Tercer aniversario: ¡Golconda!

 



Una multitud de hombres ataviados con bombines y trajes negros parecen flotar en aire, viéndose tras ellos unos cuantos edificios y un cielo algo encapotado. Esos globos humanos son muy parecidos entre sí, dando la sensación de ser un grupo homogéneo de observadores de cuanto acontece a su alrededor. ¿O se trata de individuos diferentes que han coincidido en su peculiar disposición? Todo depende del punto de vista, pero lo cierto es que la obra de René Magritte influenció a gran cantidad de artistas a lo largo del pasado siglo. Entre ellos, a mi admirado Tiziano Sclavi, que tomó como base el óleo pintado en 1953 para crear una de las historias más particulares de Dylan Dog.

Mi proyecto más particular está empezando a dejar de ser un bebé para entrar en su etapa de infante correoso. El Gabinete Oculto cumple tres años, lo que me sirve de excusa traer de nuevo al personaje al que he dedicado más textos. El detective de Craven Road ha sido parte importante de mi vida durante los últimos años y me ha ayudado en momentos en que mis ánimos flaqueaban. Sigo dedicando muchas horas a ojear sus tomos, a buscar referencias culturales dentro de ellos o a tratar de interpretar las claves que los distintos guionistas han introducido en ellos a lo largo de los años. A partir de esa inversión de tiempo (que me tomo como un divertido y enriquecedor pasatiempo) han nacido todas las páginas ya escritas sobre el detective de las pesadillas, que a buen seguro acabarán multiplicándose en el futuro. Ya veremos hasta dónde llega el asunto, pero por el momento me vais a permitir que vuelva al mes que nací, pues fue en febrero de 1990 (y no en el año 92, como he visto en alguna que otra fuente que parece no haberse hecho eco de lo indicado por la propia web de la casa Bonelli) cuando apareció esta obra de arte firmada por Sclavi y por un Luigi Piccatto excelso.

Todos aquellos que quieran profundizar en la ya dilatada trayectoria del personaje deben leer este número 41 de la serie principal obligatoriamente. Estoy bastante seguro de que plasmé en mi teclado algo parecido cuando escribí sobre Historia de nadie o sobre Morgana, pero os aseguro que no es por capricho. El simbolismo y lirismo de aquellos primeros tiempos de Dylan han sido respetados hasta el presente, pero pocas veces ha podido igualarse o, mucho menos, superarse. Eso es mérito de un Sclavi superlativo, capaz de mezclar elementos de la cultura popular con su particular forma de ver y entender el mundo que le rodeaba y el contexto social de su época. Todo un mago del realismo mágico en el noveno arte.


Golconda! podría ser considerado como un batiburrillo de desvaríos plasmados en una historieta. Nada más lejos de la realidad. Todo cuando se incluyó en sus páginas obedecía a dos objetivos: atraer las miradas a cada viñeta y rendir homenaje a la figura del artista belga. Esto último es tan evidente que incluso podemos verlo en la portada original, una ilustración firmada por Claudio Villa que imita al cuadro del cual el cómic tomó prestado su nombre, incluyendo a un Dylan Dog mirando perplejo a los siniestros trajeados que permanecían estáticos en el aire. Cabe señalar que esa figura del hombre de negro y bombín era un motivo recurrente en las pinturas de Magritte. Derivo a los lectores a que busquen óleos como El asesino amenazado (1927) o El hijo del hombre (1964) para dar veracidad a esta observación.

El nombre del tomo tiene otra capa de profundidad más, que igualmente formó parte de los surrealistas acontecimientos en los que el bueno de Dylan se vio envuelto por mera casualidad, cuando una pareja se introdujo en una parcela inexplorada de un bosque para intimar. Golconda alude a una antigua ciudad india y epicentro de una importante actividad minera que provocó la muerte de muchas personas mientras buscaban y extraían diamantes de sus entrañas. El interior de la Tierra tiene con su propia intrahistoria, transversal a las distintas civilizaciones y que continúa generando ríos de tinta, bien por las distintas ciencias que lo estudian o por las incomprensibles teorías que algunos alucinados tratan de mantener vivas por motivos que solo ellos comprenden. En nuestro Occidente heredero del mundo grecolatino, el subsuelo escondía a demonios y otros seres oscuros al servicio del mal. Algunos seres adscritos a estas categorías imaginarias también se dieron cita en este malentendido provocado por una simple llamada telefónica y por el mencionado calentón de dos incautos jóvenes.


El Club Inferno necesitaba que los miembros del grupo Demonios confirmasen su próximo concierto en el garito. Amber Cat, propietaria del mismo, marcó distintos números de teléfono sin conseguir contactar con los músicos. Quienes sí atendieron las llamadas fueron Groucho y una criatura enorme que descansaba tranquilamente en una oquedad imposible de localizar de forma común. ¿A quién se le ocurriría marcar seis veces el número seis, mismo número que se convertía en el medio de contacto directo con Lucifer cada seiscientos sesenta y seis eones? Si esta carambola cósmica no resultase ser suficientemente asombrosa por sí misma, el accidental hallazgo por parte de los fogosos muchachos de una pequeña parcela (en cuyos alrededores hubo en algún indeterminado momento un lugar sacro que fue profanado por actividades satánicas) hasta entonces inexplorada del mundo terminó por abrir las puertas de una grieta dimensional a través de la cual se produjo una incursión en el plano material de seres imaginarios.

Las páginas en las que estos recién llegados hacen de las suyas son un festival de gore y brutalidad. Mención especial merece el enorme ojo que se cebó con la pareja y que luego usó una bicicleta para pasearse como cualquier hijo de vecino. Algún que otro usuario de foros especializados de Internet ha comparado esta criatura con el ojo pintado por el simbolista francés y precursor del surrealismo Odilon Redon en L’oeil, comme un ballon bizarre se dirige vers l’infini (El ojo, como un globo extraño, se dirige hacia el infinito, 1882), perteneciente a una serie de grabados que intentaban homenajear a Edgar Allan Poe, a quien Charles Baudelaire hizo célebre en territorio galo. Viendo con interés esas semejanzas y sabiendo que Sclavi (cuyos conocimientos pueden considerarse casi enciclopédicos) no daba puntada sin hilo, me atrevo a suscribir esta hipótesis.


Por otro lado, y continuando con la visceralidad que caracteriza a la primera mitad de la historieta, tenemos a los numerosos trajeados. Revestidos de una apariencia considerada como normal por la sociedad londinense de primeros de los noventa, parecían actuar por capricho. Eso sí, su aparente arbitrariedad se llevó por delante las vidas de cuantos se encontraron a su paso, de las formas más impactantes posibles. Para añadir otro toque de terror a la trama, estos “hombres” no solo descendían del cielo, como los pintó Magritte, sino que muchos de ellos surgieron de debajo de la tierra. Otra estampa más que ha quedado grabada a fuego en mi memoria.


Los famosos guiños culturales de la serie aparecieron por doquier a lo largo y ancho del número autoconclusivo. Me llevé una grata sorpresa al ver que Sclavi y Picatto dedicaron cuatro páginas al profesor Philip Mortimer, en deferencia a las historietas del también belga Edgar P. Jacobs. Piccatto se esforzó al máximo en esa bella y onírica secuencia, imitando con mimo el estilo del dibujante bruselense. Un detalle muy fino, con mención incluida a Conan Doyle y a las hadas de Cottingley.

No podía faltar el interés romántico de turno. Como cabía esperar, Amber y Dylan tuvieron sus más y sus menos, siendo su irremediable unión parte del clímax de la aventura. Aquí se dio otro curioso juego, pues los apellidos de ambos (Cat y Dog) aludían a sendos animales domésticos y su legendaria enemistad. El detective de aquellos primeros años solía mantenerse sereno, calculador y reflexivo, a menos que la situación lo requiriese. Aun no había dado muestras de su sempiterna melancolía, sentimiento que le empujaba involuntariamente a buscar el huidizo amor que creía no haber recibido nunca por parte de ninguna figura femenina. Cat, por su parte, era impulsiva y combativa. Una mujer de armas tomar, que no dudaba en recurrir a la violencia verbal y física.

Dos caracteres opuestos que, como pasa en infinitas ficciones, acaban atrayéndose. Esta historia de amor estaba condenada al fracaso, como en tantas otras ocasiones. Amber era la última pieza necesaria para restituir el status quo previo al incidente que había ayudado a iniciar. De esta forma, nuestro enamoradizo detective siempre acaba volviendo a su indeseada soltería. O sea, a contar con Groucho y Bloch como paños de lágrimas y únicas compañías habituales. Pero, esta vez, dejaré que seáis vosotros mismos los que descubráis cómo y por qué era necesario que Amber desapareciese de la ecuación. Ahí también reside buena parte del encanto de este número tan singular.

Para dar por concluido este texto, solo resta agradecer a todos los lectores del blog el tiempo invertido en él, el intercambio de comentarios a través de las diferentes redes sociales o las aportaciones en forma de sugerencias o difusión de contenido. Mi intención es seguir actualizando este espacio de forma regular, compaginándolo con mis otros quehaceres y mi constante deseo de escribir ficción, que estoy tratando de concretar de alguna forma. De cualquier modo, no podré evitar el deseo de juntar letras mientras las circunstancias sean viables. Hasta la próxima.

Félix Ruiz H.







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