Fort: Prophet of the Unexplained
“Este es el diario personal de Charles Fort. Buscador de la verdad. Máxima autoridad de lo inexplicable. Y divulgador de lo ‘condenado’, la amplia gama de misterios que la ciencia ortodoxa ignora o explica erróneamente. Alguien tiene que hacerlo.”
En una época de grandes cambios culturales y sociales como fue el final del siglo XIX, un hombre se obsesionó durante más de veinticinco años con todo evento que contase con una difícil explicación científica. Creador de una suerte de canon de lo paranormal, no solo era un recopilador de notas, sino un pensador que desafiaba los paradigmas establecidos. Para algunos era un simple entusiasta. Para otros, un loco de atar. El futuro, en cambio, le tenía reservado el título de adalid de los “condenados”. Solo faltaba que alguien tuviese la feliz idea de transformar a esa suerte de maniático de las curiosidades bizarras en un detective de lo oculto. ¿El resultado? Estáis a punto de descubrirlo.
Pocas figuras han influenciado tanto a los amantes del misterio de los siglos XX y XXI como Charles Hoy Fort (1874-1932). Si bien su labor tardó unas décadas en saltar a suelo europeo – en concreto, llegó a suelo francés a mediados de los años cincuenta de manos de Louis Pauwels, coautor de El retorno de los brujos junto a Jacques Bergier –, desde entonces su presencia se ha vuelto indeleble. La oscura cosmología defendida por el nacido en Albany ya había dejado huella en varios escritores norteamericanos, contándose el imaginativo H. P. Lovecraft entre ellos. Su legado, compuesto por una prolífica correspondencia dirigida a diversos periódicos, las más de cuarenta mil notas que guardaba en cajas de zapatos depositadas en la Biblioteca Pública de Nueva York y sus cuatro libros (El libro de los condenados, Nuevos Mundos, Lo! y Wild Talents), siguen siendo objeto de estudio y debate.
Demos un poco más de de contexto sobre Fort. Resulta muy poco probable que aquel hijo de comerciantes acomodados imaginase siquiera por un momento la repercusión que tendría en el futuro, dado el escaso éxito editorial que cosechó en vida. Las correlaciones que trazaba entre los fenómenos anómalos que rastreaba no cautivaron a los lectores, produciéndole una frustración que resultaría en intentos de destruir las copias de sus propias obras. Tildado injustamente como un charlatán, su ideología se asentaba en una premisa fundamental: la investigación libre de cualquier prejuicio. Eso chocaba frontalmente contra la corriente cientificista dominante, que anulaba cualquier intento de expandir los límites acreditados por los estamentos académicos.
De una forma u otra, el propio Fort era contrario a ser el centro de una suerte de resistencia heterodoxa contra la ciencia. Su cometido no era solo el de buscar anomalías, sino de tratar de explicarlas. Ya en el ocaso de su vida, se topó con el entusiasmo de grupos de lectores que querían convertirle en símbolo. Su negativa caducó cuando la biología tuvo a bien seguir su curso y hacer de su cuerpo simple despojos. Sus libros se reprodujeron, y se fundaron revistas y fanzines que continuaron pregonando sus doctrinas y copiando su metodología (o prostituyéndola con fines comerciales, todo depende del punto de vista). Que Fort diese el salto a otros medios era cuestión de tiempo, pero desconocía la existencia de una miniserie de cómics en la que tuviese el rol de protagonista.
Ahora, toca dar algo de contexto sobre la obra que estamos tratando. Corría el año 2002 cuando Dark Horse Comics lanzó los cuatro número que componían Fort: Prophet of the Unexplained (sí, es el mismo título del ensayo de Damon Knight de 1971, con la salvedad de que en aquel se añadía el nombre del interesado), que contaba con guion del productor, escritor y guionista canadiense Peter M. Lenkov (creador, entre otras, de la exitosa serie Hawaii Five-0 o del cómic R.I.P.D., que contó con un par de adaptaciones cinematográficas) y dibujo de Frazer Inving (que tiene una gran carrera como artista, con créditos en Marvel Comis, DC Comics o 2000 AD). Fort ya había sido dibujado por el propio Irving en Necronauts, por lo que ya contaba con un diseño apropiado y potente para aquella nueva serie que dibujaría.
No sabría catalogar con precisión Fort: Prophet of the Unexplained. Hay en ella elementos de steampunk – pocos, eso sí – o de ucronía, por no hablar del género detectivesco y, en concreto, del centrado en los occult detectives. A lo largo de estos cuatro números, Charles Fort es reimaginado como un librero que dedicaba su tiempo libre a investigar casos extraños, la mayoría de ellos centrados en fenómenos físicos de origen desconocido. Contaba con su propia asistente, llamada Agnes (no confundir con Anna Filian, con quien se casó en el mes de octubre de 1896) y con una serie de contactos entre el estamento médico e incluso en las altas esferas políticas del estado de Nueva York, donde su nombre era más que un simple rumor o un objetivo de ingeniosos chascarrillos. Su casa era un verdadero caos de libros y papeles, y contaba con su propio laboratorio, escueto pero coqueto, donde analizaba muestras recogidas en diversos lugares a los que acudía a hacer sus pesquisas. Sin embargo, su verdadera base de operaciones se encontraba en la Biblioteca Pública de Nueva York, a la que acudía con una portentosa y casi histriónica asiduidad, para recopilar materiales de estudio. Nuestro hombre tenía unas dotes analíticas fuera de lo común y un vigor físico acorde al de un joven cercano a la treintena bien entrenado. Desde luego, estaba preparado para cualquier eventualidad.
Hay una idea central que permea toda la obra, y es la obsesión de Fort ante el advenimiento del siglo XX y todo lo que, según él, conllevaba dicha efeméride. No por nada, la trama se desarrolla durante la Navidad de 1899, con la nueva centuria acercándose de forma irremediable. Fort, quien ya llevaba unos años dedicado a su infatigable tarea – posible gracias a un par de herencias recibidas entre 1916 y 1917, que le solucionaron la vida tras algunos vaivenes y viajes en pos de una posible vida como escritor o corresponsal de prensa, que nunca se materializaron del todo –, afrontaba a su particular forma lo que consideraba como un necesario cambio de paradigma respecto a la realidad y sus fronteras. Con sus escritos, trataba de preparar a sus conciudadanos para el advenimiento de un nuevo mundo, en el que las posibilidades eran tan infinitas como las estrellas que iluminaban el cielo. El principal problema para él es que casi nadie estaba dispuesto a escucharle. Ya había tenido algún encontronazo con las autoridades locales, por lo que estaba investigando aquella oleada de desapariciones de forma discreta.
El mundo no estaba dispuesto a aceptar que todo estaba a punto de cambiar para siempre, aunque la gran mayoría de los humanos no se percatase jamás de ello. Pero el cielo, ese caos inabarcable que tantas veces miraba en busca de luces extrañas, rocas enormes y lluvias de animales u otros elementos anómalos, iba a darle la razón.
Su aventura más particular había sido recogida en su diario personal, pocos días después de lo sucedido, y él mismo ejercía como narrador de la misma. En esas páginas espiadas por los lectores del cómic, Fort narró su encuentro con lo imposible tras acudir a la última escena del crimen de una serie de ataques que acababan siempre de igual modo: con unos pocos restos de las anónimas víctimas esparcidos por el suelo. En aquel último lugar señalado por las autoridades solo se habían hallado unos cuantos restos mortales de una víctima que, al contrario que el resto de ellas y gracias al azar, sí pudo ser identificada. Allí fue capaz de encontrar unos restos orgánicos que habían sido ignorados por la investigación oficial, impulsada y alentada nada más y nada menos que por Theodore Roosevelt, por aquel entonces Gobernador del estado.
En su laboratorio, Charles comprobó que las células que formaban aquel rastro se multiplicaban con una rapidez sorprendente. Nunca había visto nada igual. Ni tan siquiera el Doctor Grant, quien era considerado el mejor cirujano y químico de la ciudad y que colaboraba con él en secreto, pudo darle pistas sobre e origen y naturaleza del animal al que podían pertenecer aquellos restos biológicos.
Fort tenía una clara sospecha y había trazado una precaria correlación entre los recientes ataques y la súbita aparición de unas luces que pudo observar en los cielos desde la azotea de su casa. Ante la incapacidad de poder estar todas las noches en vilo y continuar con sus quehaceres diurnos al mismo tiempo, pidió ayuda a un pequeño vendedor de periódico sin hogar a cambio de techo y una pequeña comisión. Ese niño respondía al nombre de H. P. No creo necesario aclarar a quién pertenecen dichas siglas.
Esa misma noche, Fort tuvo un encuentro cercano con el autor material de los crímenes, tras verle por el rabillo del ojo y seguirle a través de un agujero que conducía directamente a las alcantarillas. El culpable – y el cadáver que Fort encontró allá abajo así lo refrendaba – no se parecía a nada que hubiese visto jamás. Era una especie de gusano enorme que contaba con tentáculos de pulpo y una gran cantidad de dientes afilados en su boca gigantesca y redonda. El monstruo trató de acabar con el sorprendido testigo, pero este hizo valer su juventud y su increíble agilidad para alcanzar unas escaleras y salir en dirección al exterior.
Tras informar a su compañera y a Grant, Charles fue contactado por H. P., quien le dijo que había visto unas enormes luces que se precipitaban hacia la Tierra a una velocidad vertiginosa. El librero y detective sabía perfectamente que aquello, fuese lo que fuese, iba a caer en algún lugar de la costa de Nueva Jersey, por lo que se lanzó en pos del bólido a toda velocidad en una lujosa motocicleta que mantenía oculta de ojos curiosos. No le faltaba razón. Algo había caído en las aguas. Ese algo emergió de las aguas, mostrando su imposible anatomía al atónito Fort. Ha llegado el momento de presentar a Yhir.
Antes he omitido un detalle y lo he hecho a sabiendas de que llegaría este momento. Además de todo lo anterior, Fort: Prophet of the Unexplained es una suerte de historia “buddy cop” (no estoy seguro de si he acertado con la expresión elegida) en la cual Fort compartiría protagonismo con un compañero de lo más particular. Yhir parecía una rana humanoide, patas palmeadas incluidas, que provenía de un lejano planeta desde el cual había viajado a la Tierra para interceptar al organismo causante de las muertes que el librero estaba investigando. Su especie tenía la capacidad de procesar gran cantidad de información en un corto espacio de tiempo, lo que permitió a Yhir leer toda la biblioteca particular de Fort en cuestión de horas y aprender a comunicarse con los humanos con soltura.
Desde ese primer encuentro en adelante, ambos personajes se unirían en una colaboración temporal pero necesaria. Precisamente, la irrupción de este segundo personaje trae consigo el que, al menos para mí, es el principal problema de la obra: un dispositivo tecnológico que se convierte en un gigantesco deux ex machina capaz de hacer multitud de cosas y de sacar de más de un apuro a la insólita pareja durante sus siguientes encuentros con aquel a quien Yhir denominaba como "exo-plaga”, un virus biológico e itinerante que buscaba nuevos planetas donde anidar y multiplicarse.
Juntos, Yhir y Fort deberían enfrentar la amenaza interestelar, al mismo tiempo que escapaban de las autoridades locales en escenarios tan variopintos como la propia Estatua de la Libertad. El ritmo vertiginoso de la obra no decae hasta el final, al mismo tiempo que el guionista sigue ahondando en la psique de Charles Fort y su obsesión con la llegada de un mundo nuevo que vendría de la mano de un nuevo siglo.
Acción, tensión y humor se dan de la mano en una obra que ya es considerada un clásico pero que, por desgracia, no ha sido traducida al español. Por suerte, ello no es impedimento para disfrutar del cómic en su totalidad. El guion de Lenkov brilla especialmente en los diálogos internos de Fort y en sus interacciones con Yhir. Por su parte, el dibujo de Irving es rico en detalles y cumple holgadamente con las expectativas, sobresaliendo en las viñetas más trepidantes. En conjunto, estamos ante un cómic que entra – espero que los lectores perdonen la expresión – como un tiro.
Félix Ruiz H.




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