Una voz en la noche
“Luego nos sentamos y estuvimos hablando seriamente de muchas cosas, porque habían empezado a acosarnos pensamientos terribles. El miedo a morir ya no era nuestra principal preocupación; podían ocurrirnos cosas peores.”
Disfrutando de unos merecidos días de asueto, me topé con un pequeño volumen que fue publicado pocos meses después de mi nacimiento, allá por 1990. Esa antología sobre ciencia ficción me ha descubierto varios textos sorprendentes, de autores de prestigio que se adentraron en un género aun por definir y desarrollar. Entre ellos, uno de los que más honda impresión me ha causado ha sido el inglés William Hope Hodgson, a quien tenía en mi particular radas por ser el padre de Carnacki, pero que resultó ser un brillante creador de historias de terror marítimo. Una vez en la noche fue uno de esos relatos que nacieron fruto de muchos años de navegación hacia horizontes inciertos y colmados de aguas traicioneras e impredecibles. Un medio que continúa despertando imaginación y temor a partes iguales.
Octubre es el mes en que las horas de luz solar empiezan a acortarse, las temperaturas comienzan a bajar de forma lenta pero constante y se anuncia la futura pero inevitable llegada del invierno. Pero, sobre todos esos invariables factores, el décimo mes de nuestro calendario occidental posee un fuerte componente cultural que lo asocia al terror. El ocio queda así marcado por esa festividad que trata de conjurar lo malvado mediante la sátira, la reunión o la risa. Cada vez somos más, pertenecientes a toda las generaciones, los que dedicamos parte de nuestro tiempo libre a consumir terror en todas sus variantes, sobresaliendo la literatura y el cine. En mi caso, tras terminar las lecturas de El Pescador de John Langan y Las violetas del Círculo Sherlock de Mariano Fernández Urresti, tomé una selección de relatos compilados y traducidos por el añorado Domingo Santos.
La ciencia ficción a la luz de gas, editado por Ultramar, recogía quince relatos publicados originalmente entre 1844 y 1928 por autores tan célebres como Mark Twain, Antón Chéjov o Arthur Conan Doyle, pero también recuperaba autores totalmente desconocidos para mí hasta el momento, como Kurd Lasswitz o Hanns Heinz Ewers. Domingo Santos hizo también suya la tarea de escribir un prólogo para el libro, además de una presentación de cada relato y de su creador. Sin duda, una pieza coqueta y digna de estar en los estantes de cualquier aficionado a la ciencia ficción previa a la explosión del pulp y de las grandes revistas especializadas. Dentro de la recopilación se encuentra nuestra pieza de hoy, que puede encontrarse en muchos otros tomos. Por ejemplo, me vienen a la mente un par de ejemplares de Valdemar: Los mares grises sueñan con mi muerte. Cuentos completos de terror en el mar (2010) o Mares tenebrosos, Una antología de cuentos de terror en el mar (cuya última reimpresión pude ver en mi librería habitual de Sevilla). Pero a buen seguro que esta historia clásica seguirá apareciendo de forma recurrente en el futuro.
Una voz en la noche (The Voice in the Night) fue publicado en noviembre de 1907 en las páginas de la revista Blue Book Magazine. Siete años después formó parte de la decena de textos reunidos en Hombres en aguas profundas (Men of the Deep Waters), en los que Hodgson ya daba muestra de su maestría adquirida gracias a su experiencia en el tortuoso medio acuático, donde se vio forzado a entrenar su cuerpo y su mente para sobreponerse a abusos por parte de otros marineros y a los duros avatares que son propios de esa vida. Una personalidad atractiva y polifacética, cuya trayectoria se vio truncada antes de tiempo, apenas cumplidos los cuarenta años de edad. Hodgson fue una víctima más de la primera gran guerra, blanco de un obús que le alcanzó en suelo belga en abril de 1918.
El Pacífico norte fue el escenario del encuentro entre los tripulantes de una goleta y un enigmático náufrago, que se acercó de forma furtiva a la nave. Amparado en la oscuridad de la noche, su profunda voz quebró el sepulcral silencio que reinaba en aquel indeterminado lugar. Su llamada fue atendida por George, uno de los marineros de la goleta, que se interesó por el recién llegado. Tanto uno como otro mostraron sus propias reticencias. El desconocido no quería mostrarse bajo la luz, y George desconfiaba de una actitud tan esquiva y una conversación llena de ambigüedades. Es por ello que despertó al patrón de la embarcación, un hombre mucho más tolerante y comprensivo. Gracias a Will, el receloso hombre compartió más información. Era un náufrago que llevaba meses sobreviviendo a duras penas en una desconocida isla. Junto a su amada, llevaban mucho tiempo soportando penurias, pero el hambre apremiaba. Por motivos aun desconocidos para los hombre sobre la goleta, aquel desdichado se negaba a subir a bordo y tomar las viandas que tan generosamente habían sido ofrecidas por Will. Algo le aterrorizaba. No deseaba el contacto directo con otras personas y había un buen motivo para ello.
Movido por una súbita compasión y por el convencimiento de que el visitante cargaba con una pesada cruz, George conminó a Will a introducir los alimentos en una caja que el hombre pudiese alcanzar por sus propios medios. Agradecido y con la carga en su poder, el hombre se despidió, dejando en George el firme convencimiento de que esa no iba a ser su última interacción.
La espera de ambos hombres a bordo de la goleta se dilató casi tres horas, pero las sospechas de George se cumplieron. Los remos volvieron a ser oídos mientras la balsa volvía a acercarse. Aquel atormentado desconocido llevaba muchos meses sin hablar con nadie que no fuese su esposa. Sin embargo, pese a que ambos eran víctimas de un mal que estaba corroyendo sus cuerpos, había terrores en su mente que no podía compartir con ella. El acto de generosidad de los tripulantes de la goleta fue recompensado con un relato de supervivencia, resistencia ante la tentación y pura desesperanza.
La triste desventura de la pareja comenzó con el hundimiento del Albatros, un barco que zarpó medio año antes de aquella noche desde Newcastle. Ambos fueron abandonados a su suerte por los marineros. Solo la determinación de los prometidos lograron que improvisasen una balsa y remasen durante cuatro días en medio de una niebla que se antojaba irreal, guardiana de secretos que pronto pondrían sus vidas patas arriba.
Un gran barco velero surgió de entre las brumas, casi inmóvil en una bahía. El hombre subió a bordo, constatando dos cosas desde el primer momento: la primera es que allí no había una sola alma; la otra es que una “materia gris” crecía de forma descontrolada por toda la construcción. Ambos amantes trataron de hacer habitable el lugar, pero aquella vida fúngica era imposible de eliminar, resistiendo cada intentona de forma inexplicable. Rindiéndose ante la evidencia, y temerosos de que el hongo se cebase con sus cuerpos, regresaron a la balsa y lograron remar hasta una isla desconocida. Un paraje que, lejos de alimentar sus esperanzas, estaba casi por entero invadido por grandes masas del mismo material. Sin embargo, no todo fue malo al principio. Pudieron asentarse en una playa de extrañas arenas, un oasis en medio de un paisaje gris y diferente de cualquier otro que ninguno de los dos hubiese visto jamás.
La mutua compañía y lo rescatado del velero les consoló durante un tiempo, antes de que la terrible realidad se hiciese patente en el cuerpo de ambos. Hodgson, a través de la narración del náufrago, describió con una crudeza no exenta de cierta delicadeza la desesperanza de unos prometidos que se supieron condenados a no volver a la civilización nunca más. El hongo que encontraron en el velero había comenzado a extenderse por sus cuerpos con lentitud. Lo curioso era que, a pesar de todo, aquel era el menor de sus problemas, tal como el hombre constató durante los meses siguientes. El hambre, la incertidumbre o la enfermedad pasaron a formar parte del día a día.
Pero había cosas peores que la muerte, una salida que pensaban más próxima de lo que realmente estaba. La espesura de aquella isla daba cobijo a la pesadilla hecha carne, tentación grisácea y desordenada que constituía una triste imitación de una figura humana. Una masa móvil y deforme, cuyo roce con los labios dejaba un sabor dulce. Pavor y deseo en una sola imagen, un monigote vil que se arrastraba y acercaba sus difusos miembros al explorador. Allí había respuestas a varias de las interrogantes que atormentaron sus mentes durante los últimos meses. El hombre calló para no asustar más a su amada. Era lo menor que podía hacer por ella mientras la humanidad les abandonaba.
Esa era la terrible historia que George y Will oyeron desde la goleta. Sabedores de que no había salvación posible para el narrador y la mujer, ambos marineros esperaron a que su interlocutor se despidiera definitivamente y volviese a su prisión autoimpuesta. El primer rayo del alba permitió a George atisbar de forma fugaz el infierno grisáceo que esperaba en la innombrada isla. Un lugar que era mejor no pisar jamás, so pena de someterse a la voluntad de un organismo implacable e inmisericorde.
Félix Ruiz H.
Imagen de portada: ilustración de cubierta de la edición en formato chapbook de Fathom Press hecha por inkrituals (Alexandros Pyromallis).
Imagen final: ilustración de cubierta de La ciencia ficción a la luz de gas, realizada por Antoni Garcés.


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