Un viaje al alma de Mort Cinder, el hombre incapaz de morir


¡Más lo conozco, y más abismo me resulta! Mort Cinder, abismo del tiempo, abismo de increíbles experiencias humanas. Abismo de muerte repentina, abismo

insondable que puede atraer con fuerza irresistible. Mort Cinder…


Hace más de sesenta años que la revista Misterix acogió en sus páginas una de las colaboraciones más especiales de la dupla formada por Héctor Germán Oesterheld y Alberto Breccia, que tantas alegrías ha dado a los amantes del noveno arte. Las andanzas del anticuario londinense Ezra Winston y su particular e inmortal amigo se prolongarían durante un par de años, marcando un hito que sigue gozando de buena salud y que ha sobrevivido a sus autores. Entre otras muchas cosas, por la fascinación que despierta un protagonista capaz de trascender las barreras del tiempo pero que a su vez siente todo el peso del mismo en su cuerpo y su alma.

No ha sido sencillo decidir a qué dedicar el texto que marcara la segunda centena del blog. Hay muchos folios ya escritos que esperan su turno para ser transcritos. También hay más deseos que tiempo que invertir en la escritura, aunque esto último tiene fácil solución. Obligarse a uno mismo a escribir, siquiera unos minutos al día, siempre es una buena decisión si de verdad uno siente que tiene algo que decir. Las ganas de rellenar páginas martillean constantemente mi mente mientras ando haciendo otras cosas y atiendo a mis obligaciones. Al mismo tiempo, soy plenamente consciente de que hay muchas probabilidades de que todo lo anterior no le importe a nadie salvo a mí mismo. Si es algo positivo o negativo, es una reflexión en la que no trato de ahondar demasiado. Donde sí merece la pena adentrarse es en la obra que Oesterheld y Breccia firmaron entre 1962 y 1964, recuperada por Astiberri Ediciones hace unos cuantos años, habiéndome hecho con el volumen editado en 2025. Mort Cinder no es un cómic cualquiera. Además de deleitarnos con su sobresaliente dibujo, supone todo un desafío para la imaginación y un deleite para los sentidos.

Con permiso de El Eternauta, creo con toda sinceridad que fue el trabajo más especial de Oesterheld, pese a su palpable inconsistencia narrativa. A ello contribuyó, sin duda, la maestría de un Breccia capaz de jugar con todo el espacio disponible, poniéndolo al servicio de los guiones y añadiendo capas de profundidad a las diferentes historias planteadas. Cada rincón de las viñetas muestra un detalle para el ojo entrenado y supone una ayuda a la hora de intentar rellenar los agujeros argumentales presentes en los distintos números que compusieron la serie. Siempre poniéndose a prueba, Breccia echó mano de todas las herramientas a su alcance para lograr una expresividad y una riqueza en los detalles que sigue asombrando a propios y extraños al medio. Es tentador perderse en cada trazo, en la búsqueda de un nuevo detalle antes inadvertido, en una expresión facial llena de humanidad o en un objeto que guarda su propia historia, presente pero quizá no narrada.


Mort Cinder no debería ser leído con desgana, sino con la intención de encajar todas las piezas de un tablero que sabemos incompleto de antemano. Existen incluso guiones sin dibujar (incluidos en el tomo de Astiberri), que tampoco aportan soluciones a los numerosos enigmas planteados, pero que dan fe de que la mente de Oesterheld guardaba más material para el personaje. Lástima que las cosas se le pusiesen tan en contra durante los últimos años de su vida, truncada de forma prematura por culpa de la dictadura militar argentina. Aun con esas, es fácil caer en la cuenta de los asuntos que preocupaban al autor, que tan en boga estaban en la Argentina de aquellos tiempos. Como contrapeso a aquellos, estuvieron presentes algunos temas universales. La incomprensión entre las personas, la innecesaria e intrínseca violencia que ejercemos los unos sobre los otros, el ansia de poder, el deseo de trascender o el miedo al olvido.

El pasado tiene un papel destacado a lo largo de toda la obra. No por nada, buena parte de los acontecimientos tienen que ver de los diferentes objetos presentes en la tienda de Ezra Winton, un hombre “elegido” – por qué o por quién es susceptible de ser interpretado, como tantas otras cosas – para ser el compañero de aquel que camina en el estrecho sendero que separa la vida y la muerte.

¿Está el pasado tan muerto como creemos?

De todas las incógnitas presentes en el cómic, la más importante es la naturaleza del propio Mort. Poco podía imaginar Ezra Winston, el avejentado anticuario afincado en el barrio de Chelsea y cuyo aspecto corresponde al que el propio Breccia tenía de sí mismo al imaginarse con unos cuantos años más, que su vida iba a cambiar de forma tan radical con aquella visita a la localidad de Mertonville. Pese a haber experimentado ya un suceso bastante llamativo en el primer número – que incluyó visiones sobre un escriba egipcio y un veneno que provocó la muerte de un joven en su tienda –, nada le habría preparado para lo que estaba por venir.

¿Estaba Mort Cinder destinado a aparecer en su vida? Visto en retrospectiva – y siendo el propio anticuario el narrador de los hechos –, todo parece indicar que sí. Fuese por los designios del destino o por capricho de alguna entidad superior, cada acción guió a Ezra hasta el cementerio donde reposaban los restos mortales del recientemente ajusticiado, que no estaba tan muerto como todos creían. En Los ojos de plomo, el doctor Angus revela algo en este sentido antes de intentar adueñarse de la voluntad y los conocimientos de Ezra. Su sala de operaciones estaba decorada de forma muy extraña, con motivos que jamás habían sido observados por alguien tan acostumbrado a lo exótico como el anticuario. Esas viñetas esconden parte de las respuestas al enigma que supone Mort Cinder y las fuerzas que se desatan cada vez que despierta. Paralelamente, el propio redivivo susurraba que las señales que llevaron al anciano hasta su lugar de reposo fueron puestas delante de él para responder a un propósito. Por desgracia, estos personajes saben bastante más de lo que comparten, para desconcierto de todos los lectores.

La primera aparición de Mort se produce en un contexto de lo más bizarro, tras el infructuoso intento de un siniestro hombre de clavarlo al su ataúd, tal como se hacía en algunas culturas con aquellos difuntos sospechosos de ser vampiros. El propio Ezra se toma unos instantes para murmurar esa posibilidad, superado por aquel brusco cambio en su rutina diaria. Aquel ser tan especial se tomó unos instantes para recobrar el aliento, respirando con dificultad. Era grande, de aspecto casi monstruoso. Siempre me ha parecido un tanto parecido a la criatura creada por Víctor Frankenstein en la novela de Mary Shelley. O, más bien, a alguna de las interpretaciones que de ella se han hecho en el cine. No creo que Breccia tuviese dicha intención, pero la imagen del gigantón emergiendo del interior de la tierra es potente.


Todo posible temor hacia su figura quedaba olvidado en cuanto se escuchaba su suave y benévola voz. Una condición que también transmitían sus ojos limpios y serenos. Su piel era amarillenta, ajada. Sus manos, grandes y duras. Sus ojos que habían sido testigos de toda la historia de la civilización humana desde, al menos, el segundo milenio anterior a la era común. Un periplo a través de los siglos que no había sido ininterrumpido, tal como Ezra comprobó por sí mismo. Aquel hombre regresado de la tumba no era un inmortal al uso. Cada muerte era recordada y dejaba una huella en él. El sufrimiento era real, al igual que el cansancio. Una fuerza misteriosa le insuflaba nueva vida cuando le era arrebatada. Condenado a vagar por siempre por este valle de lágrimas, debemos suponer que ha tenido tiempo de sobra para ser y hacer todo lo que ha querido y podido. ¿Era su condición, por tanto, un don o una maldición?

Su caso no es comparable al de Darrell Standing, protagonista que Jack London creó para de El vagabundo de las estrellas, novela que se pasará más pronto que tarde por este rincón. Aquel era un preso que, viendo cercana su muerte y estando privado de sus sentidos debido al rigor de su pena, superaba sus limitaciones físicas a través de viajes mentales y astrales en los que revivía sus vidas pasadas. De esta forma, repasaría sus encarnaciones anteriores, desde la Prehistoria hasta su presente, habiendo dos constantes omnipresentes en todas ellas: el amor y la violencia. Darrell obtuvo pruebas de la trascendencia del alma, pero sus distintos recipientes materiales debían desaparecer para que la rueda siguiese girando. Mort Cinder, en cambio, era preso de su propio cuerpo. Congelado en el tiempo, siempre conservaría sus mismos rasgos y aparentaría una edad indeterminada que ocultaría su increíble y a la vez terrible verdad.

Mort se sabía perseguido y en peligro durante aquel primer encuentro con el anticuario. Agradecía a Ezra su providencial intervención frente a la amenaza que suponían los “ojos de plomo”, hombres que actuaban de forma mecánica y que mostraban un inusitado empeño por neutralizar al recién revivido. Sí, Mort Cinder murió. Pero allí estaba de nuevo, contándose entre los vivos. Puede que muy a su pesar.

Qué bueno es respirar… Sobre todo después de haber muerto… Cansa tanto morirse… Y duele, mucho…

La complejidad de la psique de Mort Cinder es superlativa, estando escrito a la perfección por un Oesterheld que sabía a lo que jugaba pese a los vaivenes propios del proceso creativo. Un hombre prácticamente inmortal no podía responder a un esquema maniqueo de las cosas o impulsarse por motivos pueriles. Abrumado por su pasado, pero al mismo tiempo resignado a vivir en un eterno presente. Debía ser sabio, reflexivo, taimado. Debía ser capaz de anticipar lo que estaba por venir y tener poco espacio para la sorpresa. De hablar cuando debía y de saber callar para no saturar a la gente a su alrededor. En una existencia donde todo y todos quedarían atrás, Mort Cinder se adaptaba a lo que cada nueva venida al mundo ponía frente a sus narices.

Hay momentos en los que se puede adivinar cierta pulsión o atracción hacia la idea de morir. Un deseo que nunca sería cumplido, tal como comprobamos con el trascurrir de las diferentes historias. Aquel hombre había sido ahorcado y apuñalado. Resulta plausible pensar que ha encontrado la muerte de mil maneras diferentes, todas ellas recordadas y sufridas. Todas inútiles, pues su cuerpo volvía a su estado anterior pasado un tiempo. A sabiendas de ello, Mort Cinder no dudaba en sacrificarse si con ello evitaba algo que entendiera como perjudicial para los demás o para sí mismo. Aunque había un motivo más fuerte que ese. No deseaba ser atrapado ni que alguien como Angus descubriese su secreto y, con ello, la llave para la creación de otros como él. Sobre todo, si sus intenciones eran perversas. Ello, por contradictorio que pueda parecer, no va en detrimento de su propio instinto de supervivencia. Como todo hombre, es capaz de defenderse o escapar de un peligro si es preciso.

Puede que el ciclo de muerte y resurrección mellase temporalmente en el físico del hombretón, pero no parecía ser así con su memoria. ¿Cuánto era capaz de recordar alguien que había vivido incontables vidas? Visto lo visto, no me tiembla el pulso al afirmar que su memoria abarcaba todas sus vidas, que se antojan indeterminadas y muy variadas.


La memoria es frágil y caprichosa. Hay cosas importantes que somos incapaces de recordar con facilidad, y otras que resultan triviales pero que acuden con gran velocidad y sin motivo aparente. No es solo un constructo físico e individual, sino una experiencia social y, por tanto, compartida. Desde los núcleos familiares hasta las sociedades en su conjunto, todo grupo comparte recuerdos comunes, construidos desde el consenso y la transmisión de los mismos por distintos medios. Lo que somos viene determinado por la genética, pero también por todo aquello que hemos compartido a lo largo de los años y que es reforzado por los puntos de vista y los relatos de los otros. Por ello resulta terrible que la memoria sea tergiversada u olvidada, medie en ello una causa biológica o un evento de otro tipo. Mort Cinder se antoja casi infalible en ese aspecto.

Su cerebro es un pozo inagotable de experiencias y recuerdos. Algún elusivo mecanismo – natural o no, es otro de tantos asuntos sin resolver – le confiere la capacidad de recordarlo todo, tal como quedó grabado en su cerebro. Puede que haya ejercido cada profesión existente y haya cultivado todas las artes. Habría tenido la ocasión de conocer a grandes celebridades y de oír lecciones que cualquiera de nosotros solo podemos soñar. Cada avance tecnológico o avance de la civilización había desfilado frente a sus ojos. Siendo así, es lógico que un mad doctor como el profesor Angus quisiese estudiar a fondo a un ser tan extraordinario. Al fin y al cabo, Mort Cinder había trascendido cualquier límite imaginable.

Estuvo presente en la construcción de la Torre de Babel, truncada por un ser extraterrestre que deseaba evitar a toda costa que aquel ingenio llegase hasta Astarté (la Luna) por ser demasiado pronto para ello. También cuando fue excavada la tumba de Lisis, una antepasada de Tutankhamón que resultó ser un “plasmo”, otro ser cósmico que descansaba en su sepulcro a la espera de la llegada de su enamorado. Fue Dieneces, superviviente de la batalla de las Termópilas y testigo de la muerte del espartano Leónidas. Sacrificado en el Perú de la época del Descubrimiento, esclavizado en el siglo XIX o apresado en Oklahoma. Combatió en la I Guerra Mundial, conflicto a gran escala donde perdió a muchos amigos. Si hay instantes que parecen una eternidad, ¿cómo sería vivirla en todo su esplendor? ¡Cuánta sabiduría y cuánto dolor!

Una vida puede dar para mucho. Si se tiene el privilegio de que sea larga, brinda la oportunidad de vivir en carnes propias todos sus beneficios y sinsabores. Mort Cinder ha tenido tiempo de sobra para saberlo todo, para experimentarlo todo y para decidir por sí mismo cuál es su papel dentro del gran esquema de las cosas o del sinsentido que para muchos es la existencia. Si de verdad existe alguien que albergue algunas reflexiones certeras sobre las grandes cuestiones que la humanidad se ha planteado desde sus albores, ese es Mort Cinder, el hombre que nunca muere del todo y siempre resurge de sus cenizas. A pesar de esa aparente inevitabilidad, no parece estar resentido con el mundo ni haberse abandonado a la misantropía. Más bien al contrario. Ha tenido tiempo suficiente para crear su propio sentido de la moralidad y dar espacio a la empatía o la compasión. Partícipe activo de muchas barbaries, fue siempre capaz de tomar partido y de mostrarse justo y compasivo, pero también implacable si la ocasión lo requería.

La tienda de Ezra se convirtió en un refugio para Mort Cinder, que se instaló allí sin consultarlo con el propietario del lugar. Fascinado por tan única figura, el anticuario fue incapaz de negarse, dándole un trabajo como archivero y encargado de la clasificación de todo aquello que entrase a formar parte del stock de la tienda. Más alucinaría el bueno de Ezra tras descubrir que su nuevo huésped podía compartir con él fascinantes relatos que acudían a su memoria tras ver o tocar distintos de sus estantes. O, lo que era más apasionante aun, viajar a través del tiempo para recordar la historia tras cualquiera de aquellos artefactos, llevando al anticuario consigo si así lo deseaba.


En el fondo, lo que Mort compartía sobre sí mismo no era más que un grano de arena en el desierto. Un viaje tan largo como el suyo necesitaría de muchos amanuenses que estuviesen dispuestos a poner negro sobre blanco todo lo que sus sentidos habían captado en todo aquel tiempo. Habiendo personajes históricos o ficticios capaces de llenar acaparar una producción artística enorme en torno a ellos, estando todos enmarcados en un periodo histórico y cultural concreto, es difícil concebir cuál sería el espacio necesario para hacer justicia a alguien como él. Inconmensurable, sin duda.

La obra maestra de Oesterheld y Breccia daría para escribir varios libros. Por la parte que me toca, he intentado transmitir parte de lo que cada lectura del personaje me hace sentir. Cada nuevo repaso a sus páginas deriva en nuevos descubrimientos, que seguramente necesite compartir, aunque sea conmigo mismo, a través de los folios en blanco y llenados de tinta azul o negra.


Félix Ruiz H.


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