El rubí de los siete anillos

Hacía tiempo que no disfrutaba tanto de la radio como lo estoy haciendo estas últimas semanas con el programa “Miedo”, recuperado hace escasas fechas por Radio Nacional de España tras ser emitida entre los años 1987 y 1988. Una andanza bastante corta pero que dejó unas cuantas historias de terror de innegable calidad, como la que protagoniza este post. Un relato que gira en torno a varios tropos del horror clásico pero que, tomados en conjunto, deja un buen sabor de boca. Una demolición, un arqueólogo obsesionado, un objeto antiguo y una maldición de origen misterioso, cuyos efectos son devastadores y mortales.

El reciente comienzo de la reemisión de Miedo, programa que estuvo dirigido por José Antonio Velarde y que contó con multitud de guiones originales, ha captado mi interés desde el primer momento. Un nuevo episodio es subido a la plataforma digital de Radio Nacional de España cada miércoles. Una cita a la que acudo con pulcra puntualidad. A mediados de mayo de 2026, y con seis programas oídos hasta el momento, puedo decir que esa inversión de tiempo ha sido una buena decisión.

La calidad de las interpretaciones de los actores que prestan sus voces a cada relato es muy alta, y los argumentos de cada uno de los relatos son variados. Esos factores, unidos a la duración de cada episodio – unos cincuenta minutos como máximo – favorecen una experiencia rápida y directa, además de impactante. Siendo el audiorelato o el radioteatro un formato que nunca he cultivado, debido sobre todo a su larga duración, me he llevado una grata sorpresa con la citada cabecera.

Eso nos lleva hasta El rubí de los siete anillos, emitido por primera vez el 8 de febrero de 1987. Se trató de una idea original de José León Cano, plasmada luego en un guion para radio por José Antonio Velarde. La escueta introducción a la historia corrió a cargo del propio director del programa, que solía crear ambiente y dar contexto a lo que iba a escucharse posteriormente. En aquel caso, Velarde hizo alusión a dos elementos comunes dentro del terror, pero que podían extenderse hasta la vida cotidiana: el hallazgo de objetos poco comunes en los lugares más inesperados y los crímenes machistas que tan comunes eran – y siguen siendo, por desgracia – a finales de los años ochenta del pasado siglo. ¿Y si ambas circunstancias se diesen de la mano? ¿Y si, además de lo anterior, añadiésemos otros sorprendentes elementos a la ecuación?

La historia cuenta con la estructura clásica del relato corto, dividido en varios capítulos, entre los cuales se introducen varios interludios ubicados en el presente en el que se inserta la narración. Ese presente llevaba a los oyentes hasta las instalaciones de cierto manicomio ubicado en las afueras de Londres, donde un viejo profesor de arqueología era visitado por una joven deseosa de escuchar los pormenores de cierto crimen por el que el anciano había sido juzgado y condenado hacía mucho tiempo. Sin embargo, los inverosímiles detalles dados por el hombre provocaron su encierro en la institución mental, donde llevaba recluido desde que fue declarado culpable de la muerte de su mujer y de su hijo.

En los distintos interludios, el profesor reflexionaba sobre la verdadera naturaleza de la locura y cómo la misma podía ser inducida en personas sanas mediante la rutina disfrazada de sonidos recurrente y omnipresentes en cualquier lugar. La actitud y humor del narrador hacían dudar de su cordura en todo momento, pero su forma de hilar los eventos parecía ir en contra de esa hipótesis.

La desgracia del arqueólogo comenzó muchos años atrás, mientras se hallaba trabajando en unas excavaciones cerca de Bogotá. Allí residía junto a Catherine – o Catalina, pues era oriunda de Colombia –, su joven esposa. La chica aguantaba de forma estoica la obsesión que su marido sentía hacia cierta joya que podría estar oculta bajo un viejo sanatorio mental ubicado en Londres. Un telegrama cambió el destino de la pareja para siempre, pues el director de dicha institución informaba al arqueólogo que se iba a proceder a la demolición del edificio, por lo que el objeto podría salir a la luz.

Dediquemos unas líneas a este objeto, pues tiene su miga. Según las informaciones que manejaba el narrador en aquel momento, esta joya – pues de eso se trata – había pertenecido a un paciente que fue acusado del asesinato de su familia. Por motivos desconocidos, aquel pobre desgraciado habría enterrado la joya en algún punto del edificio para que nadie más sufriese la supuesta maldición que sufría su propietario. El arqueólogo tenía indicios de que este collar, consistente en un rubí octogonal y siete círculos de plata grabados con signos retorcidos y desconocidos, era muy antiguo. ¿Cómo había llegado a esa conclusión? No tenemos ni idea, pues no se dan más detalles al respecto. He aquí una de las bondades del relato: muchas cosas se sugieren y quedan abiertas a interpretación, punto que supone más un acierto que una imposición propia del formato usado para compartir el relato y la encorsetada franja de tiempo disponible para ello.

La pareja regresó a Londres, trasladándose el profesor al lugar de la demolición sin más preámbulos. Allí se reunió con el director del manicomio, a quien se le prometieron todos los posibles tesoros que apareciesen durante las labores de derrumbe y búsqueda. Poco después, los obreros obtuvieron resultados. Un herrumbroso y pequeño camafeo fue llevado ante ambos hombres, que apenas pudieron soportar el terrible olor que desprendía aquel insignificante contenedor. Las expectativas eran altas, pero el resultado fue decepcionante. Al menos, para el director. Dentro del camafeo había un viejo cuaderno y una cuartilla en la que aparecía un precioso y detallado dibujo de la joya. Una maravilla que, por una cosa u otra, no apareció por ninguna parte. Ante este fracaso, el contenido del camafeo fue puesto en manos del arqueólogo, que procedió a leer de manera febril el contenido del cuaderno, perteneciente al mencionado paciente del manicomio.

Aquel viejo cuaderno daba pistas sobre la posible ubicación del rubí de los siete anillos, pero también lanzaba una clara advertencia sobre lo que podría ocurrirle a cualquiera que lo tomase para sí. No compartiré las revelaciones contenidas allí, pues todas ellas son clave para el desenlace de este relato. De momento, quédense los lectores con una idea: todos los eventos ocurridos parecían obedecer a un patrón que se repetía cada cierto tiempo, con una serie de pasos que se concatenaban hasta terminar con la muerte de una mujer y la desaparición y supuesta muerte del infante recién nacido del matrimonio o la pareja en cuestión.

El peligro era desestimado por el arqueólogo pero aceptado por su esposa, que trató de disuadirle de continuar con su obsesiva búsqueda. A pesar de estas intentonas, el marido hizo oídos sordos a los ruegos de su mujer y caminó hasta la calle de los anticuarios, donde avistó un escaparate descuidado y muy viejo, en el que nunca antes había reparado. Allí le esperaba un curioso dependiente, que clamaba tener aquello que el recién llegado deseaba. Por arte de magia, la deseada joya desfiló ante los ojos del académico, que pudo comprarlo a un precio irrisorio. Tras abandonar el lugar, y cayendo en la cuenta de que no se había hecho con un camafeo digno de tan bello collar, el narrador volvió sobre sus pasos. Pero, para su sorpresa, fue incapaz de encontrar el establecimiento en el que acababa de estar. Se había esfumado sin razón aparente.

A partir de este punto, los acontecimientos se precipitaron y aceleraron. El rubí de los siete anillos fue regalado a Catherine, que lo aceptó a regañadientes. El mismo provocó un rápido e inusual efecto en la mujer, despertando en su interior un apetito sexual hasta entonces desconocido por su marido. Aquella circunstancia vino acompañada por el anuncio de un embarazo que colmó de felicidad al hombre, pero no a la mujer. Por alguna razón, ella sabía que algo no iba bien y que un aura maligna se había adueñado de la casa, estando ligada a la joya.

La gestación fue anómala y tuvo efectos muy perjudiciales en Catherine, “vampirizada” por la criatura que estaba creciendo en su interior. El proceso fue rápido y doloroso. El futuro padre aguantaba a duras penas las explosiones de cólera de su esposa, que le rogaba que pusiese fin a la vida del feto antes de que llegase el temido parto. Los latidos del corazón del bebé eran atronadores e impropios del tamaño y tiempo que debía tener. Todo era antinatural. La antítesis de lo que debería ser un periodo de felicidad e ilusión para dos personas que se querían y deseaban formar una familia juntos. Lo peor, sin embargo, estaba por llegar.

Un médico acudió a la desesperada llamada del profesor. Catherine temblaba y gemía de forma incontrolada, mientras el protagonista trataba de arrancarle la joya del cuello, sin éxito en sus intentonas. El rubí parecía haberse incrustado en la carne de la joven, habiéndose unido de forma irremediable a su portadora. Mientras tanto, el fruto de esa relación maldita venía al mundo, dando testimonio de su carácter sobrenatural y llevándose por delante la vida de su madre, quien dejó de temblar justo en el momento en el que el médico cortaba el cordón umbilical que aun la unía a su monstruosa progenie.

El arqueólogo rechazó al bebé, que quedó en manos de su tía, la piadosa hermana de su padre. El desenlace del relato transcurre durante las dos primeras semanas de vida del engendro, contando con un clímax muy intenso e inesperado. Lo mismo se puede decir del epílogo, que devuelve a los oyentes al presente planteado por el relato. El ciclo continuaba. La joya desaparecía tras la inhumación de una mujer y la profanación de su tumba, siendo luego hallada en el etéreo establecimiento de la calle de los anticuarios y entregada de nuevo a otra mujer, cuyo destino quedaba sellado desde ese mismo instante. La maldición siempre se sucedía y acababa de la misma forma.

El subsuelo reclamaba los frutos de aquellas uniones. Ellos, fuesen quienes fuesen, moraban allí. Sus hogares eran los más oscuros y pestilentes agujeros, donde recibían a sus congéneres tras un frenesí de carne y sangre…

Félix Ruiz H.


Enlaces de interés:

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