquí está. Diseñado a partir de una enfermedad que una vez nos mató. Un virus benévolo que se propagará por la humanidad… Actuando como un reinicio de fábrica en el proceso de envejecimiento que hará que las células olviden su deterioro y rejuvenezcan.”
Kane quiere probarlo consigo mismo sin perder tiempo, pese a las advertencias de Culloch. En primer lugar, Kane lanza loas a la humanidad, insistiendo en que quiere conocer a cuantas personas pueda mientras el nuevo virus evita las millones de muertes anuales que son achacables a la vejes o a distintas enfermedades. Esa corta escenificación es cortada de raíz cuando el multimillonario revela que está sucumbiendo ante un cáncer de estómago. No hay espacio para probaturas. Él será el paciente cero, adelantándose a años de ensayos.
Mientras se prepara para recibir el tratamiento experimental, tumbado en una camilla, Kane habla sobre su hijo. El chico estudia medicina, un campo que estaba a punto de quedar obsoleto. El protagonista espera que puedan compartir todo el tiempo posible, ya lejos de cualquier temor hacia el paso de la vida o los inevitables fallos biológicos.
Tras un fundido a negro, Kane despierta en soledad. Se siente más joven, algo que puede comprobar en el primer objeto reflectante que tiene a su alcance. El suero de Culloch era un éxito rotundo, o eso creía su primer beneficiario. A la carrera, Kane busca a alguien con quien compartir su dicha, recorriendo varios pasillos hasta topar con una enfermera. La mujer no reacciona a sus preguntas, por lo que Kane se acerca, topándose de bruces con lo extraño. Aquella enfermera carecía de pelo o rasgo facial alguno. Era una suerte de maniquí andante que actuaba de forma mecánica y no articulaba palabra alguna.
Creyendo ser presa de una pesadilla o una alucinación, el rejuvenecido millonario recorre el complejo, dándose cuenta de que algo ha ido muy mal mientras ha estado dormido. Todos los individuos que habitaban en aquella isla de ubicación desconocida presentaban el mismo aspecto. Solo sus posturas o sus prendas permitían cierta diferenciación. Un horror, sin duda. Pero Kane se sentía joven y ágil. A pesar de las circunstancias, su anhelo se había cumplido. ¿Debía sentirse culpable por estar alegre?
Culloch estaba en el helipuerto, tratando de prender fuego al helicóptero que había traído al magnate hasta el lugar. Kane logró detenerlo justo a tiempo, solo para ver que el científico estaba a punto de perder su identidad merced al virus. Su rostro estaba perdiendo las facciones, restando solo una porción de su boca y parte del ojo izquierdo.
“El virus. El cuerpo no solo está olvidando su edad… Está olvidando su propia humanidad. […] Todas las cosas que nos hacen ser nosotros… Lo que nos hace únicos. Si el virus abandona esta isla, se las arrebatará a todo el planeta… Creará un mundo de seres vacíos, insensibles, sin pensamiento.”
Culloch le estaba pidiendo a Kane que se aislase en aquel lugar durante el resto de su vida. Como inmune, él conservaría su inteligencia y todo aquello que le hacía diferente a los demás. Pero, a cambio, debería convivir para siempre con todos aquellos seres idénticos e incapaces de comunicarse. Su bien personal había traído la desgracia para la humanidad. Sin embargo, Kane aun podía decidir. Estaba a tiempo de hacer lo correcto. ¿Pero quién le aseguraba que sería el único inmune al virus del rejuvenecimiento y la desindividualización?
Libre de la muerte, de la vejez y de la enfermedad, solo quedaba el egoísmo. Edward Kane quería – para beneficio particular, aunque luego se extendiera al resto del mundo – aliviar el sufrimiento ajeno. La manera de lograrlo había resultado ser una plaga para todo aquello que nos define como humanos. Puede que, a la larga, el millonario logre ese último objetivo. Aunque de una forma cruel, al menos para quien esto escribe. ¿Se arrepentirá algún día de vivir en un planeta vacío de civilización? Pues ese era, precisamente, el precio a pagar por su recién ganada inmortalidad. Ya tendría tiempo de reposar todo aquello. De momento, se contentaba con pilotar por sí mismo el helicóptero de su propiedad. Él era el paciente cero de La Dimensión Desconocida...
El segundo número de la miniserie se ha estrenado en noviembre, con guion y dibujo de Tom Scioli. Su título es A World Of Your Wildest Dreams y versa sobre la búsqueda de vida extraterrestre a bordo de una nave espacial. Espero poder traer ese segundo número en un futuro cercano, al igual que el resto de la serie. Mientras tanto, esperemos a que alguien se atreva a licenciarla en España. A buen seguro que contaría con muchos lectores.
Félix Ruiz H.
Imágenes: distintas portadas del número 1 de la nueva serie de The Twilight Zone.





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