El Pescador
¿Hasta dónde estaríais dispuestos a llegar para ver de nuevo a un ser querido ya fallecido? Es una pregunta tópica, pero que sigue siendo pretexto para la creación artística desde hace milenios. Desde la epopeya de Gilgamesh hasta la actualidad, muchas obras pivotan alrededor de la pérdida. Emociones que son compartidas por todo el género humano. No por nada, todos libramos una batalla perdida de antemano contra la muerte, que siempre tiene consecuencias en aquellos que quedan en el mundo de los vivos y deben seguir adelante. Ese es precisamente el eje central de El Pescador, un relato sobre el duelo que agrega elementos mitológicos y buenas dosis de terror para redondear el conjunto.
No había leído nada del estadounidense John Langan hasta hace un mes. Ya sabía del buen hacer de La biblioteca de Carfax en cuanto a trasladar a los lectores los escritos de un buen puñado de autores de terror contemporáneo. Con varios de los libros de la editorial en agenda, el primero al que decidí hincar el diente fue al ganador del prestigioso Premio Bram Stoker del año 2016. Además, se daba la feliz coincidencia de que Langan era, a su vez, uno de los creadores de los Premios Shirley Jackson. Convencido de haber hecho una apuesta segura, me dejé guiar por su atrayente premisa y por la promesa de un viaje de los que dejan poso.
Uno de los grandes aciertos del autor en este libro es su facilidad para que empaticemos con sus trágicos personajes. A menos que uno tenga rasgos psicopáticos, es sencillo comprender los terribles momentos vitales por los que atraviesan Abe y Dan, dos personas unidas por el dolor de haber perdido a sus familiares más cercanos. Su joven esposa en el caso del primero, y la esposa y sus dos hijos en el caso del segundo. A pesar de compartir lugar de trabajo (ambos trabajaban para la empresa IBM), apenas intercambiaron palabras antes de que la tragedia les golpease con toda sus fuerzas.
Los primeros compases de la obra (dividida en tres partes) sirven para presentar a Abe, que cuenta toda la historia desde su presente, haciéndonos partícipes del destino de su compañero desde los primeros párrafos. Un detalle este que, a pesar de ser una herramienta narrativa recurrente, me resultó molesto. A la postre, Dan me pareció un personaje mejor gestado y desarrollado que el propio narrador principal. Abrumado por la triste pero esperada defunción de su mujer, Abe tardó un tiempo en encontrar una tabla a la que agarrarse para no acabar ahogado en alcohol. Es ahí donde entró la pesca, una actividad que me es del todo ajena pero cuyo peso en toda la obra es capital. Por suerte para mí y para otros profanos en la materia, no creo que se trate de un obstáculo insalvable.
Tras las fases de negación de la pérdida y de la ira, Abe afrontó las de negociación y depresión con una caña de pescar en una mano y el resto de aparejos necesarios en la otra. Dedicó todo su tiempo libre en buscar lugares propicios para la pesca en toda la zona norte del estado de Nueva York, en completa soledad y sin otro aliciente que responder a un súbito e irracional impulso. Un pasatiempo que sentía impuesto por una inteligencia ajena a él, pero que le ayudó a encontrar una cierta estabilidad. En esas, Abe tuvo noticia de lo ocurrido con Dan y su familia.
Sin entrar en detalles, sí que me tomaré la libertad de decir que la actitud de Abe para con su compañero de trabajo me pareció irritante por momentos. Siendo víctima del síndrome del superviviente, todo lo que tenía que ver con Dan quedó paralizado tras el accidente de tráfico que se llevó por delante las vidas de toda su familia. A raíz de ello, y haciendo gala de un comportamiento compulsivo, pasaba las noches en el cruce de caminos en el que su coche chocó contra un camión. Movido quizá por la sincera necesidad de ayudar a otra persona en una situación parecida a la suya o (por lo que me han trasmitido las interacciones entre ambos) por pura condescendencia, Abe invitó a Dan a pescar. No como una terapia ni como una invitación a entablar una amistad, sino como un gesto inesperado de caridad. El mismo tipo de caridad que uno puede ofrecer a otra persona para sentirse mejor consigo mismo. Es una opinión propia, y como tal debe interpretarse, pero mi convencimiento es que Langan no ha sabido desarrollar una relación creíble entre sus dos protagonistas, que eventualmente acabarían sus respectivos procesos de formas totalmente distintas. En ese sentido, Dan resulta ser más coherente con su propio proceso en todo momento, además de ser el miembro más trágico de la galería de personajes.
Donde Langan sí que acertó de pleno es en el desarrollo de la leyenda del Pescador. Porque, en efecto, la acción se desarrolla en distintos marcos temporales que confluyen en un lugar muy concreto. El arroyo del Holandés se un lugar recóndito y de difícil acceso, alrededor del cual se cuenta una historia que data de principios del siglo XX, cuando toda la zona fue inundada gracias a la labor de una colonia de canteros. En su búsqueda de nuevos lugares para pescar, una sugerencia de Dan condujo a los dos protagonistas hasta la cafetería de Herman, lugar en el que un cocinero llamado Howard y proveniente de Providence (sí, hay referencias a Lovecraft o Melville, pero mucho menos sesudas de lo que se podría presuponer) tuvo a bien contarles con pelos y señales lo que se decía sobre Der Fischer, asunto que llegó a sus oídos gracias a un reverendo, quien a su vez tuvo acceso directo a una de las testigos de cuanto aconteció.
Es en el segundo acto en el que Langan hizo alarde de sus mejores dotes creativas. Una vieja casa, otra tragedia familiar, un asentamiento de trabajadores inmigrantes y un visitante misterioso que se instaló junto a la personalidad más importante de la zona son las piezas de este otro rompecabezas que acabaría entrelazado con los dos pescadores que estaban escuchando aquel cuento de terror. Howard se convierte así en el segundo narrador de la obra, poniendo voz a un montón de interesantes personajes secundarios, con el filólogo Rainer Schimdt como cabeza de cartel e improvisado investigador de los extraños sucesos que siguieron a la llegada del visitante, cuya identidad y naturaleza supone una atractiva incógnita que es susceptible de ser interpretada de varias maneras. Como toda narración de una leyenda, la concatenación de acontecimientos es errática aunque nunca decae en su ritmo. Las explicaciones sobre motivaciones de los distintos personajes, pequeñas eventualidades de su día a día de los personajes y algunos detalles recuperados a posteriori sobre los mismos son perfectamente compatibles con el modo en que las leyendas se transmitían en las últimas décadas del pasado siglo XX. En ese sentido, casi podríamos estar leyendo un capítulo más de Leyendas que cobran vida, del folclorista Bill Ellis.
Muchas reseñas han incidido en los elementos lovecraftianos de la novela. En efecto, hay en ella matices propios de ese subgénero tan buscado e imitado. Muchos de ellos se concentran alrededor de la casa Dort y del desconocido hombre que se asentó en la zona mientras el dueño de la finca aun vivía. Los otros están íntimamente ligados al agua y lo que puede esconderse en sus profundidades. Lo salvaje y lo esotérico se dan de la mano a lo largo de toda la segunda parte del libro, exhibiéndose en todo su esplendor en el clímax del periplo de los protagonistas. De todas formas, es esa parte central la que logra por méritos propios que deseemos llegar hasta la última página gracias a su terror explícito, salvaje y corporal por momentos y sobrenatural cuando se llega al meollo del misterio.
No es ningún secreto que El Pescador toma prestada a una criatura acuática colosal sobre la que construir todas sus tramas, siendo nombrada a veces como Leviatán y otras como Apofis. Un mal primigenio e ingobernable que busca ser domesticado para que extienda su perfidia a toda la humanidad. La búsqueda de datos sobre el contexto mitológico y religioso del ser es un pequeño ejercicio voluntario que los lectores pueden abordar una vez terminada la primera lectura de la obra. Creedme, merece la pena y permite atar algunos cabos.
El Pescador es, ante todo, una exploración sólida del proceso de duelo. Rodeada de los elementos fantásticos ya mencionados y otros que creo conveniente dejar en el tintero, la novela cuenta con varios personajes (aparte de los dos protagonistas, claro está) que experimentan la pérdida de distintas formas. Tal como ocurre en nuestra realidad, en la que las personas pueden reaccionar de formas diametralmente opuestas a momentos parecidos, cada individuo que pasa por ese trance dentro de la ficción se comporta de manera distinta. A todos ellos, sin embargo, se les ofrece una posibilidad de recuperar lo perdido. El precio a pagar por ello es demasiado alto, lo que no impide que algunos de ellos lo acepten de buen grado. ¿Haríais vosotros lo mismo? ¿No daríais cualquier cosa con tal de poder hablar o abrazar una vez más a esas personas que ya no están con vosotros? Ese es el quid de la cuestión.
En resumidas cuentas, Langan exhibe una prosa ágil, sin puntos muertos ni bajones pronunciados que hagan decaer el interés. Mención aparte debo hacer del final de la obra, una suerte de epílogo que me resultó innecesario para cerrar el círculo en torno a las escapadas pesqueras y al estado mental de Abe. También he de advertir que el autor abusa un poco del lenguaje coloquial. Alguien me comentó a través de redes sociales que ese estilo era demasiado “moderno” y que eso le suponía un esfuerzo extra a la hora de continuar leyendo con interés. No ha sido mi caso, pero puedo entender que tanta broma fácil en medio de una buena historia pueda molestar a gente más asidua a autores clásicos. Con todo, ya tengo anotados los otros trabajos de Langan editados por La biblioteca de Carfax. Lo más probable es que esta no haya sido más que la primera aparición de este escritor en el blog. Espero sinceramente que así sea.
Félix Ruiz H.


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